¿SERÁ SOLAMENTE UNA PALABRA?

Les voy a confesar algo: en una ocasión conocí la libertad .

Fue cuestión de días, algún mes quizás, todo a mi alrededor parecía ir mal, pero yo me sentía mejor que nunca. Me enfrentaba a un problema de salud. Tenía miedo, pero sabía que tenía también la oportunidad de  tomar las riendas de mi futuro, me sentía libre para elegir, libre de verdad a pesar y gracias a que tenía un límite real. Esa libertad me exigía ciertos cambios. Mis límites se alejaron de repente, vi claro que los obstáculos que me había puesto hasta ese momento no existían sino en mi cabeza. El miedo seguía allí porque tenía que decidir muchas cosas. Tenía que dejar casi todo atrás, pero yo me responsabilizaba de aquello, sabía que nada iba a hacer que diera marcha atrás, quise darme la oportunidad de que mi vida dependiera sólo de mi. Claro que esto sólo lo puedes hacer en determinados momentos de la vida.

Ayer le pregunté a uno de mis hijos qué era la libertad para él y me dijo algo muy bonito:

“Para mí la libertad es hacer lo que me apetece pero sin pasarme. Por ejemplo, estoy en casa, cojo el balón, empiezo a jugar a futbol en el salón y decido bajar al porche a seguir jugando más tranquilo”.

Tengo que decir que en casa no está permitido jugar con el balón…

Creo que estarán de acuerdo conmigo en que sin la norma, en este caso la prohibición del balón en casa, no hay sentimiento de libertad.

Como dice Andrés Calamaro, “¿será solamente una palabra? La hermana hermosa, la libertad”.

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SU SEGUNDO DÍA

En aquella familia nadie paró de hablar del primer día de colegio de la princesa de la casa en todo el verano.

Había opiniones de todo tipo: unos decían que con lo espabilada que era no tendría ningún problema, otros que con lo mimada que había estado hasta aquel momento, el encontronazo sería terrible. Todos parecían estar de acuerdo en que era lo mejor para ella y que lo pasaría genial.

Sólo había una persona en aquella casa que no decía nada, era la madre de la princesa, que alegremente contestaba al teléfono una llamada tras otra al fin de aquel primer día de colegio.

“Se quedó feliz haciendo un puzle”, “le encantó la clase llena de colores y juguetes nuevos”, “ni siquiera nos miró cuando fuimos a despedirnos”, “pintaba con una mano mientras abrazaba a su osito”. Había sido un primer día para el recuerdo,  ese día del que hablarán cuando la princesa haya crecido y pregunte, cuando vea las fotos en las que sale junto a sus hermanos, todos estrenando zapatos, ella también vestido.

Pero la princesa de la casa sospechaba algo, y esa sospecha se reflejaba en esas fotos en las que casi se puede oler la colonia de bebes con la que peinaron a todos aquella mañana. Levanta la ceja levemente, preguntándose si todos los días serían así, con sus padres y sus hermanos acompañándola e invitándola a entrar en clase a saludar a sus nuevos compañeros. Su sonrisa era contenida, y no se mantuvo mucho tiempo.

Y es que el segundo día ya no estrenaba vestido, no la acompañaron sus hermanos, nadie le sacó una foto.

Su segundo día fue de lágrimas, de la princesa y de su madre.

ESTE HILO

Durante mis vacaciones asistí con una mezcla de estupefacción y de curiosidad a un nuevo fenómeno que se dio en la red social Twitter cuando un humorista, a base de tuits narraba una historia ficticia que duró todo un fin de semana. Los seguidores aumentaron, los retuits y menciones se dispararon creando un fenómeno sin precedentes en nuestro país. El autor se llama Manuel Bartual y tuvo en vilo a miles de usuarios con el “hilo” en el que contaba el encuentro con su doble mientras trataba de disfrutar de unas vacaciones familiares. Mientras leía los tuits, me fui entusiasmando porque creía estar asistiendo a la creación de una nueva forma literaria. La gente lee y ¡quiere seguir haciéndolo! Pensé. Me encantó el nombre dado, “hilo”. En seguida pensé en el Hilo de Ariadna y en cómo la idea del hilo dio la libertad a una nación aunque dejó en la estacada a aquella que supo cómo hacer salir con vida del laberinto a su amado. Pensé que eso era sólo el comienzo, que enseguida comenzarían a circular miles de hilos y que alguno se salvaría y saldría triunfante del laberinto en que se puede convertir Twitter.

Días después me encontré con el tuit de una conocida periodista que retuiteaba el de otro periodista de moda donde decía “Este hilo”. Cuál no fue mi sorpresa cuando al querer leer el hilo al que hacían referencia, se creaba una cadena o hilo cuyo único contenido era “este hilo”. No había contenido, uno podía ir saltando de un amiguete a otro a través de sus retuits con la única finalidad de consumir perfiles. Entonces me acordé de la mujer de Lot, aquella que se saltó la prohibición de mirar atrás y se convirtió en una estatua de sal.

Quizás la gente no quiere leer, sólo tener seguidores y retuits en Twitter.