Somos una, somos todas.

El sábado pasado, mientras en nuestra ciudad nos despertabamos con el recuerdo de los tambores, en varias ciudades del mundo se manifestaban pacíficamente por los derechos de igualdad de las mujeres. Una de las proclamas de la marcha me ha ayudado en la construcción de mi columna de hoy: “El éxito de una es el triunfo de todas”. Por eso, a continuación transcribo algunas.

  • Somos mujeres, y no tenemos miedo.
  • Lo difícil es tender puentes, no romperlos.
  • Más por escuchar y no tanto por silenciar.
  • ¿Por qué tanta incomprensión?
  • Aquí empieza todo. La revolución en punto 0.
  • No juzgamos, sino que comprendemos.
  • Tan sólo buscamos respeto y libertad.
  • Nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro poder.
  • Peleamos como chicas y nos encanta.
  • Esta es la revolución de los marginados.
  • La injusticia en cualquier sitio es una amenaza para la justicia en cualquier lugar.
  • No estamos asustadas, no estamos solas
  • El futuro tiene nuestro nombre y nunca estuvo tan cerca.
  • Temblad, esto no para.
  • Somos mujeres luchando de la mano de otras mujeres.
  • Mi cuerpo, mi elección.
  • En las mujeres confiamos.
  • El futuro es mujer.
  • Trataron de enterrarnos sin saber que éramos semillas.
  • Marchamos por la igualdad.
  • No, no significa convénceme.
  • Derechos de las mujeres=derechos humanos.
  • Igual significa igual.
  • Somos una, somos todos.l

¿Qué diferencia este momento de 1968?

Como decía Simone de Beauvoir, “ser mujer no es un hecho natural, es el resultado de una historia. No existe ningún instinto biológico o psicológico que defina a la mujer como tal. Es la historia la que la construye”. Tenemos los últimos años de la historia de nuestra parte, dándonos la oportunidad de construir la mujer como queramos o como mejor podamos.

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Nieve

Era enero de 1985 cuando nuestra ciudad se fue despertando a medida que todo se teñía de blanco. En mi recuerdo fue magnífico. El altavoz del colegio echaba humo anunciando la llegada de los padres a recoger a sus hijos, asustados por la intensidad de la nevada. Se suspendieron las clases, que se iban vaciando a medida que avanzaba la mañana. La excitación crecía por momentos sólo con imaginar el contacto de nuestras manos con la nieve, alimentado por el espectáculo de aquellos mensajeros de la desconexión, de la excepción y del frío que son los copos.

Por unas horas el tráfico de vehículos dejó de existir, todos caminábamos a nuestras casas con la sonrisa y la alegría que producía la suspensión de las clases, el horizonte blanco del que nos contagiábamos.

Cuando nieva en un lugar que no está acostumbrado a ello, todo se paraliza, se ralentiza y se postpone.

Es maravilloso lo que puede hacer una gran nevada. Desculpabiliza, desresponsabiliza e infantiliza mientras la nieve sea el impedimento. Aisla.

No sé cómo sería una nevada en 2017, pero el efecto que podría causar en nosotros podría tener medidas incalculables.

2017, un año en que el mundo no duerme ni descansa, en que hay muchas obligaciones que cumplir, exigencias que dejan cada vez menos espacio al quedarte en casa y disfrutar.

Imaginen tener la excusa perfecta para detenernos en pleno día, interrumpir la marcha de nuestra semana y confiar en que mañana quizás podré ocupar de nuevo mi silla. Y todo por culpa de algo tan mágico como la nieve. La nieve, que nos da un respiro, que por un tiempo nos cambia el color y el sonido de la ciudad.

Si no estas en Lesbos.

Gracias

Hoy se me ha desprendido el pompón de mi gorro favorito. Es un gorro que no tiene nada especial que remarcar, es de una bonita lana gris, y el punto teje unas cadenetas y rombos en vertical que le dan calidez. Es un gorro que me da bienestar. Cuando estoy enferma me lo pongo y voy por casa con él. Cuando tengo fiebre me lo pongo, me meto en la cama y me da la sensación de que me estoy recuperando, aunque sea el primer día de gripe y sin saberlo me quede algún día más convaleciente. Si lo llevo mucho tiempo puesto, hace que me pique la frente, pero un suave masaje me alivia el síntoma durante más de una hora y pienso que me compensa llevarlo puesto.

Cuando llegó a mis manos por primera vez, venía acompañado de unas manoplas a juego, igual de bonitas, pero un día en que tenía prisa perdí una, todavía guardo su melliza en el fondo del cajón, por si algún día la extraviada decide volver. Pero a mi gorro no le hacen falta guantes a juego, está bien así.

Resulta que al caerse su pompón, me he acordado de la persona que me lo regaló.

Fue la Navidad de hace algunos años. Lo hizo en nombre de Papá Noel la bisabuela de mis hijos. Y casualmente la abuela Montse y el gorro que me regaló comparten muchas características. Los dos te dan calor cuando lo necesitas, te dan todo el bienestar que te pueden dar cuando no te encuentras bien, mantienen tu pelo ordenado cuando hay viento en el exterior y así disimulan tu peinado cuando tu pelo no responde a tus mandatos, sacan lo mejor de tí misma. Te muestra el valor de lo más sencillo de la vida. Son agradecidos.

Ahora que mi gorro ya no tiene pompón, he decidido que aunque podría cosérselo de nuevo no lo haré. No lo haré porque sigue siendo el mismo gorro, igual de cálido y bonito, ahora sin adorno.

Magos

Hoy quiero contarles la historia de alguien que tuvo que dejar su hogar para marcharse muy lejos de allí. Lo tuvo que hacer y poco importan ya las razones. Consideró que en aquel momento no tenía más opción. Claro que cuando uno toma una decisión de este calibre, un cambio tan radical, piensa que la situación se revertirá en algún momento, que llegará el día en que pueda volver. De hecho el día llegó.

Acababa de pasar una velada increíble con sus nuevos amigos. Habían cenado en casa de Malen y de postre se comieron el tradicional roscón de reyes. Era para el desayuno del día siguiente, pero la gula había podido más que la costumbre. De más está decir que el vino, el cava y un par de copas acompañaron a las risas y a los cánticos de aquella noche.

Cuando ya se dirigía a casa, con poca estabilidad y calor en la sangre, le comenzaron a pitar los oídos de una forma tan intensa y repentina que se tuvo que detener cuando pasaba debajo del arco de la calle Del Puerto.

Se apoyó en la pared y fijando su mirada en el horizonte que le daba la ciudad y el mar fue cuando los vio. Los tres Magos caminaban deprisa, uno detrás del otro, con las manos vacías aunque enjoyadas y se acercaban a él precipitadamente. La imagen que estaba presenciando lo paralizó de tal manera que cuando llegaron hasta él sólo pudo dejarse llevar.

Lo agarraron uno de cada lado del cuerpo, el tercero se encargó de sus piernas. Visiblemente ocupados en soportar su peso y avanzar, lo metieron en una nube de arena y se lo llevaron al lugar del que había venido hacía ya mucho tiempo, esta vez en contra de su voluntad.

La Mesa

Cada uno ocupaba su lugar en aquella mesa. El mismo día cada año, el 25 de Diciembre, todos se acercaban a pasar 24 horas en casa de la cabeza de familia.

Era una familia grande, construida alrededor de la tradición de aquella mesa. Siempre pensé que ninguno de ellos sería quien era si no fuese por aquel mueble con alma. De hecho era un integrante más de la familia. Nunca nadie supo explicar cómo había llegado hasta allí, quién la trajo, en qué momento de la historia familiar. Todos y cada uno de los que allí se sentaban tenían su lugar asignado, donde la mesa ordenaba, y no fueron parte de la familia hasta que no comieron allí por primera vez. Crecía a la par que la familia, por la noche, silenciosa, al ritmo del “dong” del reloj de la escalera, que estremecía a los recién llegados.

De hecho, era ella quien anunciaba la llegada de un bebé, amanecía más larga y evidenciaba la falta de una nueva silla.

No le gustaba cualquier ropaje y nunca podían faltar los candelabros, las jarras de cristal y plata, los centros de flores secas con su pálido colorido. La improvisación no estaba entre sus cualidades, por eso, mandaba que la vistieran con antelación. Y le gustaba esperar a que todos se fueran acercando a saludarla, a admirar su tamaño para esa noche, mostrando el nuevo hallazgo, quizás una pata nueva, quizás nuevas betas en su tabla.

Tenía una persona preferida, era su consentida, aquella que ocupaba el lugar central, seguramente el de su corazón, porque les prometo que esa mesa tenía corazón.

Cuando años después la casa se remodeló y trataron de cambiar de lugar el mueble, nadie la pudo mover, y al intentarlo descubrieron que sus patas se sumergían en la tierra gracias a sus raíces, y si uno las seguía en su camino, terminaban en las vides que rodeaban la casa, aquellas que nunca nadie supo explicar cómo habían llegado hasta allí, quién las trajo, en qué momento de la historia familiar.