Queridos Profesores

¿Han tenido alguna vez un “querido profesor”? ¿Un profesor que se haya tomado el tiempo de hablar con ustedes? A solas, escuchándole, mirándole a los ojos. Interesándose por quién es usted, por lo que le gustaría saber a su alumno, queriendo saber cómo aprende mejor, en qué circunstancias.

Este es un punto de partida utópico, no por imposible sino por improbable, por casi inexistente en la actualidad.

Los extensos programas de obligatorio cumplimiento, la masificación de las aulas, la falta de tiempo, la inestabilidad laboral y muchas otras razones hacen imposible que un profesor se dedique a esto, y entonces es el programa lectivo el que toma el control de la situación, haciéndonos olvidar cuál es la razón de la educación, del aprendizaje, la importancia de los enseñantes y de la enseñanza. Yo me pregunto cómo es posible que nuestros hijos esten siendo educados por programas, en vez de por personas, y no nos demos cuenta de la diferencia.

Tanto hemos deshumanizado la educación, que hemos llegado a olvidar que tenemos maestros, los hemos convertido en simples máquinas ejecutoras de programas, sin dejarles margen de maniobra para poder transmitir y no solo hacer cumplir.

Quiero romper una lanza por los profesores, animarles a que recuperen su sillón de maestros, invitarles a que no dejen ellos mismos de formarse, aunque sea para que tomen conciencia de todo lo que no saben y puedan transmitir esos vacíos a sus alumnos. Que se esfuercen en reconocer su ignorancia frente a los más pequeños, para insuflarles a ellos las ganas de aprender y de buscar preguntas y respuestas hasta ahora nunca formuladas.

Porque lo desconocido alimenta el deseo de aprender, y sin el deseo no hay programa que funcione.

 

Petaloso

Petaloso es una palabra inventada por un niño italiano llamado Matteo. Pero no es él el protagonista de la columna de hoy sino la reacción de su profesora Margherita. Cuando fue a corregir la redacción de Matteo, comprobó que había escrito una palabra que no existía, “petaloso”, e intrigada por lo descriptiva y por lo bien construida que estaba, decidió ayudar a Matteo a hacer una consulta a la Academia de la lengua italiana. La respuesta no se hizo esperar y a los pocos días llegaba la misiva en la que ratificaba lo que ya sospechaba Margherita y señalaba que para poder incluirla en la lista de palabras “oficiales”, tenía que ser una palabra que fuera usada por mucha gente.

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