La Maleta

Quienes leyeron El Viaje hace dos semanas, recordarán que el protagonista del relato abandona la civilización siguiendo a la Lady Gaga africana.
Y bien, para aquellos que osaron preguntar, decirles que caminaron, caminaron y caminaron.
Atravesaron lenta y sigilosamente la sabana, oyendo respirar a los leones y viendo ñus caer entre sus fauces.
Como ocurre también entre los humanos, pudo ver cómo cada ser actúa según su instinto, y así las hienas trataban de apoderarse del trabajo hecho por los leones y los buitres a su vez barrían con los restos del gran festín para finalmente dejar las migajas a las moscas y gusanos.
Qué hacía él alli? Él, que durante mucho tiempo se había creído capaz de solucionar cualquier problema, tomaba de repente conciencia de su pequeñez, de su fragilidad. Él, que se mofaba de su autonomía, despertaba para encontrarse con su maleta llena de necesidades.
La necesidad de encontrar algo con lo que defenderse se hizo apremiante la primera noche, y lo encontró. No estaba en su pesada y poco práctica maleta. Por eso la abandonó. Estaba escondido en una doblez del recuerdo, lo cotidiano había tapado lo que lo mantenía en pie. Tuvo que ser aquella aventura extraordinaria la que se lo hiciese rescatar.
Aquella primera noche sin techo recordó que lo que lo había mantenido siempre en pie y fuerte, no cabía en su maleta ni en ninguna otra.

El Viaje

La avioneta tocó tierra suavemente, como si en vez de una pista fuera un colchón. Sus oídos seguían taponados, eso le gustaba, podía escuchar su propia respiración y el eco interno de sus palabras. Era lo único que lo tranquilizaba cuando realmente lo necesitaba. Era miedoso, temía no encontrar lo que había imaginado, a pesar de lo cual decidió ir cuando recibió la llamada.

Africa ya no es Africa, le habían dicho. Cuando levantó la mirada de sus botas nuevas supo que allí también había llegado el Siglo XXI, porque la mujer que lo esperaba a los pies de la aeronave tenía brackets, gafas, se había teñido el pelo de rosa y azul y llevaba una camiseta de Lady Gaga.

El recibimiento nada tenía que ver con los países orientales que había visitado. Todo era tan sobrio que hizo que prestara mayor atención a los detalles. No veía la actitud servil por ninguna parte, sí una presencia protectora, como una sombra buena y conocida, invisible aunque audible, por musical no por ruidosa.

La bienvenida fue única. Se repetía con cada viajero que tocaba aquella tierra por primera vez, pero a él le pareció que se la tenían preparada especialmente. Sino era imposible que el sol brillara más que nunca, que oliera mejor el aire o que la gente pareciese más feliz.

Se había imaginado cruzando la sabana montado en un Jeep, pero lo invitaron a que caminara descalzo sobre la arena templada, arrastrando su maleta nueva con ruedas, en dirección contraria a donde iban el resto de pasajeros que habían viajado con él.

Decidió seguir sin rechistar a Lady Gaga a pesar de que nadie se lo indicó.

Así fue como tomó una decisión por vez primera. Miró atrás antes de esbozar una mueca más parecida al vértigo que a la sonrisa, tiró de su maleta con más fuerza y corrió tras su sombra dejando atrás la maraña de pelo azul y rosa.