UNA LLAMADA:

Cuando sonó el teléfono estaba preparada para contestar de forma seca y cortante. Pensaba que sería algún comercial que trataba de venderme una conexión a Internet.

En su lugar escuché una tormenta lejana,el sonido de la lluvia, también el caer del sol, el rugir de una ola al romper en alguna orilla, el piar de un pájaro, el eco de un animal salvaje, unos pies descalzos caminando por un bosque, el llanto de un bebé junto al canto de una nana, el chapoteo de un pez tratando de subir un río. Todo ello envuelto en el fino sonido del viento.

Escuchaba tratando de entender qué era aquello, expectante ante la esperanza de un mensaje más claro, esperando la voz que me dijera de qué trataba. Pero era demasiado real, no parecía una campaña de marketing. El decir no llegaba y los sonidos se sucedían uno tras otro.

Cuando llevaba un buen rato al teléfono me percaté de que hacía mucho que no escuchaba aquello sin ser interrumpido por cualquiera de las máquinas que los humanos hemos inventado y construido. Esos aparatos que nos han hecho la vida más fácil, que nos han ayudado a conocer más lugares de los que podíamos imaginar, que nos han solucionado tantos problemas, que han alimentado nuestra curiosidad. Eso que “necesitamos” sin remedio. Y mientras pensaba esto, escuché claramente, sí, estoy segura de que lo escuché: “O esto o lo otro”.

No puedo elegir, pensé, y dudé, ¡claro que dudé! ¿No habrá dicho “no esto sin lo otro”? O quizás ¿“Sin esto no lo noto”?

No sé quién llamó, creo que fue Ella, La Tierra. Pero sé que no podemos seguir escuchando el silencio del bosque o el rugir de las olas, no podemos respirar la brisa del océano o el frío de las montañas si seguimos “necesitando” todo lo que usamos sin cuidar el lugar en el que estamos.

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El Libro

Si tuviera que decir cuál fue el primer libro que leí en mi vida, daría el título de uno que nunca terminé. Sin embargo puedo decir que es el que hizo que intuyera que en ellos, en los libros, podía encontrar mis respuestas. Es el que decidió que fuera una lectora voraz.

En aquella época, un libro para mi no era para ser leído. En ellos podía encontrar dibujos y fotos increíbles, ya sólo el título de un libro podía ocupar toda una tarde para imaginar lo que podía contener. Sabía que muchos de ellos nunca los leería, sin embargo los cogía, sentía su peso y su tacto, leía frases sueltas, los abría y acariciaba sus páginas una a una, fijándome bien en la caligrafía y el tamaño de la letra. ¿Porqué siempre en negro? ¿porqué siempre el mismo tamaño en todo el libro? Hasta que llegó Michael Ende con La historia interminable, claro.

Muy pronto aprendí que hay distintos tipos de libros. Para leer, para ver, para consultar y para decidir. Estos últimos son esos que no los lees cuando llegan a tus manos, los reservas para un futuro, porque harás todo lo posible para que el tiempo o la vida te lleve a ellos.

En mi casa había paredes dedicadas a ellos, filas enteras de libros y revistas de medicina. Recuerdo un tomo de dermatología pediátrica donde había fotos que llamaban tanto mi atención que cuando venía alguna amiga a casa por primera vez era lo primero que le enseñaba. Eso sí, a escondidas, porque había libros que no estaban permitidos a los niños.No estaban permitidos, pero estaban a mi alcance. Estaban ahí para quien fuera lo suficientemente alto para llegar a ellos.

Hoy en día para mí, un libro no es sólo para ser leído, o puede que sí.

La Maleta

Quienes leyeron El Viaje hace dos semanas, recordarán que el protagonista del relato abandona la civilización siguiendo a la Lady Gaga africana.
Y bien, para aquellos que osaron preguntar, decirles que caminaron, caminaron y caminaron.
Atravesaron lenta y sigilosamente la sabana, oyendo respirar a los leones y viendo ñus caer entre sus fauces.
Como ocurre también entre los humanos, pudo ver cómo cada ser actúa según su instinto, y así las hienas trataban de apoderarse del trabajo hecho por los leones y los buitres a su vez barrían con los restos del gran festín para finalmente dejar las migajas a las moscas y gusanos.
Qué hacía él alli? Él, que durante mucho tiempo se había creído capaz de solucionar cualquier problema, tomaba de repente conciencia de su pequeñez, de su fragilidad. Él, que se mofaba de su autonomía, despertaba para encontrarse con su maleta llena de necesidades.
La necesidad de encontrar algo con lo que defenderse se hizo apremiante la primera noche, y lo encontró. No estaba en su pesada y poco práctica maleta. Por eso la abandonó. Estaba escondido en una doblez del recuerdo, lo cotidiano había tapado lo que lo mantenía en pie. Tuvo que ser aquella aventura extraordinaria la que se lo hiciese rescatar.
Aquella primera noche sin techo recordó que lo que lo había mantenido siempre en pie y fuerte, no cabía en su maleta ni en ninguna otra.

El Tomate

Me gustan los lunes. A pesar de tener ese color grisáceo, es un gris luminoso. Es una muestra del presente muy clara para mi. Tengo cinco días por delante para organizarme, cumplir con deseos y obligaciones, con retos. Los lunes me muestran los objetivos que me he puesto en el pasado, lo poco que me puede faltar para conseguir algunos de ellos, lo mucho que me falta para llegar a otros y cómo no, para plantearme los futuros.
Hoy es lunes. Camino tranquila hacia mi despacho y mi mirada se detiene en un tomate tirado en la acera. Se ha caído de una caja repleta de tomates a las puertas de una verdulería. Pero mis pasos no se detienen, y me tengo que girar a medida que me alejo para poder seguir observándolo. Ese tomate no tiene nada de especial. Cuesta pocos céntimos y nadie lo recoge. Nadie lo coge. Sólo es un tomate, además golpeado en su caída de la caja.
Algunos nunca lo han probado. Otros nunca lo probarán. Pero éste está golpeado, aquí ya no sirve.

Y me acuerdo de la noticia del fin de semana, la absolución de la infanta, de quien todo el mundo opina, y cada opinión es un golpe al tomate, porque parece que las opiniones tienen más peso que la investigación y la conclusión a la que han llegado los jueces después de meses de deliberación y años de instrucción.

Pienso en aquellos que se dejan la vida por venir a un mundo en que un tomate no vale nada. En aquellos que creen que puede ser algo bueno vivir en un mundo cegado a lo evidente, un mundo que no ve las semillas del tomate.

Pienso en que ese tomate es el reflejo de lo que a cualquiera de nosotros nos puede pasar. Caernos de nuestro mundo, encontrarnos fuera lugar y sólo por eso perder todo nuestro valor, perder nuestro potencial porque nadie quiere mirar un poco más abajo de la caja. Vuelvo sobre mis pasos y recojo el tomate, esta vez ya en la calzada a punto de ser aplastado por las ruedas de un autobús.

Que sea pequeño

La ficción pone sus propias condiciones. Hay cosas que no se pueden creer aunque uno lo intente, y doy fé de que lo intento.

Hay padres que han regalado espadas de Star Wars a sus hijos de parte del Ratoncito Pérez.

¿Alguno de los lectores se imagina al Ratoncito Pérez cargando una espada láser de Star Wars?

Yo imagino a Papá Noel con ella, volando por el cielo de medio mundo, su filo saliendo de uno de los sacos atestados de regalos, brillando en la oscuridad. A los Reyes Magos, la espada colgada de una de sus alforjas, balanceándose al paso lento de los camellos cubierta de una fina capa de arena del desierto. Imagino al Olentzero, enganchando la espada en su cinturón, creyéndose Luke por una noche, iluminando su escarpado camino en el descenso.

Pero no puedo imaginar al Ratoncito Pérez tirando de la espada con un esfuerzo imposible por las calles de la ciudad en mitad de la noche, ¿cómo haría para subir hasta un cuarto piso él sólo? ¿Hacer eso cada día del año?

Lo imagino rápido, escurridizo y sigiloso,con una mochila de explorador a sus espaldas, expectante ante ese nuevo niño que va a conocer y al que procurará no despertar mientras deposita su pequeño regalo bajo la almohada. Ese regalo que simboliza algo por lo que cualquier niño pasa, la caída de un diente, y que le ayudará a desprenderse de él con algo menos de sospecha.

A los niños les cuesta desprenderse de las cosas, también separarse o alejarse de las personas, y la visita del Ratoncito los ayuda a que ese paso sea algo gratificante, más suave que por ejemplo la ausencia de su madre o de su padre, menos evidente que despedirse de su chupete.

Padres del mundo por favor, regalos pequeños para el Ratoncito.

Virtual

Hace algunos días, mientras estaba escribiendo un “whatsapp”, me di cuenta de que la aplicación te sugiere un emoticono, un dibujito, para cada palabra que escribes.

En un primer momento me hizo gracia, porque no soy de las que los usa, y pensé que facilita mucho la escritura. Pero algo quedó resonando en mi cabeza. Tanto resonaba que finalmente escuché al eco. Y pensé.

Mis costumbres están cambiando, eso no tiene nada malo, hago menos llamadas que nunca, también escribo más mensajes que nunca. Pero, ¿me acercan más los mensajes a la gente? No, aunque facilitan mi comunicación con ellos. Si es cierto que facilitan la comunicación, también lo es que no profundizo tanto en ellas, que ya no escucho el tono de voz, su velocidad, los ruidos de fondo… Pero vaya, existen las videollamadas que parece que estuvieras ahí con la otra persona, pero no lo estás.

Todo esto me pasaba por la cabeza al ver el dibujito de una explosión en mi barra de escritura.

El mundo virtual nos está atrapando. Lo que nos parece un gran avance, hablar con alguien que está lejos, ver a alguien que se encuentra a 12.000 kms, conocer a sus amigos o a su familia sin moverte de casa, ya es el pasado.

Hemos conquistado el espacio, no el exterior, sino el espacio virtual, y lo usamos como sustituto de la realidad. Como si fuera un emoticono.

“Vírtual” no sólo te da, también te quita. Me da las imágenes de gente que está lejos, pero me ha quitado la memoria de sus cumpleaños, me entero a la velocidad de un rayo de sus nuevas noticias, pero me ha quitado el abrazo que les daría si me lo dijeran en persona, me da la posibilidad de leer millones de libros, pero me ha quitado el encuentro con el librero. Me ha quitado la palabra y me ha devuelto un dibujo.

¿A ustedes qué les da “Vírtual”? ¿Y qué les ha quitado?

Somos una, somos todas.

El sábado pasado, mientras en nuestra ciudad nos despertabamos con el recuerdo de los tambores, en varias ciudades del mundo se manifestaban pacíficamente por los derechos de igualdad de las mujeres. Una de las proclamas de la marcha me ha ayudado en la construcción de mi columna de hoy: “El éxito de una es el triunfo de todas”. Por eso, a continuación transcribo algunas.

  • Somos mujeres, y no tenemos miedo.
  • Lo difícil es tender puentes, no romperlos.
  • Más por escuchar y no tanto por silenciar.
  • ¿Por qué tanta incomprensión?
  • Aquí empieza todo. La revolución en punto 0.
  • No juzgamos, sino que comprendemos.
  • Tan sólo buscamos respeto y libertad.
  • Nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro poder.
  • Peleamos como chicas y nos encanta.
  • Esta es la revolución de los marginados.
  • La injusticia en cualquier sitio es una amenaza para la justicia en cualquier lugar.
  • No estamos asustadas, no estamos solas
  • El futuro tiene nuestro nombre y nunca estuvo tan cerca.
  • Temblad, esto no para.
  • Somos mujeres luchando de la mano de otras mujeres.
  • Mi cuerpo, mi elección.
  • En las mujeres confiamos.
  • El futuro es mujer.
  • Trataron de enterrarnos sin saber que éramos semillas.
  • Marchamos por la igualdad.
  • No, no significa convénceme.
  • Derechos de las mujeres=derechos humanos.
  • Igual significa igual.
  • Somos una, somos todos.l

¿Qué diferencia este momento de 1968?

Como decía Simone de Beauvoir, “ser mujer no es un hecho natural, es el resultado de una historia. No existe ningún instinto biológico o psicológico que defina a la mujer como tal. Es la historia la que la construye”. Tenemos los últimos años de la historia de nuestra parte, dándonos la oportunidad de construir la mujer como queramos o como mejor podamos.

¿Fracasadas? ¡Ah no!

No acababa de decidirme a hablar sobre gente que dice cosas tan desagradables, pero ahora que han pasado unos días desde que han salido a la luz las declaraciones del alcalde de Alcorcón, sus palabras siguen azotando mi conciencia.

Frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas. No son palabras bonitas, pero sobre todo no lo son por el contexto y el tonillo de superioridad con el que las pronuncia.

Si “frustradas” significa no haber conseguido lo que uno deseaba o necesitaba, entonces sabemos que todavía se puede conseguir.

Si “amargadas” designa a las personas que muestran hostilidad hacia los demás por haber sufrido una frustración, entonces puede que por momentos las mujeres sí nos mostremos así, aunque sólo por momentos, dado el nivel de agravios a los que nos enfrentamos cada día.

Rabiosas sí, y a mucha honra. Ya que la rabia es la reacción que nos mantiene en pie de guerra para seguir creyendo y luchando por lo que es justo. Sólo faltaría que no se nos permita eso.

Pero fracasadas no, ah no! El fracaso lleva implícito el fin de algo, de un proyecto, de una idea o de un deseo. No creo que ninguna mujer se dé por vencida en su convencimiento de la igualdad entre seres humanos, como no se da por vencida cada una de nosotras en miles, millones de causas cotidianas.

¡Qué importante es conocer el peso del lenguaje cuando se trata de un tema en el que hay tantas heridas abiertas!

¿Qué necesidad tenía este señor de decir algo tan obvio? ¿hacer más daño? ¿poner en evidencia lo que todos sabemos, que las mujeres todavía jugamos con desventaja respecto a los hombres? No lo entiendo.

Dónde puedes llorar

Querida, me preguntaste dónde podías llorar. Tu pregunta ya tenía su respuesta: donde no te viera nadie, donde nadie pudiera ver tus lágrimas. Pero claro, cada lágrima tiene su mensaje, y es un mensaje secreto. Sólo quien las vierte sabe qué las provoca.

Puedes llorar donde puedes llorar, donde sin llamada previa tus lágrimas puedan salir y haya una boca sedienta de sal, un cuerpo dispuesto a abrazarte, una mano presta a asirte fuerte, un frasquito donde las puedas dejar reposar.

Es verdad que no todos pueden ver llorar, de ahí tu incomodidad para poder expresarte. Parece que hacerlo es signo de debilidad, de descontrol o de desgracia.

Llorar puede ser un desahogo pero también una llamada. Una llamada a quien te pueda calmar o a esa parte de ti misma que no se había dado cuenta de la cercanía del límite, del cansancio, del sufrimiento o de la impotencia. Llorar también incluye al otro, al que le toca escuchar, y a esto no todos están dispuestos.

Llamar o pedir pueden ser sinónimos en el mundo del llanto. Y así como no pedimos cualquier cosa a cualquier persona, no podemos llorar en cualquier parte ni frente a cualquiera.

Puedes llorar en el cine, en el teatro, en la ópera, en la iglesia y en el cementerio, puedes llorar en un hombro o en un diván. Incluso en la cocina cortando cebolla puedes llorar.Puedes llorar en el mar, donde tus lágrimas te serán devueltas en una ola llena de energía.

Si tus lágrimas preguntan dónde pueden salir, deja que rueden, que caigan por tus mejillas y que respondan a tu pregunta. Pero intenta que no sea en un bar, en la entrada del colegio de tus hijos, en la cola del supermercado o en un ascensor.
Ya ves que no tengo respuesta para tu pregunta..

Hasta que habló

La llave de su silencio la guardaba la amistad. O eso creía.

No se había dado cuenta de que explicar lo que le estaba pasando era la solución, y es que tener a alguien al otro lado que la escuchara tampoco era fácil, lo que tenía que decir era demasiado duro. Ella creía que su relato, lo que había llegado a pensar de sí misma, era verdad. Que lo que decían de ella la retrataba con absoluta claridad. Pero había un problema, tenía un nudo en el estómago, también en la garganta, que sólo le dejaba pensar en su dolor. Nadie le había dicho que había más opciones, que los acontecimientos de la vida pueden tener distintos finales y que ella podía elegir el final que quisiera. Que no todo es blanco o negro y que para cada problema no hay sólo una solución, siempre hay opciones. Aquella niña no sabía nada, eso sí era verdad, porque lo que sabía lo escondía, lo olvidaba, lo borraba, lo que sabía podía convertirse en su condena.

La vergüenza de sus padres, de sus hermanos, incluso de las amigas que sí tenía fuera del colegio. ¿Cuál era su mundo? ¿quién era ella? La respuesta era el silencio, el nudo en el estómago, también en la garganta, el miedo atroz a la incertidumbre cuando cada mañana se acercaba a la puerta del colegio, ¿qué pasará hoy?¿con qué cara me mirarán?¿tendrán buen día?¿me dejarán jugar con ellas aunque sea a cambio de mi dignidad?

Nunca le gustó estar sola, cuando lo estaba no sabía hacia dónde mirar, se preguntaba si algún adulto se estaría dando cuenta de su fragilidad y a pesar de eso no la protegía.
Hasta que habló.