Frío

Parece que el frío ha llegado a esta parte del mundo también.

En Gipuzkoa la temperatura ha bajado, tenemos la excusa perfecta para abrigarnos, para encender el fuego bajo, subir la calefacción, tomar algo calentito y planear los últimos retoques de Navidad que está a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto y aprovechando la multitud en los mercadillos navideños, alguien decide instalar el frío entre todos.

Amenazaba, el frío nos estaba rondando en las noticias.En las redes sociales los candentes bombardeos no paran de caer, de enfriar corazones. Invitan a que no miremos a otro lado, una y otra vez, los gélidos bombardeos.

Sí, subamos la calefacción, abriguémonos, tomemos algo caliente, porque este frío no nos lo vamos a poder sacar de encima, a no ser que seamos ciegos, que nos hagamos los sordos, que nos neguemos a escuchar los gritos mudos que nos trae el viento, y también las noticias.

Sigamos adelante con nuestras compras, nuestros encuentros, nuestros suaves abrigos, tratando de que el frío no nos toque, que no nos alcance, por lo menos hasta que pase la Navidad.

Pero ¡qué difícil debe ser combatir el frío cuando no tienes abrigo! ¡Qué difícil cuando el frío que te atenaza es el que provoca el miedo! El miedo a morir, el miedo que provoca el saber que no tienes dónde volver, quizás el miedo a no morir.

Sólo el nacimiento de Pedro, el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, puede devolver a alguien el recuerdo del calor y hacerlo depositario de todas las esperanzas, la piedra sobre la cual se podría construir tanto, y tan distinto a lo que estamos destruyendo.

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La Moto

Hace algunos meses me encontré mi moto tirada y vapuleada en el garaje comunitario de mi casa. Alguien se había encargado de tirarla al suelo, arrastrarla, romperle los intermitentes y deshinchar las ruedas robando los tapones. Esta mañana me la han vuelto a jugar, esta vez sólo me han pinchado una rueda con un cuchillo.

Mi primera reacción ha sido de incredulidad, después de enfado y enseguida he tratado mentalmente de buscar al culpable. Menos mal que tengo un buen mecánico, que con mucha tranquilidad me ha dicho: “Aunque esto te lo han hecho con una navaja, yo que tú me convencía de que la rueda estaba vieja y se te ha reventado al subirte a una acera, aunque no te hayas subido a ninguna. Tendrás un día mucho mejor”.

Vaya lección. Me he subido a mi vieja moto con mi nueva rueda y he pensado que la próxima vez que visite el taller no me tengo que olvidar de decirle a mi mecánico que tiene que subir los precios.

Me ha ahorrado mucho mal humor, mucha desconfianza, incluso sentimiento de culpa me ha ahorrado, ya que seguro en poco rato hubiera empezado, ¿será por esto… será por lo otro…?

Fuera! A partir de hoy seré más suave.

La anécdota me ha recordado al libro que estoy leyendo, donde uno de los protagonistas, víctima real de una situación de claro desamparo, se siente culpable por no haber hecho nada por evitarlo y donde otra de las protagonistas se siente víctima aun siendo agresora.

Ya ve, cada uno puede elegir cómo sentirse cada mañana, cómo quiere afrontar la semana, desde qué atalaya mirar su propia vida y construirse una historia a medida. Porque el sentido lo pone uno mismo, aunque no lo tenga.

¿Fracasadas? ¡Ah no!

No acababa de decidirme a hablar sobre gente que dice cosas tan desagradables, pero ahora que han pasado unos días desde que han salido a la luz las declaraciones del alcalde de Alcorcón, sus palabras siguen azotando mi conciencia.

Frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas. No son palabras bonitas, pero sobre todo no lo son por el contexto y el tonillo de superioridad con el que las pronuncia.

Si “frustradas” significa no haber conseguido lo que uno deseaba o necesitaba, entonces sabemos que todavía se puede conseguir.

Si “amargadas” designa a las personas que muestran hostilidad hacia los demás por haber sufrido una frustración, entonces puede que por momentos las mujeres sí nos mostremos así, aunque sólo por momentos, dado el nivel de agravios a los que nos enfrentamos cada día.

Rabiosas sí, y a mucha honra. Ya que la rabia es la reacción que nos mantiene en pie de guerra para seguir creyendo y luchando por lo que es justo. Sólo faltaría que no se nos permita eso.

Pero fracasadas no, ah no! El fracaso lleva implícito el fin de algo, de un proyecto, de una idea o de un deseo. No creo que ninguna mujer se dé por vencida en su convencimiento de la igualdad entre seres humanos, como no se da por vencida cada una de nosotras en miles, millones de causas cotidianas.

¡Qué importante es conocer el peso del lenguaje cuando se trata de un tema en el que hay tantas heridas abiertas!

¿Qué necesidad tenía este señor de decir algo tan obvio? ¿hacer más daño? ¿poner en evidencia lo que todos sabemos, que las mujeres todavía jugamos con desventaja respecto a los hombres? No lo entiendo.