ZONA DE CONFORT:

Quien se disponga a leer esta columna ha escuchado al menos una vez el término tan de moda últimamente “zona de confort”.

La zona de confort es ese estado mental “en el que nos encontramos aposentados con placidez y tranquilidad, donde controlamos prácticamente todo lo que ocurre a nuestro alrededor, nos sentimos seguros  y conocemos cada centímetro de este confortable territorio”.

En ocasiones puedo ser algo estricta con mis opiniones, pero éste término no sólo no me gusta nada, sino que me parece que no existe en la vida real.

Lo digo porque no he visto nunca a nadie que esté “aposentado con placidez y tranquilidad” y que quiera cambiar de estado. Además, el que diga que lo está y que se quiere mover de su zona de confort, ¿cuál es su motivación si se puede saber? El término es contradictorio en sí mismo. Y si no lo es, entonces sí lo es el que haya tanta gente y profesiones que se dedican a “mover” a gente de ésta llamada zona de confort. Creo que hay algo que no entiendo de todo esto.

Si uno está confortable y tranquilo ¿porqué habría de moverse siendo tan difícil llegar a ese estado?

¿Porqué ese afán por hacer que la gente haga lo que otro quiere si esa persona no siente la necesidad de hacerlo?

Ultimamente veo a mucho pollo sin cabeza, que se mueve por lo que le venden y no como respuesta a una motivación o necesidad propia.

Como aquel que compró un vuelo a Londres porque estaba muy barato y “porque hay que viajar y conocer mundo”, olvidándose de la angustia que le daba alejarse de su casa. Conoció el aeropuerto de Londres, su maravilloso hotel de Londres, de cuya habitación no pudo salir y por supuesto la enfermería del aeropuerto que le proporcionó su pastillita para poder embarcar de vuelta a su zona de confort, de donde no debería haberse movido todavía.

 

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OCASO:

Acabo de hablar con una amiga y me ha dicho que ha conocido a alguien joven que paga el seguro Ocaso casi desde que nació.

Me he acordado de mi tía Socorro, una mujer viuda los últimos 20 años de vida que pagaba el mismo seguro.

Una tarde fui a verla a su casa. Era un apartamento de tres habitaciones pequeñas. Un lugar anticuado. Lo que sorprendía y hacía especial aquel lugar eran las contradicciones que allí encontrabas encarnados en sus objetos. Todo estaba siempre en el mismo lugar, cada cosa en Su lugar. Todo estaba impoluto y brillante ocupando su sitio en estanterías, mesillas y mesa camilla. A partir de mi primera comunión no se añadió ni se sustrajo ninguna de las fotos tras los mismos marcos, como si no hubiera ocurrido nada más desde aquel día en que me vistieron de blanco y las dos sonreímos a la cámara al mismo tiempo. Así como el tiempo parecía haberse detenido en ciertos objetos de broma infantiles o en su jarrón con flores de plástico, su pequeña terraza parecía en cada una de mis visitas una imagen distinta de una selva. Y en aquella selva siempre había un canario cantarín en su jaula, repartiendo alpiste en cada movimiento. En alguna ocasión también encontré algún pollito en su caja de cartón.

Pues bien, aquella tarde en que la fui a ver sonó el timbre de la puerta. En seguida ella dijo, “¡Uy! espera que es Ocaso que viene a cobrar”. La acompañé hasta la puerta y allí me encontré con un señor muy serio trajeado estilo funeraria. Mi tía lo saludó con confianza, como si lo conociera de toda la vida. Ella le dio varios billetes y él le dio un recibo. Al cerrar la puerta y ver mi cara de asombro ella me dijo: “estoy pagando mi entierro desde que tengo 35 años y este señor me da mucha confianza porque siempre viene muy puntual”.

Entonces entendí el porqué de las flores de plástico.

 

LOS DIFERENTES:

¿Se puede vivir en un estado de asombro de por vida? ¿Ustedes qué creen?
He estado pensando sobre el tema y me he decantado por igualar el estado de asombro con la infancia. Llego incluso a creer que este estado es lo que hace a la infancia ser lo que es. En el momento en que uno cree saber algo, entenderlo, en ese momento lo diferente, lo que a uno lo sorprende tiende a rechazarlo.
En el momento en que una persona sale del estado de asombro pasa a encajar en la sociedad. El que no lo haga puede pasar a ser un incomprendido, un inadaptado, un fuera de sistema, llámenlo como quieran.
En mi época escolar,cuando la clase de filosofía estaba a punto de terminar, una compañera levantaba la mano. Era así cada día. Todos teníamos ganas de que la clase terminara, pero ella esperaba respetuosamente a que la profesora hubiera acabado de dar la lección y entonces la acribillaba a preguntas.
En ese tiempo ya casi ninguno de nosotros vivía en el asombro, de hecho creo que sólo ella lo hacía. Era diferente, se dejaba sorprender por las alegorías y teorías. Nadie lo entendía y provocaba rechazo. Decíamos que alargaba mucho la clase, pero ahora se que esa no era la razón.
Veo en los padres cierto alivio cuando uno de sus hijos pasa a ese segundo estado, todo parece más liviano, más fácil pero también más triste. Por eso muchos adultos se adhieren a esa nueva moda de reencontrar la felicidad, salir de la ya famosa “zona de confort”, que no es otra cosa que volver al estado de asombro, de curiosidad, de deseo, de ganas. De ganas de ser sorprendido.

LLUVIA:

Vivimos en una zona donde a la lluvia le gusta caer. Seguro que hay explicaciones científicas al porqué de la inmensa cantidad de agua que cae de nuestro cielo, pero yo estoy elaborando una nueva teoría. He observado que los días húmedos como estos, la gente llora menos, todo parece muy gris, pero parece que dentro de cada uno de los que escucho no está tan negro en contraste con el exterior.

Cuando llueve, algunos intentan encontrar lo bueno que les ha pasado, que han pensado o que tienen. Es como si apreciaran mejor ciertas cosas que en otros momentos les pasan desapercibidas.

He leído un poema de Borges que dice que “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Él nunca vivió en Donosti, pero entiendo que la lluvia caída ya no es lluvia.

Y de esta manera la lluvia parece limpiarnos, ayudarnos a pasar página, obligarnos a no salir a la calle más de lo estrictamente necesario. Y en ese tiempo que esperamos a que escampe, aún a sabiendas de que no lo hará, que podemos dedicarnos a lo que siempre dejamos para mañana, a la lectura de un buen libro, a escuchar lo que nos dice quien tenemos al lado: que si a él le gusta el olor que deja, que si relaja mirarla cuando cae, que si limpia el ambiente, que le gusta que moje su cara mientras sale a correr. También puedes escuchar que la lluvia le deprime, aunque yo suelo responder que no le eche la culpa a la lluvia.

Hay distintos tipos de lluvia claro, la silenciosa, la bienvenida, la espontánea y la lluvia sorpresa. Pero para terminar está la lluvia total, la que viene de todas direcciones, que trepa en vez de caer, y esa es la lluvia de Donosti.

LLUVIA:

Vivimos en una zona donde a la lluvia le gusta caer. Seguro que hay explicaciones científicas al porqué de la inmensa cantidad de agua que cae de nuestro cielo, pero yo estoy elaborando una nueva teoría. He observado que los días húmedos como estos, la gente llora menos, todo parece muy gris, pero parece que dentro de cada uno de los que escucho no está tan negro en contraste con el exterior.

Cuando llueve, algunos intentan encontrar lo bueno que les ha pasado, que han pensado o que tienen. Es como si apreciaran mejor ciertas cosas que en otros momentos les pasan desapercibidas.

He leído un poema de Borges que dice que “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado”. Él nunca vivió en Donosti, pero entiendo que la lluvia caída ya no es lluvia.

Y de esta manera la lluvia parece limpiarnos, ayudarnos a pasar página, obligarnos a no salir a la calle más de lo estrictamente necesario. Y en ese tiempo que esperamos a que escampe, aún a sabiendas de que no lo hará, que podemos dedicarnos a lo que siempre dejamos para mañana, a la lectura de un buen libro, a escuchar lo que nos dice quien tenemos al lado: que si a él le gusta el olor que deja, que si relaja mirarla cuando cae, que si limpia el ambiente, que le gusta que moje su cara mientras sale a correr. También puedes escuchar que la lluvia le deprime, aunque yo suelo responder que no le eche la culpa a la lluvia.

Hay distintos tipos de lluvia claro, la silenciosa, la bienvenida, la espontánea y la lluvia sorpresa. Pero para terminar está la lluvia total, la que viene de todas direcciones, que trepa en vez de caer, y esa es la lluvia de Donosti.