El Pienso

Conocí una personita que estaba aprendiendo a hablar. Le estaba costando más de lo habitual y sus padres preocupados por eso y algunas cosas más llegaron a mi consulta derivados por su médico.
Entraba siempre alegre, tímida y sosteniendo entre sus manitas su libro favorito.
En los primeros encuentros me hacía leer el cuento, ella escuchaba atentamente, yo lo leía sin introducir nada nuevo, nada de mi cosecha. Con el discurrir del tiempo, y sabiéndome ya el cuento de memoria, decidí integrar alguna palabra propia que describiera los dibujos que ella tanto disfrutaba observando sin preguntar nada, sin emitir palabra. Para mi sorpresa, aplaudió con alegría y entusiasmo las nuevas incorporaciones, repitiendo las palabras nuevas y exigiendo que las repitiera. Todas excepto una.
Comenzó a preguntarme a su manera cómo se llama la comida de los perros, aquella palabra que ella nunca había pronunciado, “pienso”. En cada una de las ocasiones que yo la pronunciaba, un gesto de vergüenza mezclado con alegría se dibujaba en su rostro. Tardó un tiempo en pronunciarla, pero llegó el día en que lo hizo, eso sí, sin sonido al principio, solo con el movimiento de sus labios. El siguiente paso fue hacerlo muy bajito, pero tapándose la boca. Hasta que un día le dije “sí, yo también pienso y nadie me escucha, pero hablo cuando quiero que me escuchen y me entiendan”.
Nunca más trajo su libro, ahora es ella quien cuenta cuentos.
Esta anécdota me recuerda una frase que leí no hace mucho tiempo:
“Nuestra mente limita nuestra habilidad para utilizar el cerebro. El cerebro acepta las restricciones y queda programado para las limitaciones que la mente le ha impuesto”. Kim Manresa.

Hasta que habló

La llave de su silencio la guardaba la amistad. O eso creía.

No se había dado cuenta de que explicar lo que le estaba pasando era la solución, y es que tener a alguien al otro lado que la escuchara tampoco era fácil, lo que tenía que decir era demasiado duro. Ella creía que su relato, lo que había llegado a pensar de sí misma, era verdad. Que lo que decían de ella la retrataba con absoluta claridad. Pero había un problema, tenía un nudo en el estómago, también en la garganta, que sólo le dejaba pensar en su dolor. Nadie le había dicho que había más opciones, que los acontecimientos de la vida pueden tener distintos finales y que ella podía elegir el final que quisiera. Que no todo es blanco o negro y que para cada problema no hay sólo una solución, siempre hay opciones. Aquella niña no sabía nada, eso sí era verdad, porque lo que sabía lo escondía, lo olvidaba, lo borraba, lo que sabía podía convertirse en su condena.

La vergüenza de sus padres, de sus hermanos, incluso de las amigas que sí tenía fuera del colegio. ¿Cuál era su mundo? ¿quién era ella? La respuesta era el silencio, el nudo en el estómago, también en la garganta, el miedo atroz a la incertidumbre cuando cada mañana se acercaba a la puerta del colegio, ¿qué pasará hoy?¿con qué cara me mirarán?¿tendrán buen día?¿me dejarán jugar con ellas aunque sea a cambio de mi dignidad?

Nunca le gustó estar sola, cuando lo estaba no sabía hacia dónde mirar, se preguntaba si algún adulto se estaría dando cuenta de su fragilidad y a pesar de eso no la protegía.
Hasta que habló.

Duérmete mi Niño

Reconozcámoslo, no lo esperábamos. Tanta exigencia, tantas tareas, tanta cosa nueva sin manual de instrucciones, tanta prisa, tanta perfección, tan poco tiempo, con lo deprisa que pasa últimamente.

Lo más sencillo se puede convertir en una auténtica odisea, por ejemplo, preparar un Cola Cao para uno de tus hijos antes de ir a dormir. Domingo por la tarde-noche, fin de semana loco e intenso, la casa hecha un desastre, pero lo importante es lo importante. Hora de ir a dormir, terminas de recoger la cocina y cuando te diriges al frigo para coger la leche, resbalas con unas gotas de agua que hay en el suelo, pero consigues no caer agarrándote a la mesa aunque te doblas un dedo de la mano. Auuu! Que daño, abres el frigo y se te cae la leche porque está mal puesta, limpias el interior del frigorífico y el suelo, llenas la taza de leche y la vuelves a dejar en su sitio mientras el tazón da vueltas en el microondas. Cuando suena el aviso, abres la puerta con la mala suerte de que en ese preciso instante, justo cuando tienes la taza caliente en la mano, llega uno de tus hijos y se abalanza sobre ti, te hace un placaje a su altura, o sea, tus piernas quedan inmovilizadas y el tazón cae al suelo. Vuelta a empezar, frigo, leche, taza y micro (incluido el cambio de pijama). El frasco del Cola Cao está vacío, menos mal que hay repuesto en la alacena, abre el paquete,llena el bote, guarda lo que queda, prepara el cola cao dichoso, no quedan pajitas, reciclas una de esta mañana, aunque esté mordida.

La paciencia se está acabando, menos mal que el día también, y que mañana tendré el bote lleno de nuevo. Ya sólo falta encontrar el osito Xa, el mono del corazón rojo y culo azul, la mantita sosa y el chupete. Duérmete ya mi niño.

Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos, después de intentar escribir esta carta más de 10 veces, me he dado cuenta de que llevo mucho tiempo sin escribir cartas. He escrito bastantes mails este año, he  garabateado cosas en un viejo cuaderno, muchas listas de la compra y cosas que hacer, pero dirigirse a alguien una vez al año para pedir cosas y rendir cuentas es más difícil de lo que pensaba.

Dicen los que escriben que hacerlo es una necesidad para ellos, una forma de vivir la vida, una manera de entenderla, una vía para pensar, pero esto es muy diferente. Les escribo para pedirles cosas que se pueden comprar con dinero, al fin, cosas que yo misma podría comprar.

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¿Hablar por Hablar? II

La semana pasada hacía referencia a la importancia que puede llegar a tener el pasar por la palabra lo que nos sucede como manera de entendernos y entender a los demás.

Cuando un niño llega a la edad de comenzar a decir sus primeras palabras y frases y no lo hace, es muy habitual que los padres se preocupen y que sientan la necesidad de consultar con un especialista la causa de ese silencio que tanto les angustia.

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