OCASO:

Acabo de hablar con una amiga y me ha dicho que ha conocido a alguien joven que paga el seguro Ocaso casi desde que nació.

Me he acordado de mi tía Socorro, una mujer viuda los últimos 20 años de vida que pagaba el mismo seguro.

Una tarde fui a verla a su casa. Era un apartamento de tres habitaciones pequeñas. Un lugar anticuado. Lo que sorprendía y hacía especial aquel lugar eran las contradicciones que allí encontrabas encarnados en sus objetos. Todo estaba siempre en el mismo lugar, cada cosa en Su lugar. Todo estaba impoluto y brillante ocupando su sitio en estanterías, mesillas y mesa camilla. A partir de mi primera comunión no se añadió ni se sustrajo ninguna de las fotos tras los mismos marcos, como si no hubiera ocurrido nada más desde aquel día en que me vistieron de blanco y las dos sonreímos a la cámara al mismo tiempo. Así como el tiempo parecía haberse detenido en ciertos objetos de broma infantiles o en su jarrón con flores de plástico, su pequeña terraza parecía en cada una de mis visitas una imagen distinta de una selva. Y en aquella selva siempre había un canario cantarín en su jaula, repartiendo alpiste en cada movimiento. En alguna ocasión también encontré algún pollito en su caja de cartón.

Pues bien, aquella tarde en que la fui a ver sonó el timbre de la puerta. En seguida ella dijo, “¡Uy! espera que es Ocaso que viene a cobrar”. La acompañé hasta la puerta y allí me encontré con un señor muy serio trajeado estilo funeraria. Mi tía lo saludó con confianza, como si lo conociera de toda la vida. Ella le dio varios billetes y él le dio un recibo. Al cerrar la puerta y ver mi cara de asombro ella me dijo: “estoy pagando mi entierro desde que tengo 35 años y este señor me da mucha confianza porque siempre viene muy puntual”.

Entonces entendí el porqué de las flores de plástico.

 

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LOS DIFERENTES:

¿Se puede vivir en un estado de asombro de por vida? ¿Ustedes qué creen?
He estado pensando sobre el tema y me he decantado por igualar el estado de asombro con la infancia. Llego incluso a creer que este estado es lo que hace a la infancia ser lo que es. En el momento en que uno cree saber algo, entenderlo, en ese momento lo diferente, lo que a uno lo sorprende tiende a rechazarlo.
En el momento en que una persona sale del estado de asombro pasa a encajar en la sociedad. El que no lo haga puede pasar a ser un incomprendido, un inadaptado, un fuera de sistema, llámenlo como quieran.
En mi época escolar,cuando la clase de filosofía estaba a punto de terminar, una compañera levantaba la mano. Era así cada día. Todos teníamos ganas de que la clase terminara, pero ella esperaba respetuosamente a que la profesora hubiera acabado de dar la lección y entonces la acribillaba a preguntas.
En ese tiempo ya casi ninguno de nosotros vivía en el asombro, de hecho creo que sólo ella lo hacía. Era diferente, se dejaba sorprender por las alegorías y teorías. Nadie lo entendía y provocaba rechazo. Decíamos que alargaba mucho la clase, pero ahora se que esa no era la razón.
Veo en los padres cierto alivio cuando uno de sus hijos pasa a ese segundo estado, todo parece más liviano, más fácil pero también más triste. Por eso muchos adultos se adhieren a esa nueva moda de reencontrar la felicidad, salir de la ya famosa “zona de confort”, que no es otra cosa que volver al estado de asombro, de curiosidad, de deseo, de ganas. De ganas de ser sorprendido.