REMEDIOS DE AMAIA:

A pesar del esfuerzo que he hecho, me ha sido imposible rehuir el tema de mi columna de hoy, Eurovisión. Llevaba años pudiendo vivir tranquilamente sin este certamen. Sabía que existía, pero nunca le presté ni atención, ni me junté con mis amigas para verlo y comentarlo. Nunca conocí las canciones que iban a sonar.

No sé cómo es el sistema de votos ni cuántos países participan. Hasta este año no sabía que había semifinales.

Lo único que sé es que cada país canta su canción, luego todos votan dando una puntuación a cada actuación y quien más puntos tenga gana. Sé que en nuestro país tenemos la tradición y la ilusión de creer que vamos a arrasar y que tradicionalmente lo que ha solido ocurrir es que no cumplimos con las expectativas que tenemos y nos solemos llevar una desilusión.

He leído que este año ha ocurrido lo mismo en Lisboa, pero como dice Amaia, una de las cantantes, “es un poco mierda, pero no pasa nada”. Y tiene razón. No pasa nada. Y sí que pasa.

La noche del sábado muchas casas hicieron el plan de juntarse para ver el certamen. Para miles de adolescentes fue la primera vez que pasaban una velada en casa de algún amigo o amiga para ver juntos el concurso e ilusionarse con la posibilidad del triunfo, como si el estar juntos hiciera crecer las posibilidades de ganar. Y eso ya es bastante.

Ahora que lo pienso, recuerdo que sí hubo un año en que seguí atentamente Eurovisión. Fue en el año 80, cuando la gran Remedios Amaya cantó “Quién maneja mi barca”. Qué desilusión me llevé. Nunca más vi el concurso, pero nunca dejé de seguir a Remedios, que me encanta.

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S.O.S:

Cuando esta columna se publique ya se sabrá si los tres bomberos sevillanos acusados de tráfico de seres humanos mientras trabajaban de voluntarios en el mar Mediterráneo rescatando personas en barcos a la deriva, son declarados inocentes o no por la justicia griega.

Quiero creer que la sentencia será a favor de estos tres señores casi anónimos, de los que poco sabemos, Manuel Blanco, Enrique Rodríguez y Julio Latorre.

Para mi son los tres hombres sin cara, porque a pesar de haber visto alguna foto de ellos no las recuerdo, pero sí sé lo que representa lo que hicieron, lo que hacen. Y es el claro dibujo de lo que no hacemos los demás, de lo que nos falta por avanzar, de lo inhumanos que podemos llegar a ser, de lo impotentes que nos sentimos ante lo extranjero estando en nuestra propia casa, de lo sordos que nos hacemos ante el grito del vecino, de lo centrados que estamos en nuestro ombligo.

Estos hombres y su existencia deberían hacernos ver la necesidad que nosotros tenemos de ser rescatados. Creemos que el primer mundo rescata al tercero, o que debería hacerlo, y sin embargo no nos damos cuenta de que son ellos los que vienen a darnos el mensaje de la necesidad que tenemos de ser rescatados de nuestra ignominia, ceguera, sordera, insensibilidad y superficialidad.

Somos nosotros los que nos estamos ahogando, los que ponemos en peligro nuestra vida y la de ellos. Nos ahogamos entre cables, pantallas, bolsas llenas. Compramos el que nuestros sueños se hagan realidad, también compramos sueños prefabricados relativamente fáciles de cumplir, como son comprar ropa en Primark o montar muebles de Ikea.

Y mientras tanto, unos pocos sueñan con salvar vidas, como ellos dicen “condenados a salvar vidas”.

EL CASTILLO HINCHABLE:

El domingo pasé el día en un torneo de deporte escolar multitudinario.

Clubs de todo el país se acercaron un año más a Bilbao a participar durante cuatro días en un maratón de partidos de equipos de todas las edades.

No se cuántos niños había allí reunidos, yo diría que más de mil. La mayoría de ellos sin padres. Las mochilas y bolsas se amontonaban por todas las esquinas, el suelo estaba salpicado de coloridos envoltorios de caramelos, balones y bolas rodaban por el suelo y por encima de nuestras cabezas.

Se veían niños solos deambulando, otros acompañados haciéndose confidencias, grupos riendo.

En una cancha de tenis habían instalado un castillo hinchable donde el caos parecía ser la única norma, pero no. Lo pude comprobar porque me detuve frente a la puerta y enseguida una niña que debía tener cuatro años me dijo que había cola para entrar y que ella era la tercera. Se lo agradecí sinceramente, giré la cabeza y entonces lo vi.

En aquel desorden tan evidente había un orden, el orden de Ellos. Eran mayoría en aquel lugar, todo estaba pensado para ellos. Creo que no escuché llorar a ninguno en todo el día. Sí los escuché cantar y animar a sus equipos respectivos.

A pesar del ruido, el griterío y el lío que era aquello, los niños aparecían misteriosamente uniformados y preparados para jugar puntualmente el partido que les tocaba.

En el momento que sonaba la señal que indicaba el comienzo de los partidos, todos estaban en sus puestos, tensos pero con una sonrisa, preparados para divertirse y con la bolsa de las ilusiones llenas de ganas de ganar.

Asombrada. Así salí de allí, sin entender cómo en aquel desorden todo podía funcionar como un reloj. Una vez fuera, cuando el silencio se hizo un lugar, alguien gritó a lo lejos: “¡¡deporte en equipo!!”

LA ROSA Y EL LIBRO:

Quien haya paseado aunque sólo sea una vez por Paseo de Gracia de Barcelona en el día de Sant Jordi estará de acuerdo conmigo en que esa ciudad es especial.

Cada 23 de Abril la ciudad amanece más temprano que cualquier otro día del año. Y no porque ya comiencen a alargarse los días con la llegada de la primavera, sino porque el aroma de las rosas va entrando sigilosamente por las ventanas de todas las casas de los habitantes de Barcelona antes que el sol. El aroma de las rosas y de los libros.

La casa-escultura Batllo se engalana para este día, sus balcones cubiertos de aquellas rosas que brotaron tras la muerte del dragón, enmarcado por su esqueleto y sus escamas de vivos colores, real-izando la historia de la joven y el príncipe,

No hay que ser muy observador para percatarse de que un día como ese nadie camina solo en toda la ciudad. No hay quien no vaya acompañado de una o más rosas en la mano.

Cuando veo algo así me pregunto para quién serán esas rosas, a dónde irán a parar, si son deseadas o no, qué deseo pueden tener escondido.

Y ¡qué decir de los libros! Muchos sólo se quedarán con su aroma, con su peso y suavidad al recibirlos, con sus colores o la dedicatoria que no puede faltar en un libro recibido en el día de Sant Jordi.

Para los pequeños podrá ser el primer libro de muchos que leerán en el futuro. Para los que no leen, una nueva oportunidad, la de sumergirse en una nueva aventura, conocer un personaje que les acompañe para siempre.

Extraña pareja la de la rosa y el libro. Unidos por la casualidad para no dejar a nadie solo.

CUIDADORAS:

Esta mañana, cuando todavía estaba en ese extraño estado entre el sueño y la vigilia, han acudido a mi mente las mujeres que a lo largo de mi vida me han cuidado, a mi y a mi familia.

Cada etapa de mi vida la puedo enmarcar en función de la mujer que ayudaba en casa de mi familia. Mujeres de todas las edades, que con su juventud o con su experiencia, con  alegría o serenidad, con vitalidad o parsimonia, organizaban, ordenaban, cocinaban o mimaban. Claro que también educaban, con su trabajo diario, su puntualidad, sus atenciones, su cariño.

Hasta hace unos años, no tantos, todas ellas eran personas de origen local, de pueblos vecinos, que necesitaban trabajar para mantener a sus hijos, o chicas jóvenes que habían abandonado los estudios para trabajar.

Sin embargo, los últimos años, el perfil de las mujeres que nos han cuidado y ayudado es claramente otro. Guardo un profundo cariño, gratitud y respeto por aquellas mujeres que sin ser familia cuidaron de mi durante mi infancia.

Pero lo que siento por las cuidadoras que se prestan hoy en día es admiración. Chicas-mujeres solas en su gran mayoría, que la primera vez que tomaron un avión en su vida fue para cruzar un charco sin saber si iba a haber un retorno, directas a un porvenir incierto y arriesgado, muchas de ellas dejando a varios hijos a cargo de sus madres sin saber cuándo los iban a volver a ver, ni si eso ocurriría algún día. Pero lo más duro que veo en estas supermujeres es que vienen sin sueños, sólo con el propósito de malvivir y conseguir algo de dinero para enviar a su casa. Para mi, las heroínas del SXXI.

Quizás ahora me toca a mi cuidar de ellas, ¿no les parece?

INFIERNO:

Hace unos días que por un lado o por otro, por una causa u otra sale el tema del infierno a colación.

Se han publicado las supuestas declaraciones del Papa Francisco en que dice que “el infierno no existe”. Por supuesto que posteriormente el Vaticano las ha venido a desmentir, para alivio de muchos.

Digo alivio, sí, porque comentando la noticia con un amigo, éste me decía que eso era imposible, que el Papa no podía haber dicho eso, que esas declaraciones son absolutamente incendiarias. Me dice “¿imaginas que no existieran los jueces, ni las cárceles ni el castigo? Pues si el infierno no existiera sería lo mismo y tendríamos que volver a inventarlo, escribir un nuevo Testamento”.

La verdad es que yo siempre tuve más en cuenta la posibilidad del cielo que del infierno. El infierno me ha parecido el destino de los malos malísimos, de esos que uno no suele conocer en persona, algo muy lejano vaya.

Sin embargo todos tenemos nuestro particular infierno:la lesión de rodilla del deportista, la rotura de la caldera en invierno y del aire acondicionado en verano, la enfermedad de un ser querido, la tristeza del melancólico, el aburrimiento del parado, la errancia del refugiado, la vejez del amante de la vida, el cautiverio de un animal salvaje, la página en blanco del escritor, las butacas vacías del actor, el silencio del teléfono del adolescente, las críticas en el niño, la soledad de una tórtola… y ustedes dirán.

Ustedes dirán, cada cual sabe cuál es su infierno particular y claro, también su paraíso particular.

¡Ah! El Papa supuestamente también dijo que las almas no arden en el infierno eternamente! Menos mal que sólo arden por un tiempo..

DEBATES:

En los últimos años y con el incremento del uso de las redes sociales me voy enterando de la cantidad de debates que hay abiertos en torno a cualquier cosa. Cuando digo cualquier cosa es así: podemos debatir si algo es legal o ilegal, si se está a favor o en contra de los deberes escolares, si es bueno o malo comer carne, en qué cantidad, cuántas veces por semana, debatimos si la baja de paternidad es suficientemente larga, o de si Cristiano es mejor que Messi, debatimos sobre cualquier titular que da cualquier político o participante de reality show. Podría decir que actualmente hay debates abiertos sobre cualquier cosa que se te pueda ocurrir. Y faltos de palabras.

 

Se podría pensar que esto nos enriquece como sociedad, porque podemos expresar lo que pensamos o sentimos con libertad. Sin embargo, el núcleo del debate puede llegar a generar tantas opiniones y tal diversidad de barbaridades que uno puede quedar saturado, tan sobredosificado de puntos de vista que pierde la perspectiva propia o el criterio. En este punto, o bien uno se lanza a la piscina y vomita su opinión de forma visceral o cae en un estado de congelación. Sólo algunos poseen la lucidez que les permite decir algo rescatable, que merezca la pena. Esa opinión que a veces encontramos a mi personalmente me hace callar. Callar y profundizar, eso sí, fuera del debate, empujándome a saber más o a completar mi nueva opinión.

 

Pero llega un momento en que ya me siento harta!! Harta de escuchar tantas voces discordantes, que no se escuchan entre sí, que no avanzan hacia ningún lado, incapaces de llegar a un acuerdo. Entonces decido levantar la vista y seguir con mi vida, con la esperanza de que a alguien se le ocurra incluir “debate” como asignatura obligatoria en el colegio.

 

SOL EN LA CONCHA:

En nuestra ciudad el sol sale poco, pero cuando sale sabemos aprovecharlo.

Según los viajeros de TripAdvisor tenemos una de las mejores playas de Europa.

Buena calidad del agua, limpieza, tranquilidad y excelentes servicios públicos.

Una playa de ciudad que permite compaginar el baño con la compra de cualquier cosa que un viajero pueda necesitar. En lugar de un rancio bocadillo, los mejores pintxos a dos minutos. Todo elegido con calidad y buen gusto, con la posibilidad de cambiarte al resguardo de miradas indiscretas en unas carpas de tela rayada vintage. Como ven, un canto a la discreción de la que hacemos gala los vascos.

Todo ello si hace sol, claro.

Donosti es una ciudad en la que no hace falta ni reloj ni comprar agua, es una de sus virtudes. Mires donde mires tienes un reloj y una fuente. Hay casos en que cuando te acercas a beber un trago de agua fresca y tienes la suerte de que salga el sol, ves que la fuente es un reloj de sol.

Lo descubrí hace poco y quedé maravillada, porque mientras bebía agua en la fuente de la Plaza de Cervantes pensaba en qué hora sería y si llegaba a tiempo a mi cita cuando el sol salió a saludar y a responder a mi pregunta. Levanté la mirada buscando una papelera y como llegados de otro mundo, mis ojos toparon con los modernos containers que funcionan con energía solar, su placa daba la bienvenida a la aparición. Y así continué mi camino, pensando en que muchos viajeros han votado que Donosti tiene una de las mejores playas de Europa.

¡Y cómo sabemos aprovecharla!

 

¿TE GUSTA LO QUE HACES?

Hace unos días hacía zapping frente a la tele y me encontré con un programa sobre gente que se sube a un escenario para hacer lo que ellos creen que hacen bien subidos en él. Casualmente me topé con un personaje que se disponía a cantar, y lo hizo pero que muy muy mal. No sabía cantar, no tenía ni voz ni ritmo musical. Fue como si yo me hubiera subido a un escenario a bailar El lago de los cisnes.

Desde que soy muy pequeña he escuchado en casa la importancia de poder trabajar en lo que a uno le gusta. Siempre me ha parecido algo normal, aunque cada vez me doy más cuenta de que no es tan habitual como yo creía.

Quizás tardé mucho en darme cuenta de que era un mantra tan arraigado en mí que en ningún momento me planteé abandonar en el intento.

Durante el camino he trabajado en muchos lugares donde había muy poco de lo que yo quería hacer en un futuro, pero era un camino, una vía de acceso, siempre lo pensé de esa manera. Era un poco.

Ahora me doy cuenta de lo importante que fue esa convicción.

No todos nacimos con una habilidad especial para hacer lo que nos hubiera gustado, ni todos tuvimos la suerte que hay que tener, por pequeña que sea, para conseguir lo que buscábamos. Pero creo que sabía cuales eran mis límites, nunca pretendí ser Freud, pero sí hacer bien mi trabajo. Y sabía que podía hacerlo bien.

Y hoy en día me encuentro con casos que me interesan más que otros, pero de todos aprendo algo. Sí, de todos. Y en cada uno de ellos me doy cuenta de que estoy haciendo lo que elegí y lo que siempre quise hacer.

 

LA VERDAD DE LA MASA:

Llevamos una temporada en la que se están formando muchas masas. De hecho, con sólo mirar las portadas de los periódicos los últimos 6 meses podríamos ver cómo se han ido batiendo récords históricos en cuanto a tamaño de multitudes se refiere. Algunas de estas manifestaciones multitudinarias han hecho que sus reivindicaciones colectivas hayan superado con creces el nivel ético y moral de muchos de sus asistentes. Pero la última que he podido observar, la convocatoria frente a un cuartel en Almería por el asesinato del pequeño Gabriel, me ha dejado en un estado de asombro y abatimiento.

 

Yo se que en una multitud se borran los rasgos individuales, desapareciendo la personalidad de cada uno de los que lo integran y que a su vez se encuentran nuevas características que antes no existían. Las causas por lo que esto ocurre podrían ser las siguientes:

El individuo en la multitud adquiere, por el número, un sentimiento de potencia invencible, cediendo a instintos ante los que antes se frenaría.

El individuo en multitud sacrifica fácilmente su interés personal al interés colectivo, algo que sólo se hace cuando se está en multitud. Se contagian unos a otros.

La última causa es la sugestibilidad, consecuencia de las dos anteriores e imposible sin ellas.

Y de esta forma, carentes de voluntad interpreto que se presentaron anoche todas esas personas casi pidiendo el linchamiento de otra.

Y mientras tanto una voz nada sola a contracorriente, pidiendo lo contrario de lo que nos pide el cuerpo a cada uno de nosotros, la masa, la multitud. Admirable.