El Grito

Les invito a reflexionar a cada uno de ustedes sobre su madre, y lo voy a hacer mediante mi propia reflexión.

Mi madre es una mujer pequeña, menuda, discreta y de rápido caminar, y como tal se refleja su modo de vivir y de ser. Reparte su tiempo de tal manera que hace todo lo que uno pueda imaginar hacer en 24 horas. Duerme con un ojo cerrado y el otro abierto, como su mente, que la mitad guarda lo que tiene que estar protegido pero tiene la otra mitad abierta para lo nuevo que pueda llegar. Es maga en la cocina, ya que de un pollo puede sacar cuatro muslos, y de un tomate hacer ensalada y salsa. Cuando en casa hay un niño enfermo, basta su mirada para que si bien el niño no se cure, la madre se quede tranquila. Con escuchar mi voz, echarme un vistazo, puede adivinar cómo estoy, qué me ha pasado y tiene preparados varios argumentos para sacarme del atolladero, sin siquiera pestañear, aunque a veces se equivoque. No importa dónde estemos porque cuando mi madre está presente, es como si estuviera en casa, es una casa transportable sin ruedas. Mi madre nunca se aburre, ni está cansada, tantas razones tiene para mantenerse siempre despierta, siempre dispuesta a lo que le proponga el camino.

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Volver

El deseo de volver es algo que se repite cotidianamente en la vida de las personas; volver a hacer algo, volver a casa, volver a ver a alguien, volver a escuchar una canción, leer un libro de nuevo.

Recuerdo que cuando estudiaba la especialidad, un profesor me decía que la segunda entrevista tiene que estar presidida por la profundidad y el desvelamiento de tabúes y verdades. Esto debería ser signo de que se estableció un vínculo que permite al paciente volver a la consulta a darse una nueva oportunidad de hacer las cosas de tal manera que el volver sea un punto de inflexión en su vida.

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