UNA LLAMADA:

Cuando sonó el teléfono estaba preparada para contestar de forma seca y cortante. Pensaba que sería algún comercial que trataba de venderme una conexión a Internet.

En su lugar escuché una tormenta lejana,el sonido de la lluvia, también el caer del sol, el rugir de una ola al romper en alguna orilla, el piar de un pájaro, el eco de un animal salvaje, unos pies descalzos caminando por un bosque, el llanto de un bebé junto al canto de una nana, el chapoteo de un pez tratando de subir un río. Todo ello envuelto en el fino sonido del viento.

Escuchaba tratando de entender qué era aquello, expectante ante la esperanza de un mensaje más claro, esperando la voz que me dijera de qué trataba. Pero era demasiado real, no parecía una campaña de marketing. El decir no llegaba y los sonidos se sucedían uno tras otro.

Cuando llevaba un buen rato al teléfono me percaté de que hacía mucho que no escuchaba aquello sin ser interrumpido por cualquiera de las máquinas que los humanos hemos inventado y construido. Esos aparatos que nos han hecho la vida más fácil, que nos han ayudado a conocer más lugares de los que podíamos imaginar, que nos han solucionado tantos problemas, que han alimentado nuestra curiosidad. Eso que “necesitamos” sin remedio. Y mientras pensaba esto, escuché claramente, sí, estoy segura de que lo escuché: “O esto o lo otro”.

No puedo elegir, pensé, y dudé, ¡claro que dudé! ¿No habrá dicho “no esto sin lo otro”? O quizás ¿“Sin esto no lo noto”?

No sé quién llamó, creo que fue Ella, La Tierra. Pero sé que no podemos seguir escuchando el silencio del bosque o el rugir de las olas, no podemos respirar la brisa del océano o el frío de las montañas si seguimos “necesitando” todo lo que usamos sin cuidar el lugar en el que estamos.

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Que sea pequeño

La ficción pone sus propias condiciones. Hay cosas que no se pueden creer aunque uno lo intente, y doy fé de que lo intento.

Hay padres que han regalado espadas de Star Wars a sus hijos de parte del Ratoncito Pérez.

¿Alguno de los lectores se imagina al Ratoncito Pérez cargando una espada láser de Star Wars?

Yo imagino a Papá Noel con ella, volando por el cielo de medio mundo, su filo saliendo de uno de los sacos atestados de regalos, brillando en la oscuridad. A los Reyes Magos, la espada colgada de una de sus alforjas, balanceándose al paso lento de los camellos cubierta de una fina capa de arena del desierto. Imagino al Olentzero, enganchando la espada en su cinturón, creyéndose Luke por una noche, iluminando su escarpado camino en el descenso.

Pero no puedo imaginar al Ratoncito Pérez tirando de la espada con un esfuerzo imposible por las calles de la ciudad en mitad de la noche, ¿cómo haría para subir hasta un cuarto piso él sólo? ¿Hacer eso cada día del año?

Lo imagino rápido, escurridizo y sigiloso,con una mochila de explorador a sus espaldas, expectante ante ese nuevo niño que va a conocer y al que procurará no despertar mientras deposita su pequeño regalo bajo la almohada. Ese regalo que simboliza algo por lo que cualquier niño pasa, la caída de un diente, y que le ayudará a desprenderse de él con algo menos de sospecha.

A los niños les cuesta desprenderse de las cosas, también separarse o alejarse de las personas, y la visita del Ratoncito los ayuda a que ese paso sea algo gratificante, más suave que por ejemplo la ausencia de su madre o de su padre, menos evidente que despedirse de su chupete.

Padres del mundo por favor, regalos pequeños para el Ratoncito.

Corriendo

Si corriendo te tranquilizas, te sientes bien, tu mente se despeja y te permite seguir soñando, prueba a no parar de correr.

Corre que llegamos tarde, venga que se nos escapa el autobús, date prisa y acaba el plato, vístete y ponte las zapatillas, una ducha rápida y el pijama que mañana te levantas muy temprano.

No te detengas a ver esa hormiga, cuidado con las flores, no las pises, tampoco te pares a hacerme un ramo, sólo son hojas que en otoño se desprenden de los árboles, no pises el charco con los zapatos nuevos, corre, pásalo bien pero corre, da las gracias, pide por favor, pero corre, venga, que no tenemos todo el día, tenemos que seguir corriendo.

Silencio. Es de noche, todos duermen, parece que hemos parado, los pies me laten de tanto correr, la cabeza sigue corriendo, repasando, rememorando, el tiempo se me escapa de las manos, y hay cosas que pasaron hace tanto y sin embargo parece que fue ayer. Lo malo parece que dura eternamente, que nunca acabará, y lo bueno ocurre corriendo. El reloj se acelera en ocasiones, nunca en los anuncios que interrumpen la película que estoy viendo, que no olvidaré y que me lleva a rememorar que la vi corriendo, que no me detuve, que me perdí los detalles, que no disfruté lo suficiente.

No me hagas caso, no me obedezcas. Hazlo, haz lo que tengas que hacer, pero detente, es sólo un segundo, ese intervalo entre prisa y prisa es el que recordarás.
Corre, pero hazlo en la buena dirección, en esa que te lleva a encontrar las huellas de los que estuvieron antes, a marcar las tuyas propias, sin miedo a que sean claras y otros puedan reconocer. Son tus marcas, eres tú en un segundo que decidiste parar y ver.

Queridos Profesores

¿Han tenido alguna vez un “querido profesor”? ¿Un profesor que se haya tomado el tiempo de hablar con ustedes? A solas, escuchándole, mirándole a los ojos. Interesándose por quién es usted, por lo que le gustaría saber a su alumno, queriendo saber cómo aprende mejor, en qué circunstancias.

Este es un punto de partida utópico, no por imposible sino por improbable, por casi inexistente en la actualidad.

Los extensos programas de obligatorio cumplimiento, la masificación de las aulas, la falta de tiempo, la inestabilidad laboral y muchas otras razones hacen imposible que un profesor se dedique a esto, y entonces es el programa lectivo el que toma el control de la situación, haciéndonos olvidar cuál es la razón de la educación, del aprendizaje, la importancia de los enseñantes y de la enseñanza. Yo me pregunto cómo es posible que nuestros hijos esten siendo educados por programas, en vez de por personas, y no nos demos cuenta de la diferencia.

Tanto hemos deshumanizado la educación, que hemos llegado a olvidar que tenemos maestros, los hemos convertido en simples máquinas ejecutoras de programas, sin dejarles margen de maniobra para poder transmitir y no solo hacer cumplir.

Quiero romper una lanza por los profesores, animarles a que recuperen su sillón de maestros, invitarles a que no dejen ellos mismos de formarse, aunque sea para que tomen conciencia de todo lo que no saben y puedan transmitir esos vacíos a sus alumnos. Que se esfuercen en reconocer su ignorancia frente a los más pequeños, para insuflarles a ellos las ganas de aprender y de buscar preguntas y respuestas hasta ahora nunca formuladas.

Porque lo desconocido alimenta el deseo de aprender, y sin el deseo no hay programa que funcione.

 

Educación y Arte

La semana pasada insinué la importancia que puede llegar a tener el resto, lo que queda. Como el resto de salsa en un plato que ya nos hemos comido y que no podemos resistir mojar con pan. Puede ser el mejor bocado.

Esto me recordaba al sueño que tenía un escultor donostiarra de poder hacer algo con una montaña arrasada por las extracciones de piedra. Donde unos veían la extracción de materia, él veía la creación de un espacio. Qué importante el punto de vista, lo puede cambiar todo. Pero qué difícil es cambiar el punto de vista, incluso tener un pensamiento propio.

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