EL ACERTIJO

Les voy a narrar una anécdota que llegó un día a mis oídos. Le ocurrió a un amigo, aunque seguramente alguno de ustedes ha escuchado algo parecido alguna vez si es que no lo ha vivido en sus propias carnes.

Ion había comenzado el curso escolar en un colegio nuevo. Todo parecía ir bien hasta que un alumno dos años mayor que él comenzó a molestarlo llamándolo gordo cada día nada más poner un pie en el patio del colegio. Gordo por aquí, gordo por allí. El pequeño Ion se sentía más pequeño cada vez, ya que comenzó a ser conocido como Gordo entre los nuevos compañeros. Ion se sabía gordito, aunque nunca le había importado tanto como en aquellos momentos, ya que hasta que no se lo hicieron ver como algo negativo, él se había sentido cómodo en su gordura. Pero llegó el día en que no quiso ir al cole, no quería escuchar aquel insulto ni una vez más. Interrogado por su padre, Ion explicó lo que le estaba ocurriendo y el porqué de su negativa a acudir al colegio. Una vez hubo explicado no sólo lo que le decían sino cómo le hacía sentir aquella situación, su padre, sin temblarle la voz le dijo: “Mañana tienes que ser rápido, en cuanto veas al niño que te llama Gordo, antes de que abra la boca para saludarte de forma tan descortés, vas y le das dos puñetazos en toda la boca, uno con cada puño”. Seguidamente, le enseñó cómo se dan dos buenos puñetazos. Al día siguiente, Ion llevó a cabo el plan de su padre paso por paso.

Así, Ion consiguió lo que quería, nadie le volvió a llamar Gordo. También consiguió con sus dos golpazos romper varios dientes a su compañero, así como una expulsión de una semana por pegar a otros. ¿Quién era el violento?

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¿SERÁ SOLAMENTE UNA PALABRA?

Les voy a confesar algo: en una ocasión conocí la libertad .

Fue cuestión de días, algún mes quizás, todo a mi alrededor parecía ir mal, pero yo me sentía mejor que nunca. Me enfrentaba a un problema de salud. Tenía miedo, pero sabía que tenía también la oportunidad de  tomar las riendas de mi futuro, me sentía libre para elegir, libre de verdad a pesar y gracias a que tenía un límite real. Esa libertad me exigía ciertos cambios. Mis límites se alejaron de repente, vi claro que los obstáculos que me había puesto hasta ese momento no existían sino en mi cabeza. El miedo seguía allí porque tenía que decidir muchas cosas. Tenía que dejar casi todo atrás, pero yo me responsabilizaba de aquello, sabía que nada iba a hacer que diera marcha atrás, quise darme la oportunidad de que mi vida dependiera sólo de mi. Claro que esto sólo lo puedes hacer en determinados momentos de la vida.

Ayer le pregunté a uno de mis hijos qué era la libertad para él y me dijo algo muy bonito:

“Para mí la libertad es hacer lo que me apetece pero sin pasarme. Por ejemplo, estoy en casa, cojo el balón, empiezo a jugar a futbol en el salón y decido bajar al porche a seguir jugando más tranquilo”.

Tengo que decir que en casa no está permitido jugar con el balón…

Creo que estarán de acuerdo conmigo en que sin la norma, en este caso la prohibición del balón en casa, no hay sentimiento de libertad.

Como dice Andrés Calamaro, “¿será solamente una palabra? La hermana hermosa, la libertad”.

SU SEGUNDO DÍA

En aquella familia nadie paró de hablar del primer día de colegio de la princesa de la casa en todo el verano.

Había opiniones de todo tipo: unos decían que con lo espabilada que era no tendría ningún problema, otros que con lo mimada que había estado hasta aquel momento, el encontronazo sería terrible. Todos parecían estar de acuerdo en que era lo mejor para ella y que lo pasaría genial.

Sólo había una persona en aquella casa que no decía nada, era la madre de la princesa, que alegremente contestaba al teléfono una llamada tras otra al fin de aquel primer día de colegio.

“Se quedó feliz haciendo un puzle”, “le encantó la clase llena de colores y juguetes nuevos”, “ni siquiera nos miró cuando fuimos a despedirnos”, “pintaba con una mano mientras abrazaba a su osito”. Había sido un primer día para el recuerdo,  ese día del que hablarán cuando la princesa haya crecido y pregunte, cuando vea las fotos en las que sale junto a sus hermanos, todos estrenando zapatos, ella también vestido.

Pero la princesa de la casa sospechaba algo, y esa sospecha se reflejaba en esas fotos en las que casi se puede oler la colonia de bebes con la que peinaron a todos aquella mañana. Levanta la ceja levemente, preguntándose si todos los días serían así, con sus padres y sus hermanos acompañándola e invitándola a entrar en clase a saludar a sus nuevos compañeros. Su sonrisa era contenida, y no se mantuvo mucho tiempo.

Y es que el segundo día ya no estrenaba vestido, no la acompañaron sus hermanos, nadie le sacó una foto.

Su segundo día fue de lágrimas, de la princesa y de su madre.

ESTE HILO

Durante mis vacaciones asistí con una mezcla de estupefacción y de curiosidad a un nuevo fenómeno que se dio en la red social Twitter cuando un humorista, a base de tuits narraba una historia ficticia que duró todo un fin de semana. Los seguidores aumentaron, los retuits y menciones se dispararon creando un fenómeno sin precedentes en nuestro país. El autor se llama Manuel Bartual y tuvo en vilo a miles de usuarios con el “hilo” en el que contaba el encuentro con su doble mientras trataba de disfrutar de unas vacaciones familiares. Mientras leía los tuits, me fui entusiasmando porque creía estar asistiendo a la creación de una nueva forma literaria. La gente lee y ¡quiere seguir haciéndolo! Pensé. Me encantó el nombre dado, “hilo”. En seguida pensé en el Hilo de Ariadna y en cómo la idea del hilo dio la libertad a una nación aunque dejó en la estacada a aquella que supo cómo hacer salir con vida del laberinto a su amado. Pensé que eso era sólo el comienzo, que enseguida comenzarían a circular miles de hilos y que alguno se salvaría y saldría triunfante del laberinto en que se puede convertir Twitter.

Días después me encontré con el tuit de una conocida periodista que retuiteaba el de otro periodista de moda donde decía “Este hilo”. Cuál no fue mi sorpresa cuando al querer leer el hilo al que hacían referencia, se creaba una cadena o hilo cuyo único contenido era “este hilo”. No había contenido, uno podía ir saltando de un amiguete a otro a través de sus retuits con la única finalidad de consumir perfiles. Entonces me acordé de la mujer de Lot, aquella que se saltó la prohibición de mirar atrás y se convirtió en una estatua de sal.

Quizás la gente no quiere leer, sólo tener seguidores y retuits en Twitter.

CARTA:

Amiga, esta vez te contaré una historia verídica, ya que mis días transcurren sin novedades por ahora.

Es la historia de un árbol, el más especial del jardín de una casa familiar. Está rodeado de otros de su especie, pero éste tiene una característica única: a dos metros del suelo se divide en dos. Es un reparto muy desigual porque la parte que en algún momento de su historia decidió separarse toma la apariencia de un árbol lejano que se ve borroso y pequeño por la distancia, parece un bonsay.

Tiene la particularidad de que la parte que crece con normalidad, pesa lo mismo que el “árbol lejano”. Es difícil ver la miniatura. En un primer vistazo, quien lo observa, cae en el error de pensar que ha crecido ladeado, inclinado hacia el suelo.

Sin embargo, aquel que lo observa de cerca se da cuenta del peso del pequeño bonsay cuando lo ve por primera vez. Ese arbolito tiene la vida de todo el árbol en su savia, aunque éste no lo sabe.

Sólo los pájaros, las orugas y las plagas lo saben, que se acercan a él con respeto, y lo molestan cuando van de paso, gustosos de saludarlo.

En cierta ocasión, un niño invitado a la casa familiar, tuvo el buen ojo de verlo y la mala idea de escalar el grueso tronco y acercarse bruscamente al bonsay,. La mala idea quiso que el pequeño borrón se quebrara por su base, quedando pendiente de un hilo sin que nadie de la casa se percatara de la tragedia. Nadie reparó en lo ocurrido como nadie reparaba en su importancia hasta que por la mañana temprano, después de una noche agónica para el gran árbol, comenzaron a llegar cientos de aves de todos los lugares. Unas levantaban el pesado peso del bonsay mientras las demás iban haciendo lo que después se supo era un nido. El único nido que ha habitado y habitará nunca ese árbol.

Te quiere, María.

SU PRIMER VESTIDO:

Había decidido ponerse un vestido para la fiesta de fin de curso.

Esto no tendría nada de extraño si no llega a ser porque él era un chico.

Tanto que le había costado tomar la decisión, y una vez tomada se dio cuenta de que lo difícil ya había pasado, se había estado disfrazando cada día de su vida. Ese viernes se iba a presentar tal como era, tal como se había sentido siempre.

Cuando le contó a su madre cuál era su intención y le pidió por favor que le comprara un vestido, sus ojos se llenaron de lágrimas, se puso en pie de un salto tan repentino que la silla en la que estaba sentada cayó al suelo. Salió corriendo por el pasillo hasta su habitación y menos de un minuto después aparecía lista para salir de tiendas. Se había pintado los labios de rojo, como se los pintaba para las ocasiones especiales. También se había puesto ese vestido que tanto le favorecía. Aquella era una ocasión muy especial.

El resto del día fue como un sueño en el que volaba subido a una nube junto a su madre orgullosa y sonriente. Se movían elevados los dos a un palmo del suelo, con pasos certeros y con una convicción tan firme que no hubo lugar a la duda.

Eligió un vestido negro y largo, ceñido a su cuerpo esbelto. Lo acompañó con unos tacones bajitos, le faltaba práctica y no quería que le estropearan la noche.

Tal y como él mismo explicó un tiempo después, la cara de su padre al verlo arreglado fue un poema. Incredulidad y extrañeza en un primer momento que dio paso a un escrutinio minucioso de los detalles del vestido, rodeándolo lentamente con sus pasos y su atenta mirada.

El abrazo que le dió fue comparable al de hacía ya 18 años, el día en que lo vio por primera vez en aquella clínica que ya no existe.

UNA LLAMADA:

Cuando sonó el teléfono estaba preparada para contestar de forma seca y cortante. Pensaba que sería algún comercial que trataba de venderme una conexión a Internet.

En su lugar escuché una tormenta lejana,el sonido de la lluvia, también el caer del sol, el rugir de una ola al romper en alguna orilla, el piar de un pájaro, el eco de un animal salvaje, unos pies descalzos caminando por un bosque, el llanto de un bebé junto al canto de una nana, el chapoteo de un pez tratando de subir un río. Todo ello envuelto en el fino sonido del viento.

Escuchaba tratando de entender qué era aquello, expectante ante la esperanza de un mensaje más claro, esperando la voz que me dijera de qué trataba. Pero era demasiado real, no parecía una campaña de marketing. El decir no llegaba y los sonidos se sucedían uno tras otro.

Cuando llevaba un buen rato al teléfono me percaté de que hacía mucho que no escuchaba aquello sin ser interrumpido por cualquiera de las máquinas que los humanos hemos inventado y construido. Esos aparatos que nos han hecho la vida más fácil, que nos han ayudado a conocer más lugares de los que podíamos imaginar, que nos han solucionado tantos problemas, que han alimentado nuestra curiosidad. Eso que “necesitamos” sin remedio. Y mientras pensaba esto, escuché claramente, sí, estoy segura de que lo escuché: “O esto o lo otro”.

No puedo elegir, pensé, y dudé, ¡claro que dudé! ¿No habrá dicho “no esto sin lo otro”? O quizás ¿“Sin esto no lo noto”?

No sé quién llamó, creo que fue Ella, La Tierra. Pero sé que no podemos seguir escuchando el silencio del bosque o el rugir de las olas, no podemos respirar la brisa del océano o el frío de las montañas si seguimos “necesitando” todo lo que usamos sin cuidar el lugar en el que estamos.

LA TIENDITA:

Como era su primer día en la Universidad se puso unos zapatos de tacón, le hacían sentirse más segura, más alta, más guapa.

No le gustaban los zapatos que resuenan al caminar y era lo único que se escuchaba cuando se metió por error en aquel callejón. Entonces se acordó de lo que le dijo su abuela el último día de colegio. “Llevar sueños en los pies es empezar a hacer los sueños realidad”.

Le picó la curiosidad aquel foco al fondo de la callejuela, una luz que tintineaba y que alumbraba una puerta de cristal.

Se acercó para mirar a través para ver lo que presagiaba aquella luz. Una mirada bastó para que su mano empujara la puerta y sus ruidosos tacones alertaran al dueño de la tiendita de su presencia. De aquellas paredes colgaban cientos de relojes de cuco de todos los colores y tamaños. Resultaban muy siniestros porque todos tenían el cuco fuera, como si el tiempo se hubiera detenido justo cuando estaban cantando. Pero ninguno emitía ningún ruido, al igual que un pequeño señor que leía tumbado en una hamaca de cuerda que colgaba del techo. Entonces se preguntó, ¿qué hago yo aquí? Y se acordó de la universidad y de que iba a llegar tarde el primer día, pero no encontró la forma de saber la hora.

Cuando se estaba dando la vuelta para salir de allí cuanto antes, una voz de dibujo animado, chillona, aguda y algo gangosa que salía de la boca del pequeño señor le dijo: “talla 36 ¿verdad?”

Se refería a sus pies. Se acercó despacio al pequeño señor y bajo la hamaca encontró sus zapatillas dentro de un cesto, las mismas que había dejado en la orilla de una playa la última noche del viaje de fin de curso.

Entonces se despojó de sus ruidosos zapatos, los puso en el cesto, cogió sus viejas zapatillas y salió corriendo de allí. No quería olvidarse de sus sueños.

LA BICICLETA:

La bicicleta se había puesto de moda en su ciudad. Pensaba que le llegaba tarde ya que a sus 87 años nunca había tenido la oportunidad de montar en ninguna, ni siquiera albergaba la esperanza de hacerlo.

Las cosas cambiaban a su alrededor más deprisa de lo que su capacidad de adaptación daba de sí y se mostraba tolerante y alegre con esos cambios. Se alegraba por los demás pero él no se daba por aludido. Hasta que aquella bicicleta llegó a sus manos. Fue una de esas noches ventosas y con lluvia horizontal típicas de Donosti. Volvía a casa de jugar al mus cuando al dar la vuelta a la esquina, vio que la fuerza del viento arrastraba ruidosamente hacia él una vieja bicicleta. Enredó su bastón en el cuadro de la máquina haciendo contrapeso hasta que logró detenerla. Entonces la puso en pie. Sin querer rozó la palanquita del timbre y un alegre sonido nació de aquella pequeña caja. Miró a un lado y a otro, pero la calle estaba vacía, así que metió la bici en su portal y la apoyó en la pared.

A la mañana siguiente la bici seguía allí aunque esta vez no la tocó. Cuando regresaba por la noche todavía riéndose para sus adentros al recordar cómo había ganado la partida, se fijó en una nueva pintada que había en la fachada de su edificio que decía así:

“Cada vez que veo a un adulto sobre una bicicleta, no pierdo la esperanza para el futuro de la humanidad” H.G. Wells.

Un fuerte sentimiento lo apremió y aceleró el paso temiendo no encontrarla donde la había dejado, pero al abrir la puerta acristalada, la bici le estaba esperando.

Aquella noche no durmió solo.

Sólo hicieron falta 15 minutos de la ayuda de su nieta para que saliera pedaleando con una gran sonrisa en la cara, no sin antes calzarse bien la txapela para que ésta no saliera volando.

BAILAR:

Madre e hijo avanzaban a paso lento pero sin titubeos, cogidos de la mano. Lo que iban a hacer era su secreto. Lo iban a probar un día y si él no se sentía cómodo o no era como esperaba no volverían más y se olvidarían del tema. Los dos estaban de acuerdo en que él le haría la seña-contraseña si se quería quedar, entonces ella se marcharía y volvería a recogerlo cuando la clase terminara.

Subieron las anchas escaleras de madera escuchando el crujir de sus pasos y la música al otro lado de la puerta. Él temblaba, pero la mano firme de su madre le daba tanta fuerza que se atrevió a decir: Sé que me gustará.

Una vez atravesada la gran puerta supo que jamás olvidaría ese momento porque nunca había imaginado que pudiera existir un lugar mejor para bailar. Por las grandes vidrieras entraba luz suficiente para que no hicieran falta las bombillas, los tableros del suelo estaban allí para acoger sólo pies descalzos, la música parecía emanar de las paredes, y las niñas que hacían estiramientos en el suelo lo hacían con tanto respeto, concentración y silencio que parecían una ilusión.

Sólo el profesor giró su cabeza cuando entraron, sonrió al niño y con un suave movimiento de cabeza le señaló unas zapatillas solitarias que había sobre un banco de madera.

Entró descalzo, se las puso con ayuda del profesor y se sentó junto a las niñas imitándolas en sus movimientos.

Entonces miró a su madre y con su dedo índice dibujó una sonrisa en su boca. Ella se fue sonriendo.

Cuando volvió a buscarlo, él sólo pudo decir “no quiero olvidarme nunca de este día”

Aquella frase fue suficiente para que ella entendiera que él no se escondería más cuando tuviera ganas de bailar.