LA ROSA Y EL LIBRO:

Quien haya paseado aunque sólo sea una vez por Paseo de Gracia de Barcelona en el día de Sant Jordi estará de acuerdo conmigo en que esa ciudad es especial.

Cada 23 de Abril la ciudad amanece más temprano que cualquier otro día del año. Y no porque ya comiencen a alargarse los días con la llegada de la primavera, sino porque el aroma de las rosas va entrando sigilosamente por las ventanas de todas las casas de los habitantes de Barcelona antes que el sol. El aroma de las rosas y de los libros.

La casa-escultura Batllo se engalana para este día, sus balcones cubiertos de aquellas rosas que brotaron tras la muerte del dragón, enmarcado por su esqueleto y sus escamas de vivos colores, real-izando la historia de la joven y el príncipe,

No hay que ser muy observador para percatarse de que un día como ese nadie camina solo en toda la ciudad. No hay quien no vaya acompañado de una o más rosas en la mano.

Cuando veo algo así me pregunto para quién serán esas rosas, a dónde irán a parar, si son deseadas o no, qué deseo pueden tener escondido.

Y ¡qué decir de los libros! Muchos sólo se quedarán con su aroma, con su peso y suavidad al recibirlos, con sus colores o la dedicatoria que no puede faltar en un libro recibido en el día de Sant Jordi.

Para los pequeños podrá ser el primer libro de muchos que leerán en el futuro. Para los que no leen, una nueva oportunidad, la de sumergirse en una nueva aventura, conocer un personaje que les acompañe para siempre.

Extraña pareja la de la rosa y el libro. Unidos por la casualidad para no dejar a nadie solo.

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CUIDADORAS:

Esta mañana, cuando todavía estaba en ese extraño estado entre el sueño y la vigilia, han acudido a mi mente las mujeres que a lo largo de mi vida me han cuidado, a mi y a mi familia.

Cada etapa de mi vida la puedo enmarcar en función de la mujer que ayudaba en casa de mi familia. Mujeres de todas las edades, que con su juventud o con su experiencia, con  alegría o serenidad, con vitalidad o parsimonia, organizaban, ordenaban, cocinaban o mimaban. Claro que también educaban, con su trabajo diario, su puntualidad, sus atenciones, su cariño.

Hasta hace unos años, no tantos, todas ellas eran personas de origen local, de pueblos vecinos, que necesitaban trabajar para mantener a sus hijos, o chicas jóvenes que habían abandonado los estudios para trabajar.

Sin embargo, los últimos años, el perfil de las mujeres que nos han cuidado y ayudado es claramente otro. Guardo un profundo cariño, gratitud y respeto por aquellas mujeres que sin ser familia cuidaron de mi durante mi infancia.

Pero lo que siento por las cuidadoras que se prestan hoy en día es admiración. Chicas-mujeres solas en su gran mayoría, que la primera vez que tomaron un avión en su vida fue para cruzar un charco sin saber si iba a haber un retorno, directas a un porvenir incierto y arriesgado, muchas de ellas dejando a varios hijos a cargo de sus madres sin saber cuándo los iban a volver a ver, ni si eso ocurriría algún día. Pero lo más duro que veo en estas supermujeres es que vienen sin sueños, sólo con el propósito de malvivir y conseguir algo de dinero para enviar a su casa. Para mi, las heroínas del SXXI.

Quizás ahora me toca a mi cuidar de ellas, ¿no les parece?

INFIERNO:

Hace unos días que por un lado o por otro, por una causa u otra sale el tema del infierno a colación.

Se han publicado las supuestas declaraciones del Papa Francisco en que dice que “el infierno no existe”. Por supuesto que posteriormente el Vaticano las ha venido a desmentir, para alivio de muchos.

Digo alivio, sí, porque comentando la noticia con un amigo, éste me decía que eso era imposible, que el Papa no podía haber dicho eso, que esas declaraciones son absolutamente incendiarias. Me dice “¿imaginas que no existieran los jueces, ni las cárceles ni el castigo? Pues si el infierno no existiera sería lo mismo y tendríamos que volver a inventarlo, escribir un nuevo Testamento”.

La verdad es que yo siempre tuve más en cuenta la posibilidad del cielo que del infierno. El infierno me ha parecido el destino de los malos malísimos, de esos que uno no suele conocer en persona, algo muy lejano vaya.

Sin embargo todos tenemos nuestro particular infierno:la lesión de rodilla del deportista, la rotura de la caldera en invierno y del aire acondicionado en verano, la enfermedad de un ser querido, la tristeza del melancólico, el aburrimiento del parado, la errancia del refugiado, la vejez del amante de la vida, el cautiverio de un animal salvaje, la página en blanco del escritor, las butacas vacías del actor, el silencio del teléfono del adolescente, las críticas en el niño, la soledad de una tórtola… y ustedes dirán.

Ustedes dirán, cada cual sabe cuál es su infierno particular y claro, también su paraíso particular.

¡Ah! El Papa supuestamente también dijo que las almas no arden en el infierno eternamente! Menos mal que sólo arden por un tiempo..

DEBATES:

En los últimos años y con el incremento del uso de las redes sociales me voy enterando de la cantidad de debates que hay abiertos en torno a cualquier cosa. Cuando digo cualquier cosa es así: podemos debatir si algo es legal o ilegal, si se está a favor o en contra de los deberes escolares, si es bueno o malo comer carne, en qué cantidad, cuántas veces por semana, debatimos si la baja de paternidad es suficientemente larga, o de si Cristiano es mejor que Messi, debatimos sobre cualquier titular que da cualquier político o participante de reality show. Podría decir que actualmente hay debates abiertos sobre cualquier cosa que se te pueda ocurrir. Y faltos de palabras.

 

Se podría pensar que esto nos enriquece como sociedad, porque podemos expresar lo que pensamos o sentimos con libertad. Sin embargo, el núcleo del debate puede llegar a generar tantas opiniones y tal diversidad de barbaridades que uno puede quedar saturado, tan sobredosificado de puntos de vista que pierde la perspectiva propia o el criterio. En este punto, o bien uno se lanza a la piscina y vomita su opinión de forma visceral o cae en un estado de congelación. Sólo algunos poseen la lucidez que les permite decir algo rescatable, que merezca la pena. Esa opinión que a veces encontramos a mi personalmente me hace callar. Callar y profundizar, eso sí, fuera del debate, empujándome a saber más o a completar mi nueva opinión.

 

Pero llega un momento en que ya me siento harta!! Harta de escuchar tantas voces discordantes, que no se escuchan entre sí, que no avanzan hacia ningún lado, incapaces de llegar a un acuerdo. Entonces decido levantar la vista y seguir con mi vida, con la esperanza de que a alguien se le ocurra incluir “debate” como asignatura obligatoria en el colegio.