JUBILACIÓN:

Si su despertador sonó aquella mañana a la misma hora en que lo había hecho los últimos 40 años fue porque era el primero de su pérdida de memoria. Sí, aquel día iba a comenzar a olvidar quién había sido durante tantos años. Y había olvidado apagarlo.

Comenzaba a olvidar, pero también recordaba que nadie le esperaba en ninguna parte. Cambió de postura y se acomodó para continuar durmiendo como nunca lo había hecho.

La sorpresa llegó desde la cocina unos minutos más tarde, cuando el olor a café recién hecho penetró en su habitación.

Abrió levemente un ojo y vio los árboles que ya dejaban pasar unos rayos de luz que llegaban a su cama. Entonces pensó en quien acababa de preparar el café que durante años había preparado él.

Cuando tomó la decisión de casarse hacía ya 43 años, lo hizo apoyado por el deseo de compartir su vida con aquella muchacha que lo hacía sentirse tan vivo. Ahora pensó que en aquel momento no sabía que aquel deseo iba a tardar tanto en llegar. Los dos llevaban mucho tiempo dejando pasar aquellos momentos y dejándolo para más adelante.

Sonrió para sus adentros, había llegado su primer día de casado, ella le preparaba el café y él le prepararía unas tostadas con miel. Por eso, y con una sonrisa en la boca, dio un salto y se acercó apresuradamente a buscar a su chica, aquella con la que pasaría el resto de su vida haciendo lo que una vez soñaron que harían.

Desayunaron leyendo el periódico en la tablet, recogieron lo que les apeteció y salieron de casa rumbo a las montañas. Los dos cargaban una mochila en los hombros y vestían una sonrisa en la cara.

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24 HORAS:

Se acercan las 24 horas de la bacanal donostiarra, la fiesta de nuestra ciudad.

Casualmente leía hoy la noticia de la performance “Mount Olympus” de Jan Fabre. Para los que no hayan leído nada acerca de ella, se trata de una puesta en escena que dura 24 horas, donde el autor quiere lograr la comunión entre actor y espectador que les lleve a la catarsis. Para ello se sirve de diferentes tragedias griegas, todo con el fin de que el espectador tome conciencia de su propia tragedia. Sin duda, una experiencia que pocos podrán disfrutar ya que el espectáculo ya se ha celebrado en Madrid y con 800 espectadores.

Testigos de la obra la califican como “abrumadora, inolvidable, onírica, que te lleva al extremo, impactante, experiencia única”.

Salvando las distancias, me atrevo a decir que el día de La Tamborrada también es una performance ininterrumpida de 24 horas, donde el clamor de los tambores no descansa en lo que dura el día. Y no sólo eso, sino que comienza 15 días antes con los ensayos que se dejan escuchar por  distintos rincones de la ciudad anunciando su llegada.

Para algunos es una bacanal, para otros un sentimiento, un volver a su tierra.

Yo lo interpreto como la necesidad que tiene el donostiarra de expresar el orgullo de sus raíces, la necesidad de aunque sea por un día, estar de acuerdo todos en algo, en la misma cosa.

Al contrario de lo que ocurrió en Mount Olympus, Donosti comienza por la catarsis en la Plaza de la Constitución y dura 24 horas.

24 horas que hacen olvidar los problemas de cada quién para simplemente tocar el tambor y cantar junto a los demás. Que no es poco.

VIRUS:

No recuerdo haber dado nunca tan pocos besos en las fiestas de Navidad.

Las vacaciones comenzaron con varios virus diferentes en mi casa. La única que se libró fui yo que, como buena madre de familia permanecí sana, aunque las fiebres, toses, mocos y vómitos me acompañaran desde el comienzo.

El encuentro con parte de la familia iba precedido por la frase “no me beses que estoy acatarradísimo” y acompañado por el gesto de “un paso atrás”, como si la peste estuviera entre nosotros. Les digo que esto ha sido así en más de diez encuentros, ¿a ustedes les ha pasado? ¿o han sido de los que no han querido besar?

¡Supongo que este “no dar besos” ha evitado un montón de contagios! Si no es así, ¡qué pena haberme perdido tantos besos y abrazos, apretones de manos, golpes cómplices en los hombros! De paso diré que no creo que se haya evitado nada, porque una tras otra, han ido cayendo todas las familias, si no es una gripe es una gastroenteritis.

Si bien es cierto que el muro de metacrilato levantado por el batallón de virus no nos ha dejado tocarnos demasiado, tampoco ha conseguido que no nos juntemos, que no hayamos hablado, que no nos hayamos reído y empachado. También contagiado.

Para la próxima Navidad les recomiendo taparse la boca cuando tosan, lavarse las manos frecuentemente, pero sobre todo armarse de todo tipo de medicamentos que les hagan sobrellevar esos días de excesos.

No quiero olvidarme de esos virus que no necesitan de la cercanía o el contacto para transmitirse y que en ocasiones son igual de perjudiciales para todos. Aún a distancia.