El Tomate

Me gustan los lunes. A pesar de tener ese color grisáceo, es un gris luminoso. Es una muestra del presente muy clara para mi. Tengo cinco días por delante para organizarme, cumplir con deseos y obligaciones, con retos. Los lunes me muestran los objetivos que me he puesto en el pasado, lo poco que me puede faltar para conseguir algunos de ellos, lo mucho que me falta para llegar a otros y cómo no, para plantearme los futuros.
Hoy es lunes. Camino tranquila hacia mi despacho y mi mirada se detiene en un tomate tirado en la acera. Se ha caído de una caja repleta de tomates a las puertas de una verdulería. Pero mis pasos no se detienen, y me tengo que girar a medida que me alejo para poder seguir observándolo. Ese tomate no tiene nada de especial. Cuesta pocos céntimos y nadie lo recoge. Nadie lo coge. Sólo es un tomate, además golpeado en su caída de la caja.
Algunos nunca lo han probado. Otros nunca lo probarán. Pero éste está golpeado, aquí ya no sirve.

Y me acuerdo de la noticia del fin de semana, la absolución de la infanta, de quien todo el mundo opina, y cada opinión es un golpe al tomate, porque parece que las opiniones tienen más peso que la investigación y la conclusión a la que han llegado los jueces después de meses de deliberación y años de instrucción.

Pienso en aquellos que se dejan la vida por venir a un mundo en que un tomate no vale nada. En aquellos que creen que puede ser algo bueno vivir en un mundo cegado a lo evidente, un mundo que no ve las semillas del tomate.

Pienso en que ese tomate es el reflejo de lo que a cualquiera de nosotros nos puede pasar. Caernos de nuestro mundo, encontrarnos fuera lugar y sólo por eso perder todo nuestro valor, perder nuestro potencial porque nadie quiere mirar un poco más abajo de la caja. Vuelvo sobre mis pasos y recojo el tomate, esta vez ya en la calzada a punto de ser aplastado por las ruedas de un autobús.

Gracias

Hoy se me ha desprendido el pompón de mi gorro favorito. Es un gorro que no tiene nada especial que remarcar, es de una bonita lana gris, y el punto teje unas cadenetas y rombos en vertical que le dan calidez. Es un gorro que me da bienestar. Cuando estoy enferma me lo pongo y voy por casa con él. Cuando tengo fiebre me lo pongo, me meto en la cama y me da la sensación de que me estoy recuperando, aunque sea el primer día de gripe y sin saberlo me quede algún día más convaleciente. Si lo llevo mucho tiempo puesto, hace que me pique la frente, pero un suave masaje me alivia el síntoma durante más de una hora y pienso que me compensa llevarlo puesto.

Cuando llegó a mis manos por primera vez, venía acompañado de unas manoplas a juego, igual de bonitas, pero un día en que tenía prisa perdí una, todavía guardo su melliza en el fondo del cajón, por si algún día la extraviada decide volver. Pero a mi gorro no le hacen falta guantes a juego, está bien así.

Resulta que al caerse su pompón, me he acordado de la persona que me lo regaló.

Fue la Navidad de hace algunos años. Lo hizo en nombre de Papá Noel la bisabuela de mis hijos. Y casualmente la abuela Montse y el gorro que me regaló comparten muchas características. Los dos te dan calor cuando lo necesitas, te dan todo el bienestar que te pueden dar cuando no te encuentras bien, mantienen tu pelo ordenado cuando hay viento en el exterior y así disimulan tu peinado cuando tu pelo no responde a tus mandatos, sacan lo mejor de tí misma. Te muestra el valor de lo más sencillo de la vida. Son agradecidos.

Ahora que mi gorro ya no tiene pompón, he decidido que aunque podría cosérselo de nuevo no lo haré. No lo haré porque sigue siendo el mismo gorro, igual de cálido y bonito, ahora sin adorno.

Magos

Hoy quiero contarles la historia de alguien que tuvo que dejar su hogar para marcharse muy lejos de allí. Lo tuvo que hacer y poco importan ya las razones. Consideró que en aquel momento no tenía más opción. Claro que cuando uno toma una decisión de este calibre, un cambio tan radical, piensa que la situación se revertirá en algún momento, que llegará el día en que pueda volver. De hecho el día llegó.

Acababa de pasar una velada increíble con sus nuevos amigos. Habían cenado en casa de Malen y de postre se comieron el tradicional roscón de reyes. Era para el desayuno del día siguiente, pero la gula había podido más que la costumbre. De más está decir que el vino, el cava y un par de copas acompañaron a las risas y a los cánticos de aquella noche.

Cuando ya se dirigía a casa, con poca estabilidad y calor en la sangre, le comenzaron a pitar los oídos de una forma tan intensa y repentina que se tuvo que detener cuando pasaba debajo del arco de la calle Del Puerto.

Se apoyó en la pared y fijando su mirada en el horizonte que le daba la ciudad y el mar fue cuando los vio. Los tres Magos caminaban deprisa, uno detrás del otro, con las manos vacías aunque enjoyadas y se acercaban a él precipitadamente. La imagen que estaba presenciando lo paralizó de tal manera que cuando llegaron hasta él sólo pudo dejarse llevar.

Lo agarraron uno de cada lado del cuerpo, el tercero se encargó de sus piernas. Visiblemente ocupados en soportar su peso y avanzar, lo metieron en una nube de arena y se lo llevaron al lugar del que había venido hacía ya mucho tiempo, esta vez en contra de su voluntad.

Frío

Parece que el frío ha llegado a esta parte del mundo también.

En Gipuzkoa la temperatura ha bajado, tenemos la excusa perfecta para abrigarnos, para encender el fuego bajo, subir la calefacción, tomar algo calentito y planear los últimos retoques de Navidad que está a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto y aprovechando la multitud en los mercadillos navideños, alguien decide instalar el frío entre todos.

Amenazaba, el frío nos estaba rondando en las noticias.En las redes sociales los candentes bombardeos no paran de caer, de enfriar corazones. Invitan a que no miremos a otro lado, una y otra vez, los gélidos bombardeos.

Sí, subamos la calefacción, abriguémonos, tomemos algo caliente, porque este frío no nos lo vamos a poder sacar de encima, a no ser que seamos ciegos, que nos hagamos los sordos, que nos neguemos a escuchar los gritos mudos que nos trae el viento, y también las noticias.

Sigamos adelante con nuestras compras, nuestros encuentros, nuestros suaves abrigos, tratando de que el frío no nos toque, que no nos alcance, por lo menos hasta que pase la Navidad.

Pero ¡qué difícil debe ser combatir el frío cuando no tienes abrigo! ¡Qué difícil cuando el frío que te atenaza es el que provoca el miedo! El miedo a morir, el miedo que provoca el saber que no tienes dónde volver, quizás el miedo a no morir.

Sólo el nacimiento de Pedro, el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, puede devolver a alguien el recuerdo del calor y hacerlo depositario de todas las esperanzas, la piedra sobre la cual se podría construir tanto, y tan distinto a lo que estamos destruyendo.

La Moto

Hace algunos meses me encontré mi moto tirada y vapuleada en el garaje comunitario de mi casa. Alguien se había encargado de tirarla al suelo, arrastrarla, romperle los intermitentes y deshinchar las ruedas robando los tapones. Esta mañana me la han vuelto a jugar, esta vez sólo me han pinchado una rueda con un cuchillo.

Mi primera reacción ha sido de incredulidad, después de enfado y enseguida he tratado mentalmente de buscar al culpable. Menos mal que tengo un buen mecánico, que con mucha tranquilidad me ha dicho: “Aunque esto te lo han hecho con una navaja, yo que tú me convencía de que la rueda estaba vieja y se te ha reventado al subirte a una acera, aunque no te hayas subido a ninguna. Tendrás un día mucho mejor”.

Vaya lección. Me he subido a mi vieja moto con mi nueva rueda y he pensado que la próxima vez que visite el taller no me tengo que olvidar de decirle a mi mecánico que tiene que subir los precios.

Me ha ahorrado mucho mal humor, mucha desconfianza, incluso sentimiento de culpa me ha ahorrado, ya que seguro en poco rato hubiera empezado, ¿será por esto… será por lo otro…?

Fuera! A partir de hoy seré más suave.

La anécdota me ha recordado al libro que estoy leyendo, donde uno de los protagonistas, víctima real de una situación de claro desamparo, se siente culpable por no haber hecho nada por evitarlo y donde otra de las protagonistas se siente víctima aun siendo agresora.

Ya ve, cada uno puede elegir cómo sentirse cada mañana, cómo quiere afrontar la semana, desde qué atalaya mirar su propia vida y construirse una historia a medida. Porque el sentido lo pone uno mismo, aunque no lo tenga.

Corriendo

Si corriendo te tranquilizas, te sientes bien, tu mente se despeja y te permite seguir soñando, prueba a no parar de correr.

Corre que llegamos tarde, venga que se nos escapa el autobús, date prisa y acaba el plato, vístete y ponte las zapatillas, una ducha rápida y el pijama que mañana te levantas muy temprano.

No te detengas a ver esa hormiga, cuidado con las flores, no las pises, tampoco te pares a hacerme un ramo, sólo son hojas que en otoño se desprenden de los árboles, no pises el charco con los zapatos nuevos, corre, pásalo bien pero corre, da las gracias, pide por favor, pero corre, venga, que no tenemos todo el día, tenemos que seguir corriendo.

Silencio. Es de noche, todos duermen, parece que hemos parado, los pies me laten de tanto correr, la cabeza sigue corriendo, repasando, rememorando, el tiempo se me escapa de las manos, y hay cosas que pasaron hace tanto y sin embargo parece que fue ayer. Lo malo parece que dura eternamente, que nunca acabará, y lo bueno ocurre corriendo. El reloj se acelera en ocasiones, nunca en los anuncios que interrumpen la película que estoy viendo, que no olvidaré y que me lleva a rememorar que la vi corriendo, que no me detuve, que me perdí los detalles, que no disfruté lo suficiente.

No me hagas caso, no me obedezcas. Hazlo, haz lo que tengas que hacer, pero detente, es sólo un segundo, ese intervalo entre prisa y prisa es el que recordarás.
Corre, pero hazlo en la buena dirección, en esa que te lleva a encontrar las huellas de los que estuvieron antes, a marcar las tuyas propias, sin miedo a que sean claras y otros puedan reconocer. Son tus marcas, eres tú en un segundo que decidiste parar y ver.

Anuncio Cruel

Hace unos días hablaba con una gran amiga que es además muy buena observadora y capta con sutileza y humor los signos de la actualidad. Conversábamos distraídamente sobre el nuevo anuncio de la Lotería de Navidad. Ella dijo que le parecía un anuncio cruel y despiadado. Para los que todavía no lo hayan visto, narra la historia de Carmina, una maestra jubilada que fruto de una equivocación cree que le ha tocado la Loteria de Navidad.

Cuando la gente a su alrededor se da cuenta de la confusión, en vez de explicarle lo que realmente ha pasado, eligen seguirle el juego. Incluso montan un festejo en el que involucran a todo el pueblo para ahondar en el engaño, para no desilusionar a Carmina. Según mi amiga, la tratan como si fuera tonta. En este anuncio hay muchas cosas que no se entienden, pero hay algo que queda claro, y es que Carmina no es tonta.

En ocasiones tratamos a las personas mayores como si fueran niños, olvidándonos de que han vivido mucho, de que han acumulado experiencias ni soñadas por nosotros. A veces no sabemos ni siquiera quiénes fueron, lo que hicieron en su vida pasada ¡nuestro propios abuelos!

Muchos lloran viendo este anuncio cruel, sin saber por qué. Lo único que puede sacarnos alguna lágrima en este anuncio es el pensamiento de lo que podríamos haber hecho con nuestros mayores y nunca hicimos. Al verlo, no puedo evitar pensar en la cantidad de personas que viven solas en una ciudad que quizás no es la de ellas, lejos de sus recuerdos, de sus fracasos y de sus triunfos.

Dónde puedes llorar

Querida, me preguntaste dónde podías llorar. Tu pregunta ya tenía su respuesta: donde no te viera nadie, donde nadie pudiera ver tus lágrimas. Pero claro, cada lágrima tiene su mensaje, y es un mensaje secreto. Sólo quien las vierte sabe qué las provoca.

Puedes llorar donde puedes llorar, donde sin llamada previa tus lágrimas puedan salir y haya una boca sedienta de sal, un cuerpo dispuesto a abrazarte, una mano presta a asirte fuerte, un frasquito donde las puedas dejar reposar.

Es verdad que no todos pueden ver llorar, de ahí tu incomodidad para poder expresarte. Parece que hacerlo es signo de debilidad, de descontrol o de desgracia.

Llorar puede ser un desahogo pero también una llamada. Una llamada a quien te pueda calmar o a esa parte de ti misma que no se había dado cuenta de la cercanía del límite, del cansancio, del sufrimiento o de la impotencia. Llorar también incluye al otro, al que le toca escuchar, y a esto no todos están dispuestos.

Llamar o pedir pueden ser sinónimos en el mundo del llanto. Y así como no pedimos cualquier cosa a cualquier persona, no podemos llorar en cualquier parte ni frente a cualquiera.

Puedes llorar en el cine, en el teatro, en la ópera, en la iglesia y en el cementerio, puedes llorar en un hombro o en un diván. Incluso en la cocina cortando cebolla puedes llorar.Puedes llorar en el mar, donde tus lágrimas te serán devueltas en una ola llena de energía.

Si tus lágrimas preguntan dónde pueden salir, deja que rueden, que caigan por tus mejillas y que respondan a tu pregunta. Pero intenta que no sea en un bar, en la entrada del colegio de tus hijos, en la cola del supermercado o en un ascensor.
Ya ves que no tengo respuesta para tu pregunta..

La Primera Vez

Mientras salta la noticia de la muerte por coma etílico de una niña de 12 años y todos nos escandalizamos, buceo en internet en busca de noticias similares sin un objetivo concreto.

Me encuentro con testimonios de padres completamente desorientados, que no saben cómo manejar el comportamiento de sus hijos, que no saben cómo poner los límites, que no hablan de sus hijos sino que hablan de lo malo que estos hacen.

Es algo que se repite constantemente, sin variación alguna: no hablan de sus hijos en concreto, sino de su comportamiento anómalo o inadecuado.
 Que alguien se beba una botella entera de ron o de vodka es un suicidio.
Que quien lo haga sea una niña de 12 años, no sea la primera vez y lo sepan varios adultos, es una asesinato.

No sé si esta niña bebía para sentirse llena o para sentirse perdida, no sé si lo hacía para dejar constancia, mediante la botella vacía, del vacío que ella debía de sentir.
Muchas preguntas quedan sin respuesta después de este suceso, pero atención porque no es el único, hay muchas niñas y niños que la primera decisión que tienen que tomar en su vida es decir sí o no a una copa, a un cigarro, a un porro o a una pastilla. A esa edad todos saben que no es bueno para su salud y algunas cosas más, pero no saben porqué deciden lo que deciden. Y saber eso es lo único que les puede salvar de sí mismos y de las malas decisiones que de ellos, desorientados, se desprende.

Claro que si un adulto no sabe esto último, cómo lo va a saber una niña de 12 años a la que se le ha permitido beber repetidamente, con conocimiento de la policía, y según las noticias, sin mayores consecuencias para ella (ni siquiera la de haber podido pensar para seguir eligiendo lo mismo).

Miedo Disfrazado

Hace unos años conocí a una persona que temía a los vivos.

A los seres humanos que hablan, ríen, miran, señalan, juegan, mienten y pestañean. No hace falta conocer su lógica para saber que sufría. Le daban miedo algunos logotipos, el llanto de un niño, el infinito. No parecía saber lo que era la muerte, no sabía de su existencia y no la temía.

Aunque este caso es muy extremo, he continuado conociendo a gente que me recuerda a ella, en menor medida, por supuesto, solo en algunos aspectos, pero no difieren tanto de ella. He pensado que ella encarnaba el miedo que todos sentimos alguna vez y tratamos de ocultar, de no ver. Ella no podía, no tenía disfraz.

Hoy nos disfrazamos de muertos vivientes, representamos aquello que atemoriza a muchos seres humanos, lo inexplicable, lo que está fuera de lugar, lo tenebroso y lo desconocido e imaginado. Lo concentramos en un día para poder seguir viviendo sin miedos que nos hagan perder la cabeza. También celebramos la ausencia de los queridos que nos dejaron y que siguen vivos en el recuerdo.

Hoy hay más vivos que nunca en los cementerios, pero no me refiero a los que llevan las flores, sino a los que yacen bajo tierra y vivieron con la suficiente intensidad como para dejar un recuerdo de sí mismos en alguien a quien le merece la pena acercarse a su morada eterna y recordarlo aunque sea hoy. Supongo que por todo esto hoy es el Dia de Todos los Santos, de aquellos que dejaron un recuerdo en alguien, poco importa quién, pero un recuerdo al fin y al cabo.