CARTA:

Amiga, esta vez te contaré una historia verídica, ya que mis días transcurren sin novedades por ahora.

Es la historia de un árbol, el más especial del jardín de una casa familiar. Está rodeado de otros de su especie, pero éste tiene una característica única: a dos metros del suelo se divide en dos. Es un reparto muy desigual porque la parte que en algún momento de su historia decidió separarse toma la apariencia de un árbol lejano que se ve borroso y pequeño por la distancia, parece un bonsay.

Tiene la particularidad de que la parte que crece con normalidad, pesa lo mismo que el “árbol lejano”. Es difícil ver la miniatura. En un primer vistazo, quien lo observa, cae en el error de pensar que ha crecido ladeado, inclinado hacia el suelo.

Sin embargo, aquel que lo observa de cerca se da cuenta del peso del pequeño bonsay cuando lo ve por primera vez. Ese arbolito tiene la vida de todo el árbol en su savia, aunque éste no lo sabe.

Sólo los pájaros, las orugas y las plagas lo saben, que se acercan a él con respeto, y lo molestan cuando van de paso, gustosos de saludarlo.

En cierta ocasión, un niño invitado a la casa familiar, tuvo el buen ojo de verlo y la mala idea de escalar el grueso tronco y acercarse bruscamente al bonsay,. La mala idea quiso que el pequeño borrón se quebrara por su base, quedando pendiente de un hilo sin que nadie de la casa se percatara de la tragedia. Nadie reparó en lo ocurrido como nadie reparaba en su importancia hasta que por la mañana temprano, después de una noche agónica para el gran árbol, comenzaron a llegar cientos de aves de todos los lugares. Unas levantaban el pesado peso del bonsay mientras las demás iban haciendo lo que después se supo era un nido. El único nido que ha habitado y habitará nunca ese árbol.

Te quiere, María.

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SU PRIMER VESTIDO:

Había decidido ponerse un vestido para la fiesta de fin de curso.

Esto no tendría nada de extraño si no llega a ser porque él era un chico.

Tanto que le había costado tomar la decisión, y una vez tomada se dio cuenta de que lo difícil ya había pasado, se había estado disfrazando cada día de su vida. Ese viernes se iba a presentar tal como era, tal como se había sentido siempre.

Cuando le contó a su madre cuál era su intención y le pidió por favor que le comprara un vestido, sus ojos se llenaron de lágrimas, se puso en pie de un salto tan repentino que la silla en la que estaba sentada cayó al suelo. Salió corriendo por el pasillo hasta su habitación y menos de un minuto después aparecía lista para salir de tiendas. Se había pintado los labios de rojo, como se los pintaba para las ocasiones especiales. También se había puesto ese vestido que tanto le favorecía. Aquella era una ocasión muy especial.

El resto del día fue como un sueño en el que volaba subido a una nube junto a su madre orgullosa y sonriente. Se movían elevados los dos a un palmo del suelo, con pasos certeros y con una convicción tan firme que no hubo lugar a la duda.

Eligió un vestido negro y largo, ceñido a su cuerpo esbelto. Lo acompañó con unos tacones bajitos, le faltaba práctica y no quería que le estropearan la noche.

Tal y como él mismo explicó un tiempo después, la cara de su padre al verlo arreglado fue un poema. Incredulidad y extrañeza en un primer momento que dio paso a un escrutinio minucioso de los detalles del vestido, rodeándolo lentamente con sus pasos y su atenta mirada.

El abrazo que le dió fue comparable al de hacía ya 18 años, el día en que lo vio por primera vez en aquella clínica que ya no existe.

UNA LLAMADA:

Cuando sonó el teléfono estaba preparada para contestar de forma seca y cortante. Pensaba que sería algún comercial que trataba de venderme una conexión a Internet.

En su lugar escuché una tormenta lejana,el sonido de la lluvia, también el caer del sol, el rugir de una ola al romper en alguna orilla, el piar de un pájaro, el eco de un animal salvaje, unos pies descalzos caminando por un bosque, el llanto de un bebé junto al canto de una nana, el chapoteo de un pez tratando de subir un río. Todo ello envuelto en el fino sonido del viento.

Escuchaba tratando de entender qué era aquello, expectante ante la esperanza de un mensaje más claro, esperando la voz que me dijera de qué trataba. Pero era demasiado real, no parecía una campaña de marketing. El decir no llegaba y los sonidos se sucedían uno tras otro.

Cuando llevaba un buen rato al teléfono me percaté de que hacía mucho que no escuchaba aquello sin ser interrumpido por cualquiera de las máquinas que los humanos hemos inventado y construido. Esos aparatos que nos han hecho la vida más fácil, que nos han ayudado a conocer más lugares de los que podíamos imaginar, que nos han solucionado tantos problemas, que han alimentado nuestra curiosidad. Eso que “necesitamos” sin remedio. Y mientras pensaba esto, escuché claramente, sí, estoy segura de que lo escuché: “O esto o lo otro”.

No puedo elegir, pensé, y dudé, ¡claro que dudé! ¿No habrá dicho “no esto sin lo otro”? O quizás ¿“Sin esto no lo noto”?

No sé quién llamó, creo que fue Ella, La Tierra. Pero sé que no podemos seguir escuchando el silencio del bosque o el rugir de las olas, no podemos respirar la brisa del océano o el frío de las montañas si seguimos “necesitando” todo lo que usamos sin cuidar el lugar en el que estamos.