Crónica

El nerviosismo había llegado a su punto álgido. Era la alegría, que pedía libertad.
La entrada del novio con su madre agarrada del brazo hizo sonar las campanas del preludio. La voz suave y acogedora del ambiente anticipó con pocos segundos de antelación la entrada de la nueva componente de la familia. Ese momento encarnaba la emoción de un futuro, de las sorpresas preparadas. La inocencia en la cara de la novia contrastaba con la seriedad del padre, sabiendo que lo que estaba haciendo no iba a repetirse, que su niña comenzaba una nueva aventura, dueña de sus pasos, esos que le acercaban a la nueva familia, a su segunda madre si ella quería, a sus nuevos hermanos, tíos, primos, sobrinos…

Qué lentos pero seguros fueron sus pasos, los de las dos parejas, y qué rápido, casi al galope transcurrió el festejo, que no quería terminar. Todos miraban al cielo, buscando la luna o quizás el sol, a través de esas montañas testigos de tanto. ¡Que se pare el tiempo! Sólo unos segundos, que nunca acabe la música, que no duelan los pies, que los podamos seguir abrazando, que no se vayan.

Cuando todo terminó, las emociones dejaron paso al dolor de cabeza, a los pitidos en los oídos, a las risas con el recuerdo de todo lo que pasó, menos en la familia, cuya emoción queda grabada a la espera de nuevas oportunidades de festejar la vida, de escucharla cantar sola en Navidad, sabiendo que todos aplaudirán la nueva voz, que incluso algunos la acompañarán como forma de bienvenida, preguntándose si será de las que se queda a los gintonics, si se disfrazará de Papa Noel, si paseará a los perros, si llegará a probar todos los platos navideños de la abuela, cuál será su trufa favorita. Pero sin olvidar la voz suave y acogedora del ambiente que los presentó como una nueva y querida familia.

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Hasta que habló

La llave de su silencio la guardaba la amistad. O eso creía.

No se había dado cuenta de que explicar lo que le estaba pasando era la solución, y es que tener a alguien al otro lado que la escuchara tampoco era fácil, lo que tenía que decir era demasiado duro. Ella creía que su relato, lo que había llegado a pensar de sí misma, era verdad. Que lo que decían de ella la retrataba con absoluta claridad. Pero había un problema, tenía un nudo en el estómago, también en la garganta, que sólo le dejaba pensar en su dolor. Nadie le había dicho que había más opciones, que los acontecimientos de la vida pueden tener distintos finales y que ella podía elegir el final que quisiera. Que no todo es blanco o negro y que para cada problema no hay sólo una solución, siempre hay opciones. Aquella niña no sabía nada, eso sí era verdad, porque lo que sabía lo escondía, lo olvidaba, lo borraba, lo que sabía podía convertirse en su condena.

La vergüenza de sus padres, de sus hermanos, incluso de las amigas que sí tenía fuera del colegio. ¿Cuál era su mundo? ¿quién era ella? La respuesta era el silencio, el nudo en el estómago, también en la garganta, el miedo atroz a la incertidumbre cuando cada mañana se acercaba a la puerta del colegio, ¿qué pasará hoy?¿con qué cara me mirarán?¿tendrán buen día?¿me dejarán jugar con ellas aunque sea a cambio de mi dignidad?

Nunca le gustó estar sola, cuando lo estaba no sabía hacia dónde mirar, se preguntaba si algún adulto se estaría dando cuenta de su fragilidad y a pesar de eso no la protegía.
Hasta que habló.

Arrepentidas

Hoy voy a tocar un tema polémico que vive sólo en el interior de las protagonistas de un sentimiento socialmente inaceptado.

La socióloga Ornah Donath ha publicado un libro que refleja un estudio que ha realizado sobre mujeres que han elegido no tener hijos y sobre “madres arrepentidas”. Es la primera vez que fuera de la literatura o el cine alguien hace visible desde este punto de vista el estrago que puede suponer la maternidad en una mujer.

Si bien la mujer que decide no tener hijos ejerce su libertad de decisión, la “madre arrepentida” suscita muchos interrogantes, escándalo, rechazo y alboroto a todos los niveles y ámbitos. Si bien no existe la madre mentalmente sana que no quiere a sus hijos, sí existe la madre que si tuviera que volver a elegir, elegiría no tenerlos: lo he escuchado muchas veces en mi consulta, muchas, y generalmente es la causa del malestar que les trae a ella. No saben cómo compatibilizar ser mujer con ser madre, sienten haber renunciado a todo lo que ellas son, haberse traicionado a sí mismas, perdido lo que a veces han conseguido con mucho esfuerzo. Conviven entre la alegría de los logros de sus pequeños y la frustración de sus propios fracasos. Entre la salud y los progresos de sus hijos y el paulatino deterioro de su estado anímico. Sustituyen sus amistades por las que les brindan sus hijos. Sus dificultades quedan arrinconadas en pro de los que aún tienen por ver cuáles serán las suyas.

A todo esto se le añade un esfuerzo descomunal por mantenerse a raya en cuanto a las exigencias sociales y familiares. Estas mujeres sufren por un arrepentimiento con el que la mayoría apechuga hasta el día de su muerte o hasta el día en que se sientan frente a alguien que las escucha y que no las juzga.

Duérmete mi Niño

Reconozcámoslo, no lo esperábamos. Tanta exigencia, tantas tareas, tanta cosa nueva sin manual de instrucciones, tanta prisa, tanta perfección, tan poco tiempo, con lo deprisa que pasa últimamente.

Lo más sencillo se puede convertir en una auténtica odisea, por ejemplo, preparar un Cola Cao para uno de tus hijos antes de ir a dormir. Domingo por la tarde-noche, fin de semana loco e intenso, la casa hecha un desastre, pero lo importante es lo importante. Hora de ir a dormir, terminas de recoger la cocina y cuando te diriges al frigo para coger la leche, resbalas con unas gotas de agua que hay en el suelo, pero consigues no caer agarrándote a la mesa aunque te doblas un dedo de la mano. Auuu! Que daño, abres el frigo y se te cae la leche porque está mal puesta, limpias el interior del frigorífico y el suelo, llenas la taza de leche y la vuelves a dejar en su sitio mientras el tazón da vueltas en el microondas. Cuando suena el aviso, abres la puerta con la mala suerte de que en ese preciso instante, justo cuando tienes la taza caliente en la mano, llega uno de tus hijos y se abalanza sobre ti, te hace un placaje a su altura, o sea, tus piernas quedan inmovilizadas y el tazón cae al suelo. Vuelta a empezar, frigo, leche, taza y micro (incluido el cambio de pijama). El frasco del Cola Cao está vacío, menos mal que hay repuesto en la alacena, abre el paquete,llena el bote, guarda lo que queda, prepara el cola cao dichoso, no quedan pajitas, reciclas una de esta mañana, aunque esté mordida.

La paciencia se está acabando, menos mal que el día también, y que mañana tendré el bote lleno de nuevo. Ya sólo falta encontrar el osito Xa, el mono del corazón rojo y culo azul, la mantita sosa y el chupete. Duérmete ya mi niño.

Queridos Profesores

¿Han tenido alguna vez un “querido profesor”? ¿Un profesor que se haya tomado el tiempo de hablar con ustedes? A solas, escuchándole, mirándole a los ojos. Interesándose por quién es usted, por lo que le gustaría saber a su alumno, queriendo saber cómo aprende mejor, en qué circunstancias.

Este es un punto de partida utópico, no por imposible sino por improbable, por casi inexistente en la actualidad.

Los extensos programas de obligatorio cumplimiento, la masificación de las aulas, la falta de tiempo, la inestabilidad laboral y muchas otras razones hacen imposible que un profesor se dedique a esto, y entonces es el programa lectivo el que toma el control de la situación, haciéndonos olvidar cuál es la razón de la educación, del aprendizaje, la importancia de los enseñantes y de la enseñanza. Yo me pregunto cómo es posible que nuestros hijos esten siendo educados por programas, en vez de por personas, y no nos demos cuenta de la diferencia.

Tanto hemos deshumanizado la educación, que hemos llegado a olvidar que tenemos maestros, los hemos convertido en simples máquinas ejecutoras de programas, sin dejarles margen de maniobra para poder transmitir y no solo hacer cumplir.

Quiero romper una lanza por los profesores, animarles a que recuperen su sillón de maestros, invitarles a que no dejen ellos mismos de formarse, aunque sea para que tomen conciencia de todo lo que no saben y puedan transmitir esos vacíos a sus alumnos. Que se esfuercen en reconocer su ignorancia frente a los más pequeños, para insuflarles a ellos las ganas de aprender y de buscar preguntas y respuestas hasta ahora nunca formuladas.

Porque lo desconocido alimenta el deseo de aprender, y sin el deseo no hay programa que funcione.