Héroes

Para ser un héroe no hay que estar muerto.

Un héroe es un solitario que se sale de lo común, es aquel que persigue lo que se ha propuesto o lo que ha decidido, asumiendo su responsabilidad.

No renuncia, no cede en su deseo, no se acobarda y llega hasta el final.

El héroe lucha en soledad aunque su causa sea la de muchos.

El héroe paga con su vida el desafiar los designios de un orden superior al que se ve irremediablemente subordinado. Se ubica entre la vida y la muerte, y es ahí desde donde hace lo que lo convierte en extraordinario.

Cuando todo está en su contra, hasta el tiempo, surge una voluntad inquebrantable de luchar por algo que va más allá de sí mismo.

Así, el héroe de carne y hueso logra la simpatía de casi todos los que saben de él, tal es la necesidad del ser humano de tener alguien a quien admirar. Un ejemplo.

La prueba de que de todo lo malo podemos sacar algo bueno es la existencia de los héroes.

Este fin de semana ha muerto Pablo Ráez, un chico de 20 años aquejado de leucemia, enfermedad contra la que luchaba desde hacía años.

Todos hablan de lucha, de heroicidad. Incluso los hay que discuten si se pueden usar estos términos.

No hay héroes universales, uno puede o no identificarse con una figura concreta y elevarla al nivel de símbolo. Lo que es indiscutible es el efecto que la decisión de Pablo ha tenido en muchos para animarlos a hacerse donantes de médula.

En algún momento de su sufrimiento ha logrado sobreponerse al miedo y al dolor y pensar en lo injusto que sería que otros como él pudieran vivir la situación que él estaba viviendo en ese momento. Este héroe ha necesitado 2 años para hacer lo que muchos no harían ni aun siendo inmortales. Buen viaje.

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El Tomate

Me gustan los lunes. A pesar de tener ese color grisáceo, es un gris luminoso. Es una muestra del presente muy clara para mi. Tengo cinco días por delante para organizarme, cumplir con deseos y obligaciones, con retos. Los lunes me muestran los objetivos que me he puesto en el pasado, lo poco que me puede faltar para conseguir algunos de ellos, lo mucho que me falta para llegar a otros y cómo no, para plantearme los futuros.
Hoy es lunes. Camino tranquila hacia mi despacho y mi mirada se detiene en un tomate tirado en la acera. Se ha caído de una caja repleta de tomates a las puertas de una verdulería. Pero mis pasos no se detienen, y me tengo que girar a medida que me alejo para poder seguir observándolo. Ese tomate no tiene nada de especial. Cuesta pocos céntimos y nadie lo recoge. Nadie lo coge. Sólo es un tomate, además golpeado en su caída de la caja.
Algunos nunca lo han probado. Otros nunca lo probarán. Pero éste está golpeado, aquí ya no sirve.

Y me acuerdo de la noticia del fin de semana, la absolución de la infanta, de quien todo el mundo opina, y cada opinión es un golpe al tomate, porque parece que las opiniones tienen más peso que la investigación y la conclusión a la que han llegado los jueces después de meses de deliberación y años de instrucción.

Pienso en aquellos que se dejan la vida por venir a un mundo en que un tomate no vale nada. En aquellos que creen que puede ser algo bueno vivir en un mundo cegado a lo evidente, un mundo que no ve las semillas del tomate.

Pienso en que ese tomate es el reflejo de lo que a cualquiera de nosotros nos puede pasar. Caernos de nuestro mundo, encontrarnos fuera lugar y sólo por eso perder todo nuestro valor, perder nuestro potencial porque nadie quiere mirar un poco más abajo de la caja. Vuelvo sobre mis pasos y recojo el tomate, esta vez ya en la calzada a punto de ser aplastado por las ruedas de un autobús.

Que sea pequeño

La ficción pone sus propias condiciones. Hay cosas que no se pueden creer aunque uno lo intente, y doy fé de que lo intento.

Hay padres que han regalado espadas de Star Wars a sus hijos de parte del Ratoncito Pérez.

¿Alguno de los lectores se imagina al Ratoncito Pérez cargando una espada láser de Star Wars?

Yo imagino a Papá Noel con ella, volando por el cielo de medio mundo, su filo saliendo de uno de los sacos atestados de regalos, brillando en la oscuridad. A los Reyes Magos, la espada colgada de una de sus alforjas, balanceándose al paso lento de los camellos cubierta de una fina capa de arena del desierto. Imagino al Olentzero, enganchando la espada en su cinturón, creyéndose Luke por una noche, iluminando su escarpado camino en el descenso.

Pero no puedo imaginar al Ratoncito Pérez tirando de la espada con un esfuerzo imposible por las calles de la ciudad en mitad de la noche, ¿cómo haría para subir hasta un cuarto piso él sólo? ¿Hacer eso cada día del año?

Lo imagino rápido, escurridizo y sigiloso,con una mochila de explorador a sus espaldas, expectante ante ese nuevo niño que va a conocer y al que procurará no despertar mientras deposita su pequeño regalo bajo la almohada. Ese regalo que simboliza algo por lo que cualquier niño pasa, la caída de un diente, y que le ayudará a desprenderse de él con algo menos de sospecha.

A los niños les cuesta desprenderse de las cosas, también separarse o alejarse de las personas, y la visita del Ratoncito los ayuda a que ese paso sea algo gratificante, más suave que por ejemplo la ausencia de su madre o de su padre, menos evidente que despedirse de su chupete.

Padres del mundo por favor, regalos pequeños para el Ratoncito.

Virtual

Hace algunos días, mientras estaba escribiendo un “whatsapp”, me di cuenta de que la aplicación te sugiere un emoticono, un dibujito, para cada palabra que escribes.

En un primer momento me hizo gracia, porque no soy de las que los usa, y pensé que facilita mucho la escritura. Pero algo quedó resonando en mi cabeza. Tanto resonaba que finalmente escuché al eco. Y pensé.

Mis costumbres están cambiando, eso no tiene nada malo, hago menos llamadas que nunca, también escribo más mensajes que nunca. Pero, ¿me acercan más los mensajes a la gente? No, aunque facilitan mi comunicación con ellos. Si es cierto que facilitan la comunicación, también lo es que no profundizo tanto en ellas, que ya no escucho el tono de voz, su velocidad, los ruidos de fondo… Pero vaya, existen las videollamadas que parece que estuvieras ahí con la otra persona, pero no lo estás.

Todo esto me pasaba por la cabeza al ver el dibujito de una explosión en mi barra de escritura.

El mundo virtual nos está atrapando. Lo que nos parece un gran avance, hablar con alguien que está lejos, ver a alguien que se encuentra a 12.000 kms, conocer a sus amigos o a su familia sin moverte de casa, ya es el pasado.

Hemos conquistado el espacio, no el exterior, sino el espacio virtual, y lo usamos como sustituto de la realidad. Como si fuera un emoticono.

“Vírtual” no sólo te da, también te quita. Me da las imágenes de gente que está lejos, pero me ha quitado la memoria de sus cumpleaños, me entero a la velocidad de un rayo de sus nuevas noticias, pero me ha quitado el abrazo que les daría si me lo dijeran en persona, me da la posibilidad de leer millones de libros, pero me ha quitado el encuentro con el librero. Me ha quitado la palabra y me ha devuelto un dibujo.

¿A ustedes qué les da “Vírtual”? ¿Y qué les ha quitado?

El contagio

Aunque ya eran las 8.30 de la mañana todavía no había amanecido.

Salió al balcón para mirar el cielo más de cerca. Estaba demasiado oscuro. Había un silencio extraño. Los coches circulaban lentos y silenciosos, con cautela, como si temieran despertar a los que todavía dormían.

La alarma llegó cuando al salir por la puerta el día no había llegado. “La linterna de mi teléfono me soluciona esto”,pensó, pero cuando la encendió, su luz no se atrevía a salir del aparato, era como si se la guardara para sí.

Vagabundeó varias horas por las calles negras, buscando con la mirada la luz. No la encontró. Las farolas, a pesar de estar encendidas, no iluminaban. Su luz no llegaba a nadie ni a nada.

¡¿Dónde está el sol?! Se dirigió a la playa, donde podía ver mejor el cielo.Apenas distinguió lo que parecía otra farola que no ilumina, pero indudablemente era el sol.

Entonces recordó las palabras de su profesor, “El color es la impresión que producen en la retina los rayos de luz reflejados y absorbidos por un cuerpo, según la longitud de onda de estos rayos”. Se dio cuenta de que o a sus ojos les pasaba algo, o la luz no viajaba como siempre, o los seres humanos habíamos dejado de aceptarla.

¿Es posible que el ser humano rechace los colores? ¿Que su cuerpo absorba toda la luz matando así el color?

Entonces ocurrió algo. Una niña con un jersey a rayas rojas pasó a su lado rozándole la mano. En ese instante su pantalón se tiñó de un maravilloso verde césped e inmediatamente la linterna de su teléfono, que sujetaba con su mano caída, comenzó a iluminar sus pasos. Su reloj retomó su incansable tic-tac y le recordó a dónde tenía que ir.