TRADICIONES:

Quien recuerde una de mis columnas de la Navidad pasada, La Mesa, sabrá que aquella tabla sobre la que se juntaban todos el día de San Esteban, crecía con el nacimiento de un nuevo miembro de la familia.

Lo que no saben es que para que la mesa pudiera crecer durante la noche, siempre a oscuras y sin testigos, tenía que nacer una nueva tradición entre los componentes de la familia. Existía la creencia en la casa de que las tradiciones están arraigadas en las ilusiones y los nuevos proyectos, en la actividad y la construcción, en los nuevos horizontes de los habitantes. Por esa razón, cada fecha señalada, la cabeza de familia indagaba en ellos para conocer sus planes, para ponerse al día en aquello que no habían podido explicarse en otras ocasiones y poder plasmarlo en el detalle de la nueva tradición. Era el gran belén que durante todo el año aguarda en el basto armario a puerta cerrada quien acompañaba a la abuela en las decisiones navideñas ya que ambos compartían muchos de los secretos de aquella casa.

El año pasado, coincidiendo con la crecida de la familia, una guitarra se unió al festejo.

No es una familia musical y sin embargo de manera sorpresiva, varios miembros sabían tocarla. Y la hicieron sonar, vaya si lo hicieron, acompañada de gallos y desafines propios del efecto del vino y del frío.

La misma guitarra espera este año el abrazo de esta familia, sus cánticos y sus risas. Incluso los tirones con los que se la disputaron el pasado año.

La cabeza de familia está tranquila porque ha nacido una nueva tradición familiar, y con ello se asegura la prolongación de la mesa, la auténtica protagonista de la Navidad en esta familia.

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STORYTELLING:

Llegué corriendo, mojada por la lluvia y algo tarde a la invitación de un “storytelling”.

En cuanto puse un pie en aquella mullida alfombra del Hotel Villa Soro mis pulsaciones bajaron impactadas por lo acogedor del ambiente y las sonrisas de bienvenida del personal.

Lo organizaba una amiga muy querida. Una persona que mezcla locura y cordura a la perfección, algo muy raro de conocer. También la templanza con la osadía, la determinación con la ternura, la convicción con la empatía, la autonomía con la cercanía. Todo eso le ayudó a idear la reunión.

En un entorno acogedor y cuidado con mimo desfilaron ante mis ojos media decena de personajes que contaron su historia, cada uno aquella que les apeteció de un momento de sus vidas, para transmitir su opinión o enseñanza que ellos sacaron de su vivencia.

Como diría mi padre, fue algo “hermoso” de escuchar y de vivir.

En un espacio muy corto de tiempo pude entender la importancia de la transmisión de padres a hijos, presenciar la pérdida de la inocencia de un joven de 22 años, sentir la libertad del muchacho que viaja solo al extranjero por vez primera, intuir la generosidad del desconocido, sentir el miedo de ser padres. También escuché el sonido de un tren y saboreé un cruasán recién horneado en París.

Todo pasó muy rápido, pero lo que allí ví, lo guardo en la memoria para poder contarlo.

Porque cuando el “storytelling” se repita, volveré a estar presente para escuchar y por qué no, algún día ser yo la que esté en ese lugar.

Les dejo una cita de G. García Marquez.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Para contarla.

NO:

Sé que no soy la única agobiada por el bombardeo del consumismo.

Tenemos ahora mismo una lucha terrible por la territorialidad, una llamada a proteger la cultura, sea la catalana, la vasca, la andaluza, la gallega, sea la que sea.

Pero no paramos de comprar todas las tradiciones que vienen del otro lado del océano. Esas que sentimos vacías, las que no podemos explicar a nuestros pequeños, esas que sólo se ciñen al gastar gastar y gastar. Engullir. Dos ejemplos a los que estoy haciendo referencia claramente: Halloween y Black Friday.

En el primero ahora resulta que hay que decorar la casa con objetos tétricos y de color naranja y acompañar a nuestros hijos de puerta en puerta ya que no los podemos dejar ir solos ni a la vuelta de la esquina, para pedir chucherías. ¿alguien, sabiendo que los niños tocarían su puerta, les dijo que no? ¿hubo truco? ¿Sólo se permite el trato? Si me das chuches me voy y te dejo tranquilo y sino, y sino… nada. Es el sí o sí a los niños. Tú vas, cantas una canción desentonada y te dan chuches, así de fácil. Como todo a lo que estamos acostumbrando a nuestros hijos. Todo hecho. ¿que porqué? Ah! Es que es Halloween.

Lo del Black Friday ya es otro asunto. Compra todo lo que puedas porque es más barato, aunque no lo necesites, aunque no lo hubieras comprado en otras circunstancias. Porque todos entran, porque todos tienen, porque es más barato, porque tienes tiempo, porque tienes dinero, porque pronto es Navidad, porque te lo ofrecen y no quieres decir NO.

Así que no queremos decir no. A no ser que ese NO venga del otro lado del Océano, claro.

UNA CADA OCHO HORAS:

En España se denuncia una violación cada ocho horas. No sé si la ocurrida en San Fermines el año pasado cuenta como una o como cinco.

Hace un tiempo una mujer me explicó cómo un hombre la violó.

No sabe cuánto tiempo duró, pero recuerda que cuando ella ya no podía más, no tenía fuerzas para seguir consciente comenzó a hablar a su violador, susurrando. Sólo dos palabras repetidas una y otra vez, una y otra vez salían de su boca sin descanso. Las dos palabras eran “te perdono”. El violador paró y se fue sin mediar palabra, sólo mirada. La dejó tirada y herida, ya sola. Aquel violador resultó tener siempre el mismo modus operandi, fue detenido y cumplió varias décadas de cárcel. Aquel monstruo que violó a más de 30 mujeres que se sepa, sabía que estaba haciendo algo malo, por eso paró cuando ella le dijo ”te perdono”. No por eso es menos peligroso.

¿Qué pasa con La Manada? No sólo se mofan y divierten con su delito vía mensajitos, sino que se defienden con uñas y dientes como si no supieran qué hicieron mal.

La engañaron, la violaron, le robaron y la dejaron tirada. Y encima se defienden con sucias argucias a base de talonario. ¿Cuántas veces habrían hecho lo mismo anteriormente? ¿juntos o separados? ¿Tal era la aceptación de su entorno que se creían inmunes?

No sé a qué conclusión llegar con estos tipejos, lo que sí tengo claro es que son más peligrosos que cualquier perverso solitario porque se creen manada, se saben manada, confían en que muchos de su grupo los defenderán.

Y lo peor es que tienen razón. La manada los tapará a ellos como se ha hecho siempre con otros. Paremos a la manada, ¿no les parece?

SIN ESCRÚPULOS:

Hasta hoy no sabía que la palabra“escrúpulo” hace también referencia a una minúscula piedrita en el zapato. Esa china que en ocasiones hace que nos detengamos, para empujarla con un dedo hacia otra parte del pie donde no nos moleste tanto o para descalzarnos y sacarla.

Hoy he atendido a una persona en la consulta a la que tengo mucho cariño y me ha hablado de su escrupulosidad y de cómo eso le hace sufrir en ocasiones.

Me he quedado todo el día amarrada a esta palabra, pero como tenía trabajo, el día ha ido avanzando como si yo misma tuviese una piedra en mi zapato, obstaculizando la fluidez de mis tareas. Finalmente me he detenido y me he dicho, ¿pero qué pasa con esta palabra? Hacía tiempo que no me la tomaba en serio, quizás como tantos otros últimamente, para darme cuenta de que no se me iba de la cabeza por la falta de escrúpulos que veo últimamente en todas partes. Desde el detalle más nimio como puede ser tirar basura al suelo o no recoger la caca de tu perro, como la falta de escrúpulos de la gente en las redes sociales (que dicen lo que les apetece pareciera que por descargarse) o la que de forma exagerada muestran muchos a la hora de robar, mentir o  manipular. Porque la falta de escrúpulos se manifiesta en su forma más cruda cuando se hace evidente que el que hace la acción le dan igual las consecuencias y aquellos a quienes les afectan.

Lo que me queda claro es que los que tienen escrúpulos piensan en lo que para ellos esta bien o mal y son consecuentes con eso hacia sí mismos y hacia el otro. Los que no tienen escrúpulos ni siquiera piensan en que hay un otro. Por eso generalmente tampoco tienen vergüenza.

EL RADAR:

Hace unos días volvía de viaje por una carretera francesa, ya conocida por mi. Es una vía que surca un paisaje montañoso y que atraviesa diversos pueblos casi deshabitados, poco luminosos por la sombra de las montañas, inhóspitos, fríos y húmedos. Siempre que paso por allí me pregunto quién vive en un lugar donde no da el sol en todo el día porque se esconde tras las montañas que lo rodean, donde pasan coches sin cesar pero ninguno para. Nunca he visto a un vecino pasear por sus angostas aceras ni a un niño correr por sus jardines o prados. Hay carteles donde dicen vender pan o ceps pero nunca vi una tienda abierta. Es una zona donde las señales alertando de la presencia de ciervos se repite cada 500 metros, como si fueran los únicos habitantes del paraje.

De repente un flash golpea mis ojos sin llegar a cegarme y freno bruscamente, ya tarde porque el radar ha fotografiado mi velocidad. Después de maldecir varias veces a mi pie y su gusto por pisar fuerte me digno a mirar a mi alrededor. Esta vez a la velocidad permitida, veo una casa preciosa que queda a mi izquierda. Es más bien un caserón, de gran tamaño, construida en piedra gris de principios del siglo pasado. Está rodeada de un bonito jardín que un camino adoquines divide en dos. Es un camino que va desde mi carretera hasta la misma puerta de la casa.

¿A quién se le ocurrió construir esa casa tan bonita en un lugar tan frío como este? Entonces pienso en el radar que me acaba de fotografiar y me convenzo de que por mucho que me fastidie la multa que voy a tener que pagar, justifica el haber visto la casa.

Ahora sólo me queda ver la expresión de mi cara en la foto y detenerme a ver la casa en mi próximo paso por aquel pueblo.

LEER DE NOCHE:

Hay quienes sueñan con irse de vacaciones a una playa paradisíaca, a recorrer remotos lugares o a fundirse con la naturaleza de un bosque. No es que yo no sueñe con ello, pero me parece que esos días tardan en llegar y que los necesito antes. Sin embargo tengo un momento del día que me ayuda a desconectar. Es cuando acuesto a mis hijos y les leo el libro que a mi me apetece. Llevo meses leyendoles David Copperfield de Dickens. Lo hago saltando algunos párrafos y añadiendo palabras.

Están fascinados por la rareza del personaje, por las antiguas costumbres, por la cantidad de personajes que desaparecen para volver a escena más adelante trayendo grandes sorpresas, por la variedad de formas de ser que describe Dickens. Echan de menos a la pequeña Emily, el amor infantil de David, que ahora sólo está presente en el recuerdo. Les divierte el excéntrico Dick. No entienden porqué se le considera un loco si siempre sonríe y le gusta jugar.

Han entendido que la Señorita Trotwood es implacable pero buena a la vez, que tiene sus razones para hacer lo que hace y ser como es. Les encanta la idea de poder hablar de alguien que nunca nació y de que a pesar de ello uno pueda imaginar lo que hubiera dicho o hecho como hubiera sido la hermana de David. No pueden creer que un niño tenga que trabajar en una fábrica desde que amanece hasta que se hace de noche para poder sobrevivir, ni que una familia viva mejor en la cárcel que en una casa. Quieren hasta el infinito a Pegotty, la humilde cuidadora de David, dispuesta a sacrificar todo por él a pesar de no tener nada.

Y así, cada noche viajamos a Dover y a Canterbury, mientras dicen haber visto a la Sta. Trotwood corriendo tras uno de sus odiados burros en Matia o al Señor Dick volando una de sus cometas en Ondarreta.

#Metoo:

Hace unos años iba caminando por la calle junto a una grupo de amigas. Nos cruzamos con dos chicos que creo recordar que ni nos miraron, porque ver sí que nos vieron. Lo sé porque en cuanto estuvieron detrás nuestro uno de ellos aprovechó el movimiento acompasado de sus brazos con su paso para agarrarme el trasero lo más fuerte y profundo que pudo.

En varias ocasiones, y varias son decenas, un completo desconocido ha sacado partido del tumulto para tocarme los pechos o para rozar su cuerpo contra el mío. Es algo muy común y frecuente, algo que desgraciadamente he llegado a asumir por ser mujer, casi ya sin incomodidad.

Pero también me han llegado a quitar durante un partido la protección que tiene que llevar un portero de hockey para dárselo a los chicos, cuyo partido comenzaba antes de que terminara el mio.

Creo que tanto yo como cualquier mujer podría enumerar infinitas situaciones desagradables e injustas que ha tenido que vivir por ser mujer.

La campaña #Metoo es un grito común contra el acoso a las mujeres que una vez más se ha puesto en marcha en Estados Unidos respaldada por decenas de mujeres que han sufrido el acoso por parte de un famoso productor de Hollywood. La noticia está servida cuando varias actrices hacen públicas sus vivencias, en este caso de acoso sexual, una cuestión muy grave y que cualquiera puede entender que es denunciable.

Pero a mi me preocupa también que un desconocido te toque el culo con total libertad y naturalidad y que cuando le llamas la atención niegue la voluntariedad del acto. Para que al día siguiente se vuelva a repetir en propias carnes o en carne ajena a manos de cualquier otro.

FUEGO:

Qué difícil resulta hablar de algo que no sea de Eso.
Con Eso me refiero a Cataluña claro. En ocasiones, cuando algo nos preocupa pareciera que sólo eso existe, y todas las demás noticias o intereses pasan a un segundo plano.
Es complicado incluso encontrar noticias diversas y parece que sólo una noticia tan trascendente pueda quitarle protagonismo. En este caso se trata de un incendio en Galicia. Bueno, 150 incendios que están arrasando bosques, campos, pueblos e incluso vidas.
En algún momento pensé que sólo un mundial de fútbol con un equipo lleno de catalanes podría apaciguar las aguas, al más puro estilo sudafricano, pero en su lugar han llegado las llamas reales, el rojo verdadero.
Para los que no hemos visto una guerra, esto es lo más parecido que puedo encontrar. Incendios en medio de una ciudad, una parcela en llamas entre dos casas.Como si el diablo hubiera sobrevolado la tierra de los celtas y hubiese ido señalando con su tridente lugares al azar, sirviéndose de la naturaleza como materia de combustión para iluminar su mezquindad.
Suelo ser bien pensada pero en este caso me resulta imposible. ¿Quién podría querer destruir así su propio mundo? ¿Qué mente se podría ocupar de convertir la tierra en un infierno? ¿Con qué finalidad?
Suelo tratar de pensar en el porqué de las cosas, buscar explicación a algunos aconteceres, aunque sé que no todo tiene explicación y que no todo lo puedo entender. Y el fuego de Galicia es una de estas cosas que me sumen en el desconcierto y el desánimo, una de esas cosas que me hacen perder la esperanza en la humanidad. Para recuperarla momentos después con las proezas de los gallegos.

HAMBRE:

Esta mañana me he despertado con un hambre atroz. Me conozco y sé que el “hambre atroz” es mental, así que he desayunado como siempre. Bueno, quizás me he comido algo dulce además de lo que como cada día, pero no cuenta.

A medida que ha ido avanzando la mañana, la idea del “pintxo de tortilla” con café con leche iba interrumpiendo mis pensamientos y también mi trabajo, para qué les voy a engañar. Así que en cuanto he tenido quince minutitos libres he volado hasta el bar más cercano a cumplir con mi deseo, que estaba muy madrugador. Qué les voy a decir que no sepan ya de semejante almuerzo, es algo que deberíamos exportar. Pero les cuento esto porque cuando todavía no había pasado hora y media de mi super tentempié, la sensación de hambre volvía a molestarme. ¡No puede ser! ¡Pero si tengo la tripa llena!

Entonces me he dado cuenta de lo que estaba pasando: mi cuerpo me estaba pidiendo alegría, pero no alegría física, de esa que puede ser tan fácil de conseguir como un buen abrazo de mi marido, no sólo el pintxo de tortilla con su acompañamiento, o cualquier otra que ustedes se quieran imaginar, no…

Mi cuerpo estaba parasitado por mi mente de tal forma que finalmente la mente ha podido hacerse escuchar para decirme que necesita un poco de descanso de tanta gravedad. Un poco de buen rollo, cambiar de tema de una vez, celebrar la vida, la libertad y por fin… ¡el buen tiempo en Donosti! Así que he dejado de tener la necesidad de engullir para pasar a tener hambre de risas, buena compañía y amor. Además hoy me puedo saciar porque es el cumpleaños de mi cuñada, como una hermana vamos.