UNA LLAMADA:

Cuando sonó el teléfono estaba preparada para contestar de forma seca y cortante. Pensaba que sería algún comercial que trataba de venderme una conexión a Internet.

En su lugar escuché una tormenta lejana,el sonido de la lluvia, también el caer del sol, el rugir de una ola al romper en alguna orilla, el piar de un pájaro, el eco de un animal salvaje, unos pies descalzos caminando por un bosque, el llanto de un bebé junto al canto de una nana, el chapoteo de un pez tratando de subir un río. Todo ello envuelto en el fino sonido del viento.

Escuchaba tratando de entender qué era aquello, expectante ante la esperanza de un mensaje más claro, esperando la voz que me dijera de qué trataba. Pero era demasiado real, no parecía una campaña de marketing. El decir no llegaba y los sonidos se sucedían uno tras otro.

Cuando llevaba un buen rato al teléfono me percaté de que hacía mucho que no escuchaba aquello sin ser interrumpido por cualquiera de las máquinas que los humanos hemos inventado y construido. Esos aparatos que nos han hecho la vida más fácil, que nos han ayudado a conocer más lugares de los que podíamos imaginar, que nos han solucionado tantos problemas, que han alimentado nuestra curiosidad. Eso que “necesitamos” sin remedio. Y mientras pensaba esto, escuché claramente, sí, estoy segura de que lo escuché: “O esto o lo otro”.

No puedo elegir, pensé, y dudé, ¡claro que dudé! ¿No habrá dicho “no esto sin lo otro”? O quizás ¿“Sin esto no lo noto”?

No sé quién llamó, creo que fue Ella, La Tierra. Pero sé que no podemos seguir escuchando el silencio del bosque o el rugir de las olas, no podemos respirar la brisa del océano o el frío de las montañas si seguimos “necesitando” todo lo que usamos sin cuidar el lugar en el que estamos.

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LA BICICLETA:

La bicicleta se había puesto de moda en su ciudad. Pensaba que le llegaba tarde ya que a sus 87 años nunca había tenido la oportunidad de montar en ninguna, ni siquiera albergaba la esperanza de hacerlo.

Las cosas cambiaban a su alrededor más deprisa de lo que su capacidad de adaptación daba de sí y se mostraba tolerante y alegre con esos cambios. Se alegraba por los demás pero él no se daba por aludido. Hasta que aquella bicicleta llegó a sus manos. Fue una de esas noches ventosas y con lluvia horizontal típicas de Donosti. Volvía a casa de jugar al mus cuando al dar la vuelta a la esquina, vio que la fuerza del viento arrastraba ruidosamente hacia él una vieja bicicleta. Enredó su bastón en el cuadro de la máquina haciendo contrapeso hasta que logró detenerla. Entonces la puso en pie. Sin querer rozó la palanquita del timbre y un alegre sonido nació de aquella pequeña caja. Miró a un lado y a otro, pero la calle estaba vacía, así que metió la bici en su portal y la apoyó en la pared.

A la mañana siguiente la bici seguía allí aunque esta vez no la tocó. Cuando regresaba por la noche todavía riéndose para sus adentros al recordar cómo había ganado la partida, se fijó en una nueva pintada que había en la fachada de su edificio que decía así:

“Cada vez que veo a un adulto sobre una bicicleta, no pierdo la esperanza para el futuro de la humanidad” H.G. Wells.

Un fuerte sentimiento lo apremió y aceleró el paso temiendo no encontrarla donde la había dejado, pero al abrir la puerta acristalada, la bici le estaba esperando.

Aquella noche no durmió solo.

Sólo hicieron falta 15 minutos de la ayuda de su nieta para que saliera pedaleando con una gran sonrisa en la cara, no sin antes calzarse bien la txapela para que ésta no saliera volando.

El Pienso

Conocí una personita que estaba aprendiendo a hablar. Le estaba costando más de lo habitual y sus padres preocupados por eso y algunas cosas más llegaron a mi consulta derivados por su médico.
Entraba siempre alegre, tímida y sosteniendo entre sus manitas su libro favorito.
En los primeros encuentros me hacía leer el cuento, ella escuchaba atentamente, yo lo leía sin introducir nada nuevo, nada de mi cosecha. Con el discurrir del tiempo, y sabiéndome ya el cuento de memoria, decidí integrar alguna palabra propia que describiera los dibujos que ella tanto disfrutaba observando sin preguntar nada, sin emitir palabra. Para mi sorpresa, aplaudió con alegría y entusiasmo las nuevas incorporaciones, repitiendo las palabras nuevas y exigiendo que las repitiera. Todas excepto una.
Comenzó a preguntarme a su manera cómo se llama la comida de los perros, aquella palabra que ella nunca había pronunciado, “pienso”. En cada una de las ocasiones que yo la pronunciaba, un gesto de vergüenza mezclado con alegría se dibujaba en su rostro. Tardó un tiempo en pronunciarla, pero llegó el día en que lo hizo, eso sí, sin sonido al principio, solo con el movimiento de sus labios. El siguiente paso fue hacerlo muy bajito, pero tapándose la boca. Hasta que un día le dije “sí, yo también pienso y nadie me escucha, pero hablo cuando quiero que me escuchen y me entiendan”.
Nunca más trajo su libro, ahora es ella quien cuenta cuentos.
Esta anécdota me recuerda una frase que leí no hace mucho tiempo:
“Nuestra mente limita nuestra habilidad para utilizar el cerebro. El cerebro acepta las restricciones y queda programado para las limitaciones que la mente le ha impuesto”. Kim Manresa.

El Libro

Si tuviera que decir cuál fue el primer libro que leí en mi vida, daría el título de uno que nunca terminé. Sin embargo puedo decir que es el que hizo que intuyera que en ellos, en los libros, podía encontrar mis respuestas. Es el que decidió que fuera una lectora voraz.

En aquella época, un libro para mi no era para ser leído. En ellos podía encontrar dibujos y fotos increíbles, ya sólo el título de un libro podía ocupar toda una tarde para imaginar lo que podía contener. Sabía que muchos de ellos nunca los leería, sin embargo los cogía, sentía su peso y su tacto, leía frases sueltas, los abría y acariciaba sus páginas una a una, fijándome bien en la caligrafía y el tamaño de la letra. ¿Porqué siempre en negro? ¿porqué siempre el mismo tamaño en todo el libro? Hasta que llegó Michael Ende con La historia interminable, claro.

Muy pronto aprendí que hay distintos tipos de libros. Para leer, para ver, para consultar y para decidir. Estos últimos son esos que no los lees cuando llegan a tus manos, los reservas para un futuro, porque harás todo lo posible para que el tiempo o la vida te lleve a ellos.

En mi casa había paredes dedicadas a ellos, filas enteras de libros y revistas de medicina. Recuerdo un tomo de dermatología pediátrica donde había fotos que llamaban tanto mi atención que cuando venía alguna amiga a casa por primera vez era lo primero que le enseñaba. Eso sí, a escondidas, porque había libros que no estaban permitidos a los niños.No estaban permitidos, pero estaban a mi alcance. Estaban ahí para quien fuera lo suficientemente alto para llegar a ellos.

Hoy en día para mí, un libro no es sólo para ser leído, o puede que sí.

La Maleta

Quienes leyeron El Viaje hace dos semanas, recordarán que el protagonista del relato abandona la civilización siguiendo a la Lady Gaga africana.
Y bien, para aquellos que osaron preguntar, decirles que caminaron, caminaron y caminaron.
Atravesaron lenta y sigilosamente la sabana, oyendo respirar a los leones y viendo ñus caer entre sus fauces.
Como ocurre también entre los humanos, pudo ver cómo cada ser actúa según su instinto, y así las hienas trataban de apoderarse del trabajo hecho por los leones y los buitres a su vez barrían con los restos del gran festín para finalmente dejar las migajas a las moscas y gusanos.
Qué hacía él alli? Él, que durante mucho tiempo se había creído capaz de solucionar cualquier problema, tomaba de repente conciencia de su pequeñez, de su fragilidad. Él, que se mofaba de su autonomía, despertaba para encontrarse con su maleta llena de necesidades.
La necesidad de encontrar algo con lo que defenderse se hizo apremiante la primera noche, y lo encontró. No estaba en su pesada y poco práctica maleta. Por eso la abandonó. Estaba escondido en una doblez del recuerdo, lo cotidiano había tapado lo que lo mantenía en pie. Tuvo que ser aquella aventura extraordinaria la que se lo hiciese rescatar.
Aquella primera noche sin techo recordó que lo que lo había mantenido siempre en pie y fuerte, no cabía en su maleta ni en ninguna otra.

El Viaje

La avioneta tocó tierra suavemente, como si en vez de una pista fuera un colchón. Sus oídos seguían taponados, eso le gustaba, podía escuchar su propia respiración y el eco interno de sus palabras. Era lo único que lo tranquilizaba cuando realmente lo necesitaba. Era miedoso, temía no encontrar lo que había imaginado, a pesar de lo cual decidió ir cuando recibió la llamada.

Africa ya no es Africa, le habían dicho. Cuando levantó la mirada de sus botas nuevas supo que allí también había llegado el Siglo XXI, porque la mujer que lo esperaba a los pies de la aeronave tenía brackets, gafas, se había teñido el pelo de rosa y azul y llevaba una camiseta de Lady Gaga.

El recibimiento nada tenía que ver con los países orientales que había visitado. Todo era tan sobrio que hizo que prestara mayor atención a los detalles. No veía la actitud servil por ninguna parte, sí una presencia protectora, como una sombra buena y conocida, invisible aunque audible, por musical no por ruidosa.

La bienvenida fue única. Se repetía con cada viajero que tocaba aquella tierra por primera vez, pero a él le pareció que se la tenían preparada especialmente. Sino era imposible que el sol brillara más que nunca, que oliera mejor el aire o que la gente pareciese más feliz.

Se había imaginado cruzando la sabana montado en un Jeep, pero lo invitaron a que caminara descalzo sobre la arena templada, arrastrando su maleta nueva con ruedas, en dirección contraria a donde iban el resto de pasajeros que habían viajado con él.

Decidió seguir sin rechistar a Lady Gaga a pesar de que nadie se lo indicó.

Así fue como tomó una decisión por vez primera. Miró atrás antes de esbozar una mueca más parecida al vértigo que a la sonrisa, tiró de su maleta con más fuerza y corrió tras su sombra dejando atrás la maraña de pelo azul y rosa.

Despacito

Uno de estos días se estrena en los cines una película sobre el fundador de la famosa cadena de hamburguesas Mc Donald`s.

En nuestro país, no solamente introdujo la hamburguesa, sino también las prisas. Casi se podría decir que las hamburguesas llegaron con la olla a presión que te invita a la prisa y al buen comer.

Ahora que todos estamos acostumbrados a lo rápido, lo inmediato, asumiendo una pérdida de calidad de lo que consumimos, resulta que comienza a ponerse de moda lo contrario, lo lento, el ir despacio, el tomarte el tiempo para disfrutar el momento, aunque tengas que llegar con prisa. Todo natural, ecológico, lo de toda la vida vaya.

Algunos  corren como locos para llegar a su clase de yoga semanal. Llegan estresados y malhumorados con el tráfico, con la falta de sitios donde aparcar y con la cola en el supermercado.

Cada día me tomo el café en un lugar donde tardan 15 minutos en servírmelo, con leche, para llevar. Su ritual de preparación es  comparable al del té en china. Incluso te calientan la taza con agua hirviendo mientras esperas.

Y yo me pregunto, ¿no hay punto medio?, pero alguien muy jóven me da la respuesta: Es la libertad. Tú puedes elegir tomarte un café en vaso de papel quemándote la mano mientras corres al trabajo o tomártelo sentada y calentita mientras charlas con el que te lo ha servido, o lees el periódico con papel de verdad.

Y me vuelvo a preguntar: ¡Ah! ¿pero eso es la libertad? Creo que la respuesta a esta pregunta la dejaré para la semana que viene. Mientras tanto, trataré de que esta canción tan pegadiza abandone mis pensamiento. Despacito…

Un tuit por ejemplo:

Hacía tiempo que la marea no estaba tan baja y tan vacía la playa. Había una persona que caminaba rápido hacia la orilla mientras se mojaba bajo la lluvia y el viento. A través de mi ventana escuché su pensamiento vibrar en los cristales.

¿Ya han pasado cuatro años desde que fue elegido? Todo parecía que iba a cambiar: revivió el voto de pobreza, se abstuvo de juzgar la homosexualiudad, animó a víctimas de abusos por parte de curas a que denunciasen. Ha abierto una cuenta en twitter desde donde manda sus mensajes al mundo. ¡Cada día! El Papa Francisco escribe al menos un tuit al día. Casi ningún mandatario en el mundo lo hace. El mundo ha cambiado un montón en estos 4 años.

¡El ejemplo! Recuerdo un tuit en el que el Papa decía “no subestimemos el valor del ejemplo, porque tiene más fuerza que mil palabras, que miles de likes o retweets, que mil videos de youtube”.

No paro de darle vueltas al tuit: Francisco quiere predicar con el ejemplo, pero está sólo como la persona que veo en la playa, azotado por las inclemecias del tiempo. Y se acerca al oleaje, decidido, con esfuerzo y el viento en su contra. Es de los pocos en la Iglesia que da buen ejemplo. Con la cantidad de problemas que hay que la iglesia podría resolver y darse noticia por ello y sólo escuchamos noticias de curas pervertidos, vemos imágenes de cómo salen acompañados por sus amigos de los juzgados después de haber confesado sus delitos, como si no fueran peligrosos para toda la sociedad, y leemos que la Iglesia los “castiga” en algún convento de retiro espiritual por un tiempo en vez de ir a la cárcel como deberían.

Definitivamente estamos en una nueva era: Predicando con twitter.

Que no te engañen

Hace dos semanas mi hijo mayor me preguntaba qué había que hacer si una niña nacía con pito. Su preocupación era evidente y su hermano pequeño fue añadiendo leña al fuego, haciendo volar su imaginación. Todo eran preguntas que podrían parecer absurdas, sin embargo iban cada vez perfilando mejor la realidad de muchos así como el debate que algunos se han inventado.

Digo “inventado” porque ya la primera pregunta del niño trae una respuesta tan clara que es difícil de obviar: Hay niñas que nacen con pito. Parece una verdad con la que el ser humano nace.

Si sigo escarbando en esa pregunta, me doy cuenta de que quien la hace da por hecho que lo que hay que cambiar no es el ser chica o chico, sino el cuerpo. El que hace la pregunta ve más fácil cambiar el tener que el ser.

Que quien se haga esa pregunta sea un niño de sólo 8 años, que no tiene referencias cercanas de este dilema, me hace pensar que las posibilidades de elegir que tenemos en la vida están demasiado mediatizadas por la educación y las creencias. Mediatizadas en el mal sentido del término, ya que siempre he creído que la educación debería pulirnos para hacernos mejores, para hacer posible una convivencia pacífica, para comprender las diferencias, para tolerar lo que nos es ajeno. Sin embargo, vemos una vez más la incapacidad de algunos para respetar las elecciones individuales, en las que ellos no están tocados o involucrados para nada.

¿Quieren saber cuál fue mi respuesta a esta pregunta?

Les dejé hablar y escuché atentamente, haciéndoles saber que lo que decían y opinaban me importaba mucho, y haciéndoles llegar lo importante que es poder hablar de todo aquello que ignoran, que quieren saber o que pica su curiosidad.

Porque nadie tiene la respuesta a esa pregunta, que no te engañen.

Héroes

Para ser un héroe no hay que estar muerto.

Un héroe es un solitario que se sale de lo común, es aquel que persigue lo que se ha propuesto o lo que ha decidido, asumiendo su responsabilidad.

No renuncia, no cede en su deseo, no se acobarda y llega hasta el final.

El héroe lucha en soledad aunque su causa sea la de muchos.

El héroe paga con su vida el desafiar los designios de un orden superior al que se ve irremediablemente subordinado. Se ubica entre la vida y la muerte, y es ahí desde donde hace lo que lo convierte en extraordinario.

Cuando todo está en su contra, hasta el tiempo, surge una voluntad inquebrantable de luchar por algo que va más allá de sí mismo.

Así, el héroe de carne y hueso logra la simpatía de casi todos los que saben de él, tal es la necesidad del ser humano de tener alguien a quien admirar. Un ejemplo.

La prueba de que de todo lo malo podemos sacar algo bueno es la existencia de los héroes.

Este fin de semana ha muerto Pablo Ráez, un chico de 20 años aquejado de leucemia, enfermedad contra la que luchaba desde hacía años.

Todos hablan de lucha, de heroicidad. Incluso los hay que discuten si se pueden usar estos términos.

No hay héroes universales, uno puede o no identificarse con una figura concreta y elevarla al nivel de símbolo. Lo que es indiscutible es el efecto que la decisión de Pablo ha tenido en muchos para animarlos a hacerse donantes de médula.

En algún momento de su sufrimiento ha logrado sobreponerse al miedo y al dolor y pensar en lo injusto que sería que otros como él pudieran vivir la situación que él estaba viviendo en ese momento. Este héroe ha necesitado 2 años para hacer lo que muchos no harían ni aun siendo inmortales. Buen viaje.