El Libro

Si tuviera que decir cuál fue el primer libro que leí en mi vida, daría el título de uno que nunca terminé. Sin embargo puedo decir que es el que hizo que intuyera que en ellos, en los libros, podía encontrar mis respuestas. Es el que decidió que fuera una lectora voraz.

En aquella época, un libro para mi no era para ser leído. En ellos podía encontrar dibujos y fotos increíbles, ya sólo el título de un libro podía ocupar toda una tarde para imaginar lo que podía contener. Sabía que muchos de ellos nunca los leería, sin embargo los cogía, sentía su peso y su tacto, leía frases sueltas, los abría y acariciaba sus páginas una a una, fijándome bien en la caligrafía y el tamaño de la letra. ¿Porqué siempre en negro? ¿porqué siempre el mismo tamaño en todo el libro? Hasta que llegó Michael Ende con La historia interminable, claro.

Muy pronto aprendí que hay distintos tipos de libros. Para leer, para ver, para consultar y para decidir. Estos últimos son esos que no los lees cuando llegan a tus manos, los reservas para un futuro, porque harás todo lo posible para que el tiempo o la vida te lleve a ellos.

En mi casa había paredes dedicadas a ellos, filas enteras de libros y revistas de medicina. Recuerdo un tomo de dermatología pediátrica donde había fotos que llamaban tanto mi atención que cuando venía alguna amiga a casa por primera vez era lo primero que le enseñaba. Eso sí, a escondidas, porque había libros que no estaban permitidos a los niños.No estaban permitidos, pero estaban a mi alcance. Estaban ahí para quien fuera lo suficientemente alto para llegar a ellos.

Hoy en día para mí, un libro no es sólo para ser leído, o puede que sí.

La Primera Vez

Mientras salta la noticia de la muerte por coma etílico de una niña de 12 años y todos nos escandalizamos, buceo en internet en busca de noticias similares sin un objetivo concreto.

Me encuentro con testimonios de padres completamente desorientados, que no saben cómo manejar el comportamiento de sus hijos, que no saben cómo poner los límites, que no hablan de sus hijos sino que hablan de lo malo que estos hacen.

Es algo que se repite constantemente, sin variación alguna: no hablan de sus hijos en concreto, sino de su comportamiento anómalo o inadecuado.
 Que alguien se beba una botella entera de ron o de vodka es un suicidio.
Que quien lo haga sea una niña de 12 años, no sea la primera vez y lo sepan varios adultos, es una asesinato.

No sé si esta niña bebía para sentirse llena o para sentirse perdida, no sé si lo hacía para dejar constancia, mediante la botella vacía, del vacío que ella debía de sentir.
Muchas preguntas quedan sin respuesta después de este suceso, pero atención porque no es el único, hay muchas niñas y niños que la primera decisión que tienen que tomar en su vida es decir sí o no a una copa, a un cigarro, a un porro o a una pastilla. A esa edad todos saben que no es bueno para su salud y algunas cosas más, pero no saben porqué deciden lo que deciden. Y saber eso es lo único que les puede salvar de sí mismos y de las malas decisiones que de ellos, desorientados, se desprende.

Claro que si un adulto no sabe esto último, cómo lo va a saber una niña de 12 años a la que se le ha permitido beber repetidamente, con conocimiento de la policía, y según las noticias, sin mayores consecuencias para ella (ni siquiera la de haber podido pensar para seguir eligiendo lo mismo).