NO:

Sé que no soy la única agobiada por el bombardeo del consumismo.

Tenemos ahora mismo una lucha terrible por la territorialidad, una llamada a proteger la cultura, sea la catalana, la vasca, la andaluza, la gallega, sea la que sea.

Pero no paramos de comprar todas las tradiciones que vienen del otro lado del océano. Esas que sentimos vacías, las que no podemos explicar a nuestros pequeños, esas que sólo se ciñen al gastar gastar y gastar. Engullir. Dos ejemplos a los que estoy haciendo referencia claramente: Halloween y Black Friday.

En el primero ahora resulta que hay que decorar la casa con objetos tétricos y de color naranja y acompañar a nuestros hijos de puerta en puerta ya que no los podemos dejar ir solos ni a la vuelta de la esquina, para pedir chucherías. ¿alguien, sabiendo que los niños tocarían su puerta, les dijo que no? ¿hubo truco? ¿Sólo se permite el trato? Si me das chuches me voy y te dejo tranquilo y sino, y sino… nada. Es el sí o sí a los niños. Tú vas, cantas una canción desentonada y te dan chuches, así de fácil. Como todo a lo que estamos acostumbrando a nuestros hijos. Todo hecho. ¿que porqué? Ah! Es que es Halloween.

Lo del Black Friday ya es otro asunto. Compra todo lo que puedas porque es más barato, aunque no lo necesites, aunque no lo hubieras comprado en otras circunstancias. Porque todos entran, porque todos tienen, porque es más barato, porque tienes tiempo, porque tienes dinero, porque pronto es Navidad, porque te lo ofrecen y no quieres decir NO.

Así que no queremos decir no. A no ser que ese NO venga del otro lado del Océano, claro.

Anuncios

UNA CADA OCHO HORAS:

En España se denuncia una violación cada ocho horas. No sé si la ocurrida en San Fermines el año pasado cuenta como una o como cinco.

Hace un tiempo una mujer me explicó cómo un hombre la violó.

No sabe cuánto tiempo duró, pero recuerda que cuando ella ya no podía más, no tenía fuerzas para seguir consciente comenzó a hablar a su violador, susurrando. Sólo dos palabras repetidas una y otra vez, una y otra vez salían de su boca sin descanso. Las dos palabras eran “te perdono”. El violador paró y se fue sin mediar palabra, sólo mirada. La dejó tirada y herida, ya sola. Aquel violador resultó tener siempre el mismo modus operandi, fue detenido y cumplió varias décadas de cárcel. Aquel monstruo que violó a más de 30 mujeres que se sepa, sabía que estaba haciendo algo malo, por eso paró cuando ella le dijo ”te perdono”. No por eso es menos peligroso.

¿Qué pasa con La Manada? No sólo se mofan y divierten con su delito vía mensajitos, sino que se defienden con uñas y dientes como si no supieran qué hicieron mal.

La engañaron, la violaron, le robaron y la dejaron tirada. Y encima se defienden con sucias argucias a base de talonario. ¿Cuántas veces habrían hecho lo mismo anteriormente? ¿juntos o separados? ¿Tal era la aceptación de su entorno que se creían inmunes?

No sé a qué conclusión llegar con estos tipejos, lo que sí tengo claro es que son más peligrosos que cualquier perverso solitario porque se creen manada, se saben manada, confían en que muchos de su grupo los defenderán.

Y lo peor es que tienen razón. La manada los tapará a ellos como se ha hecho siempre con otros. Paremos a la manada, ¿no les parece?

SIN ESCRÚPULOS:

Hasta hoy no sabía que la palabra“escrúpulo” hace también referencia a una minúscula piedrita en el zapato. Esa china que en ocasiones hace que nos detengamos, para empujarla con un dedo hacia otra parte del pie donde no nos moleste tanto o para descalzarnos y sacarla.

Hoy he atendido a una persona en la consulta a la que tengo mucho cariño y me ha hablado de su escrupulosidad y de cómo eso le hace sufrir en ocasiones.

Me he quedado todo el día amarrada a esta palabra, pero como tenía trabajo, el día ha ido avanzando como si yo misma tuviese una piedra en mi zapato, obstaculizando la fluidez de mis tareas. Finalmente me he detenido y me he dicho, ¿pero qué pasa con esta palabra? Hacía tiempo que no me la tomaba en serio, quizás como tantos otros últimamente, para darme cuenta de que no se me iba de la cabeza por la falta de escrúpulos que veo últimamente en todas partes. Desde el detalle más nimio como puede ser tirar basura al suelo o no recoger la caca de tu perro, como la falta de escrúpulos de la gente en las redes sociales (que dicen lo que les apetece pareciera que por descargarse) o la que de forma exagerada muestran muchos a la hora de robar, mentir o  manipular. Porque la falta de escrúpulos se manifiesta en su forma más cruda cuando se hace evidente que el que hace la acción le dan igual las consecuencias y aquellos a quienes les afectan.

Lo que me queda claro es que los que tienen escrúpulos piensan en lo que para ellos esta bien o mal y son consecuentes con eso hacia sí mismos y hacia el otro. Los que no tienen escrúpulos ni siquiera piensan en que hay un otro. Por eso generalmente tampoco tienen vergüenza.

EL RADAR:

Hace unos días volvía de viaje por una carretera francesa, ya conocida por mi. Es una vía que surca un paisaje montañoso y que atraviesa diversos pueblos casi deshabitados, poco luminosos por la sombra de las montañas, inhóspitos, fríos y húmedos. Siempre que paso por allí me pregunto quién vive en un lugar donde no da el sol en todo el día porque se esconde tras las montañas que lo rodean, donde pasan coches sin cesar pero ninguno para. Nunca he visto a un vecino pasear por sus angostas aceras ni a un niño correr por sus jardines o prados. Hay carteles donde dicen vender pan o ceps pero nunca vi una tienda abierta. Es una zona donde las señales alertando de la presencia de ciervos se repite cada 500 metros, como si fueran los únicos habitantes del paraje.

De repente un flash golpea mis ojos sin llegar a cegarme y freno bruscamente, ya tarde porque el radar ha fotografiado mi velocidad. Después de maldecir varias veces a mi pie y su gusto por pisar fuerte me digno a mirar a mi alrededor. Esta vez a la velocidad permitida, veo una casa preciosa que queda a mi izquierda. Es más bien un caserón, de gran tamaño, construida en piedra gris de principios del siglo pasado. Está rodeada de un bonito jardín que un camino adoquines divide en dos. Es un camino que va desde mi carretera hasta la misma puerta de la casa.

¿A quién se le ocurrió construir esa casa tan bonita en un lugar tan frío como este? Entonces pienso en el radar que me acaba de fotografiar y me convenzo de que por mucho que me fastidie la multa que voy a tener que pagar, justifica el haber visto la casa.

Ahora sólo me queda ver la expresión de mi cara en la foto y detenerme a ver la casa en mi próximo paso por aquel pueblo.