DEBATES:

En los últimos años y con el incremento del uso de las redes sociales me voy enterando de la cantidad de debates que hay abiertos en torno a cualquier cosa. Cuando digo cualquier cosa es así: podemos debatir si algo es legal o ilegal, si se está a favor o en contra de los deberes escolares, si es bueno o malo comer carne, en qué cantidad, cuántas veces por semana, debatimos si la baja de paternidad es suficientemente larga, o de si Cristiano es mejor que Messi, debatimos sobre cualquier titular que da cualquier político o participante de reality show. Podría decir que actualmente hay debates abiertos sobre cualquier cosa que se te pueda ocurrir. Y faltos de palabras.

 

Se podría pensar que esto nos enriquece como sociedad, porque podemos expresar lo que pensamos o sentimos con libertad. Sin embargo, el núcleo del debate puede llegar a generar tantas opiniones y tal diversidad de barbaridades que uno puede quedar saturado, tan sobredosificado de puntos de vista que pierde la perspectiva propia o el criterio. En este punto, o bien uno se lanza a la piscina y vomita su opinión de forma visceral o cae en un estado de congelación. Sólo algunos poseen la lucidez que les permite decir algo rescatable, que merezca la pena. Esa opinión que a veces encontramos a mi personalmente me hace callar. Callar y profundizar, eso sí, fuera del debate, empujándome a saber más o a completar mi nueva opinión.

 

Pero llega un momento en que ya me siento harta!! Harta de escuchar tantas voces discordantes, que no se escuchan entre sí, que no avanzan hacia ningún lado, incapaces de llegar a un acuerdo. Entonces decido levantar la vista y seguir con mi vida, con la esperanza de que a alguien se le ocurra incluir “debate” como asignatura obligatoria en el colegio.

 

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SOL EN LA CONCHA:

En nuestra ciudad el sol sale poco, pero cuando sale sabemos aprovecharlo.

Según los viajeros de TripAdvisor tenemos una de las mejores playas de Europa.

Buena calidad del agua, limpieza, tranquilidad y excelentes servicios públicos.

Una playa de ciudad que permite compaginar el baño con la compra de cualquier cosa que un viajero pueda necesitar. En lugar de un rancio bocadillo, los mejores pintxos a dos minutos. Todo elegido con calidad y buen gusto, con la posibilidad de cambiarte al resguardo de miradas indiscretas en unas carpas de tela rayada vintage. Como ven, un canto a la discreción de la que hacemos gala los vascos.

Todo ello si hace sol, claro.

Donosti es una ciudad en la que no hace falta ni reloj ni comprar agua, es una de sus virtudes. Mires donde mires tienes un reloj y una fuente. Hay casos en que cuando te acercas a beber un trago de agua fresca y tienes la suerte de que salga el sol, ves que la fuente es un reloj de sol.

Lo descubrí hace poco y quedé maravillada, porque mientras bebía agua en la fuente de la Plaza de Cervantes pensaba en qué hora sería y si llegaba a tiempo a mi cita cuando el sol salió a saludar y a responder a mi pregunta. Levanté la mirada buscando una papelera y como llegados de otro mundo, mis ojos toparon con los modernos containers que funcionan con energía solar, su placa daba la bienvenida a la aparición. Y así continué mi camino, pensando en que muchos viajeros han votado que Donosti tiene una de las mejores playas de Europa.

¡Y cómo sabemos aprovecharla!

 

¿TE GUSTA LO QUE HACES?

Hace unos días hacía zapping frente a la tele y me encontré con un programa sobre gente que se sube a un escenario para hacer lo que ellos creen que hacen bien subidos en él. Casualmente me topé con un personaje que se disponía a cantar, y lo hizo pero que muy muy mal. No sabía cantar, no tenía ni voz ni ritmo musical. Fue como si yo me hubiera subido a un escenario a bailar El lago de los cisnes.

Desde que soy muy pequeña he escuchado en casa la importancia de poder trabajar en lo que a uno le gusta. Siempre me ha parecido algo normal, aunque cada vez me doy más cuenta de que no es tan habitual como yo creía.

Quizás tardé mucho en darme cuenta de que era un mantra tan arraigado en mí que en ningún momento me planteé abandonar en el intento.

Durante el camino he trabajado en muchos lugares donde había muy poco de lo que yo quería hacer en un futuro, pero era un camino, una vía de acceso, siempre lo pensé de esa manera. Era un poco.

Ahora me doy cuenta de lo importante que fue esa convicción.

No todos nacimos con una habilidad especial para hacer lo que nos hubiera gustado, ni todos tuvimos la suerte que hay que tener, por pequeña que sea, para conseguir lo que buscábamos. Pero creo que sabía cuales eran mis límites, nunca pretendí ser Freud, pero sí hacer bien mi trabajo. Y sabía que podía hacerlo bien.

Y hoy en día me encuentro con casos que me interesan más que otros, pero de todos aprendo algo. Sí, de todos. Y en cada uno de ellos me doy cuenta de que estoy haciendo lo que elegí y lo que siempre quise hacer.

 

LA VERDAD DE LA MASA:

Llevamos una temporada en la que se están formando muchas masas. De hecho, con sólo mirar las portadas de los periódicos los últimos 6 meses podríamos ver cómo se han ido batiendo récords históricos en cuanto a tamaño de multitudes se refiere. Algunas de estas manifestaciones multitudinarias han hecho que sus reivindicaciones colectivas hayan superado con creces el nivel ético y moral de muchos de sus asistentes. Pero la última que he podido observar, la convocatoria frente a un cuartel en Almería por el asesinato del pequeño Gabriel, me ha dejado en un estado de asombro y abatimiento.

 

Yo se que en una multitud se borran los rasgos individuales, desapareciendo la personalidad de cada uno de los que lo integran y que a su vez se encuentran nuevas características que antes no existían. Las causas por lo que esto ocurre podrían ser las siguientes:

El individuo en la multitud adquiere, por el número, un sentimiento de potencia invencible, cediendo a instintos ante los que antes se frenaría.

El individuo en multitud sacrifica fácilmente su interés personal al interés colectivo, algo que sólo se hace cuando se está en multitud. Se contagian unos a otros.

La última causa es la sugestibilidad, consecuencia de las dos anteriores e imposible sin ellas.

Y de esta forma, carentes de voluntad interpreto que se presentaron anoche todas esas personas casi pidiendo el linchamiento de otra.

Y mientras tanto una voz nada sola a contracorriente, pidiendo lo contrario de lo que nos pide el cuerpo a cada uno de nosotros, la masa, la multitud. Admirable.

 

NEOLOGISMO DE GUARDERÍA:

Hoy me he reído mucho con un retweet de uno de nuestros académicos de la lengua.

A menudo ocurre que hace referencia a malos usos de una palabra, y aprovecha para ajustar cuentas con el incauto que haya metido la pata.

En el tweet de hoy, una mujer ha criticado el uso que otra ha hecho de la palabra “guardería”. La primera acusaba a la segunda de no defender la educación en nuestro país. En las guardería se guarda a los niños, en las escuelas infantiles se educa, sentenciaba airada la primera. La segunda, imagino que desconcertada, callaba.

Este es sólo un ejemplo de la guerra abierta que estamos presenciando.

Siempre pensé que las lenguas son el último bastión de la libertad, que yo siempre podría utilizar la mía como yo quisiera, mientras no faltara el respeto a nadie. Además, su uso de todas las formas posibles, hablado, escuchado, leído, imaginado, me ha aportado siempre muchas satisfacciones, también disgustos, pero me ha permitido combatir problemas y sobrevivir.

Sin embargo últimamente me encuentro encajonada en ciertos momentos porque parece que hay quien se ha apropiado de algunas palabras, también de su significado. Tal es así que en ocasiones el uso de una palabra que hasta entonces había utilizado sin temor parece situarme en una determinada ideología o en un determinado grupo o color.

Y eso no me gusta nada. Me apresa en vez de liberarme.

Me gusta utilizar las palabras intuyendo que se va a entender lo que quiero decir, aun sabiendo que  existe el riesgo del malentendido. Pero no me gusta esquivar una de ellas por temor a que se entienda lo que algunos pretenden que se entienda.

ZONA DE CONFORT:

Quien se disponga a leer esta columna ha escuchado al menos una vez el término tan de moda últimamente “zona de confort”.

La zona de confort es ese estado mental “en el que nos encontramos aposentados con placidez y tranquilidad, donde controlamos prácticamente todo lo que ocurre a nuestro alrededor, nos sentimos seguros  y conocemos cada centímetro de este confortable territorio”.

En ocasiones puedo ser algo estricta con mis opiniones, pero éste término no sólo no me gusta nada, sino que me parece que no existe en la vida real.

Lo digo porque no he visto nunca a nadie que esté “aposentado con placidez y tranquilidad” y que quiera cambiar de estado. Además, el que diga que lo está y que se quiere mover de su zona de confort, ¿cuál es su motivación si se puede saber? El término es contradictorio en sí mismo. Y si no lo es, entonces sí lo es el que haya tanta gente y profesiones que se dedican a “mover” a gente de ésta llamada zona de confort. Creo que hay algo que no entiendo de todo esto.

Si uno está confortable y tranquilo ¿porqué habría de moverse siendo tan difícil llegar a ese estado?

¿Porqué ese afán por hacer que la gente haga lo que otro quiere si esa persona no siente la necesidad de hacerlo?

Ultimamente veo a mucho pollo sin cabeza, que se mueve por lo que le venden y no como respuesta a una motivación o necesidad propia.

Como aquel que compró un vuelo a Londres porque estaba muy barato y “porque hay que viajar y conocer mundo”, olvidándose de la angustia que le daba alejarse de su casa. Conoció el aeropuerto de Londres, su maravilloso hotel de Londres, de cuya habitación no pudo salir y por supuesto la enfermería del aeropuerto que le proporcionó su pastillita para poder embarcar de vuelta a su zona de confort, de donde no debería haberse movido todavía.

 

OCASO:

Acabo de hablar con una amiga y me ha dicho que ha conocido a alguien joven que paga el seguro Ocaso casi desde que nació.

Me he acordado de mi tía Socorro, una mujer viuda los últimos 20 años de vida que pagaba el mismo seguro.

Una tarde fui a verla a su casa. Era un apartamento de tres habitaciones pequeñas. Un lugar anticuado. Lo que sorprendía y hacía especial aquel lugar eran las contradicciones que allí encontrabas encarnados en sus objetos. Todo estaba siempre en el mismo lugar, cada cosa en Su lugar. Todo estaba impoluto y brillante ocupando su sitio en estanterías, mesillas y mesa camilla. A partir de mi primera comunión no se añadió ni se sustrajo ninguna de las fotos tras los mismos marcos, como si no hubiera ocurrido nada más desde aquel día en que me vistieron de blanco y las dos sonreímos a la cámara al mismo tiempo. Así como el tiempo parecía haberse detenido en ciertos objetos de broma infantiles o en su jarrón con flores de plástico, su pequeña terraza parecía en cada una de mis visitas una imagen distinta de una selva. Y en aquella selva siempre había un canario cantarín en su jaula, repartiendo alpiste en cada movimiento. En alguna ocasión también encontré algún pollito en su caja de cartón.

Pues bien, aquella tarde en que la fui a ver sonó el timbre de la puerta. En seguida ella dijo, “¡Uy! espera que es Ocaso que viene a cobrar”. La acompañé hasta la puerta y allí me encontré con un señor muy serio trajeado estilo funeraria. Mi tía lo saludó con confianza, como si lo conociera de toda la vida. Ella le dio varios billetes y él le dio un recibo. Al cerrar la puerta y ver mi cara de asombro ella me dijo: “estoy pagando mi entierro desde que tengo 35 años y este señor me da mucha confianza porque siempre viene muy puntual”.

Entonces entendí el porqué de las flores de plástico.

 

LOS DIFERENTES:

¿Se puede vivir en un estado de asombro de por vida? ¿Ustedes qué creen?
He estado pensando sobre el tema y me he decantado por igualar el estado de asombro con la infancia. Llego incluso a creer que este estado es lo que hace a la infancia ser lo que es. En el momento en que uno cree saber algo, entenderlo, en ese momento lo diferente, lo que a uno lo sorprende tiende a rechazarlo.
En el momento en que una persona sale del estado de asombro pasa a encajar en la sociedad. El que no lo haga puede pasar a ser un incomprendido, un inadaptado, un fuera de sistema, llámenlo como quieran.
En mi época escolar,cuando la clase de filosofía estaba a punto de terminar, una compañera levantaba la mano. Era así cada día. Todos teníamos ganas de que la clase terminara, pero ella esperaba respetuosamente a que la profesora hubiera acabado de dar la lección y entonces la acribillaba a preguntas.
En ese tiempo ya casi ninguno de nosotros vivía en el asombro, de hecho creo que sólo ella lo hacía. Era diferente, se dejaba sorprender por las alegorías y teorías. Nadie lo entendía y provocaba rechazo. Decíamos que alargaba mucho la clase, pero ahora se que esa no era la razón.
Veo en los padres cierto alivio cuando uno de sus hijos pasa a ese segundo estado, todo parece más liviano, más fácil pero también más triste. Por eso muchos adultos se adhieren a esa nueva moda de reencontrar la felicidad, salir de la ya famosa “zona de confort”, que no es otra cosa que volver al estado de asombro, de curiosidad, de deseo, de ganas. De ganas de ser sorprendido.

LLUVIA:

Vivimos en una zona donde a la lluvia le gusta caer. Seguro que hay explicaciones científicas al porqué de la inmensa cantidad de agua que cae de nuestro cielo, pero yo estoy elaborando una nueva teoría. He observado que los días húmedos como estos, la gente llora menos, todo parece muy gris, pero parece que dentro de cada uno de los que escucho no está tan negro en contraste con el exterior.

Cuando llueve, algunos intentan encontrar lo bueno que les ha pasado, que han pensado o que tienen. Es como si apreciaran mejor ciertas cosas que en otros momentos les pasan desapercibidas.

He leído un poema de Borges que dice que “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Él nunca vivió en Donosti, pero entiendo que la lluvia caída ya no es lluvia.

Y de esta manera la lluvia parece limpiarnos, ayudarnos a pasar página, obligarnos a no salir a la calle más de lo estrictamente necesario. Y en ese tiempo que esperamos a que escampe, aún a sabiendas de que no lo hará, que podemos dedicarnos a lo que siempre dejamos para mañana, a la lectura de un buen libro, a escuchar lo que nos dice quien tenemos al lado: que si a él le gusta el olor que deja, que si relaja mirarla cuando cae, que si limpia el ambiente, que le gusta que moje su cara mientras sale a correr. También puedes escuchar que la lluvia le deprime, aunque yo suelo responder que no le eche la culpa a la lluvia.

Hay distintos tipos de lluvia claro, la silenciosa, la bienvenida, la espontánea y la lluvia sorpresa. Pero para terminar está la lluvia total, la que viene de todas direcciones, que trepa en vez de caer, y esa es la lluvia de Donosti.

LLUVIA:

Vivimos en una zona donde a la lluvia le gusta caer. Seguro que hay explicaciones científicas al porqué de la inmensa cantidad de agua que cae de nuestro cielo, pero yo estoy elaborando una nueva teoría. He observado que los días húmedos como estos, la gente llora menos, todo parece muy gris, pero parece que dentro de cada uno de los que escucho no está tan negro en contraste con el exterior.

Cuando llueve, algunos intentan encontrar lo bueno que les ha pasado, que han pensado o que tienen. Es como si apreciaran mejor ciertas cosas que en otros momentos les pasan desapercibidas.

He leído un poema de Borges que dice que “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Él nunca vivió en Donosti, pero entiendo que la lluvia caída ya no es lluvia.

Y de esta manera la lluvia parece limpiarnos, ayudarnos a pasar página, obligarnos a no salir a la calle más de lo estrictamente necesario. Y en ese tiempo que esperamos a que escampe, aún a sabiendas de que no lo hará, que podemos dedicarnos a lo que siempre dejamos para mañana, a la lectura de un buen libro, a escuchar lo que nos dice quien tenemos al lado: que si a él le gusta el olor que deja, que si relaja mirarla cuando cae, que si limpia el ambiente, que le gusta que moje su cara mientras sale a correr. También puedes escuchar que la lluvia le deprime, aunque yo suelo responder que no le eche la culpa a la lluvia.

Hay distintos tipos de lluvia claro, la silenciosa, la bienvenida, la espontánea y la lluvia sorpresa. Pero para terminar está la lluvia total, la que viene de todas direcciones, que trepa en vez de caer, y esa es la lluvia de Donosti.