UNA CADA OCHO HORAS:

En España se denuncia una violación cada ocho horas. No sé si la ocurrida en San Fermines el año pasado cuenta como una o como cinco.

Hace un tiempo una mujer me explicó cómo un hombre la violó.

No sabe cuánto tiempo duró, pero recuerda que cuando ella ya no podía más, no tenía fuerzas para seguir consciente comenzó a hablar a su violador, susurrando. Sólo dos palabras repetidas una y otra vez, una y otra vez salían de su boca sin descanso. Las dos palabras eran “te perdono”. El violador paró y se fue sin mediar palabra, sólo mirada. La dejó tirada y herida, ya sola. Aquel violador resultó tener siempre el mismo modus operandi, fue detenido y cumplió varias décadas de cárcel. Aquel monstruo que violó a más de 30 mujeres que se sepa, sabía que estaba haciendo algo malo, por eso paró cuando ella le dijo ”te perdono”. No por eso es menos peligroso.

¿Qué pasa con La Manada? No sólo se mofan y divierten con su delito vía mensajitos, sino que se defienden con uñas y dientes como si no supieran qué hicieron mal.

La engañaron, la violaron, le robaron y la dejaron tirada. Y encima se defienden con sucias argucias a base de talonario. ¿Cuántas veces habrían hecho lo mismo anteriormente? ¿juntos o separados? ¿Tal era la aceptación de su entorno que se creían inmunes?

No sé a qué conclusión llegar con estos tipejos, lo que sí tengo claro es que son más peligrosos que cualquier perverso solitario porque se creen manada, se saben manada, confían en que muchos de su grupo los defenderán.

Y lo peor es que tienen razón. La manada los tapará a ellos como se ha hecho siempre con otros. Paremos a la manada, ¿no les parece?

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SIN ESCRÚPULOS:

Hasta hoy no sabía que la palabra“escrúpulo” hace también referencia a una minúscula piedrita en el zapato. Esa china que en ocasiones hace que nos detengamos, para empujarla con un dedo hacia otra parte del pie donde no nos moleste tanto o para descalzarnos y sacarla.

Hoy he atendido a una persona en la consulta a la que tengo mucho cariño y me ha hablado de su escrupulosidad y de cómo eso le hace sufrir en ocasiones.

Me he quedado todo el día amarrada a esta palabra, pero como tenía trabajo, el día ha ido avanzando como si yo misma tuviese una piedra en mi zapato, obstaculizando la fluidez de mis tareas. Finalmente me he detenido y me he dicho, ¿pero qué pasa con esta palabra? Hacía tiempo que no me la tomaba en serio, quizás como tantos otros últimamente, para darme cuenta de que no se me iba de la cabeza por la falta de escrúpulos que veo últimamente en todas partes. Desde el detalle más nimio como puede ser tirar basura al suelo o no recoger la caca de tu perro, como la falta de escrúpulos de la gente en las redes sociales (que dicen lo que les apetece pareciera que por descargarse) o la que de forma exagerada muestran muchos a la hora de robar, mentir o  manipular. Porque la falta de escrúpulos se manifiesta en su forma más cruda cuando se hace evidente que el que hace la acción le dan igual las consecuencias y aquellos a quienes les afectan.

Lo que me queda claro es que los que tienen escrúpulos piensan en lo que para ellos esta bien o mal y son consecuentes con eso hacia sí mismos y hacia el otro. Los que no tienen escrúpulos ni siquiera piensan en que hay un otro. Por eso generalmente tampoco tienen vergüenza.

EL RADAR:

Hace unos días volvía de viaje por una carretera francesa, ya conocida por mi. Es una vía que surca un paisaje montañoso y que atraviesa diversos pueblos casi deshabitados, poco luminosos por la sombra de las montañas, inhóspitos, fríos y húmedos. Siempre que paso por allí me pregunto quién vive en un lugar donde no da el sol en todo el día porque se esconde tras las montañas que lo rodean, donde pasan coches sin cesar pero ninguno para. Nunca he visto a un vecino pasear por sus angostas aceras ni a un niño correr por sus jardines o prados. Hay carteles donde dicen vender pan o ceps pero nunca vi una tienda abierta. Es una zona donde las señales alertando de la presencia de ciervos se repite cada 500 metros, como si fueran los únicos habitantes del paraje.

De repente un flash golpea mis ojos sin llegar a cegarme y freno bruscamente, ya tarde porque el radar ha fotografiado mi velocidad. Después de maldecir varias veces a mi pie y su gusto por pisar fuerte me digno a mirar a mi alrededor. Esta vez a la velocidad permitida, veo una casa preciosa que queda a mi izquierda. Es más bien un caserón, de gran tamaño, construida en piedra gris de principios del siglo pasado. Está rodeada de un bonito jardín que un camino adoquines divide en dos. Es un camino que va desde mi carretera hasta la misma puerta de la casa.

¿A quién se le ocurrió construir esa casa tan bonita en un lugar tan frío como este? Entonces pienso en el radar que me acaba de fotografiar y me convenzo de que por mucho que me fastidie la multa que voy a tener que pagar, justifica el haber visto la casa.

Ahora sólo me queda ver la expresión de mi cara en la foto y detenerme a ver la casa en mi próximo paso por aquel pueblo.

LEER DE NOCHE:

Hay quienes sueñan con irse de vacaciones a una playa paradisíaca, a recorrer remotos lugares o a fundirse con la naturaleza de un bosque. No es que yo no sueñe con ello, pero me parece que esos días tardan en llegar y que los necesito antes. Sin embargo tengo un momento del día que me ayuda a desconectar. Es cuando acuesto a mis hijos y les leo el libro que a mi me apetece. Llevo meses leyendoles David Copperfield de Dickens. Lo hago saltando algunos párrafos y añadiendo palabras.

Están fascinados por la rareza del personaje, por las antiguas costumbres, por la cantidad de personajes que desaparecen para volver a escena más adelante trayendo grandes sorpresas, por la variedad de formas de ser que describe Dickens. Echan de menos a la pequeña Emily, el amor infantil de David, que ahora sólo está presente en el recuerdo. Les divierte el excéntrico Dick. No entienden porqué se le considera un loco si siempre sonríe y le gusta jugar.

Han entendido que la Señorita Trotwood es implacable pero buena a la vez, que tiene sus razones para hacer lo que hace y ser como es. Les encanta la idea de poder hablar de alguien que nunca nació y de que a pesar de ello uno pueda imaginar lo que hubiera dicho o hecho como hubiera sido la hermana de David. No pueden creer que un niño tenga que trabajar en una fábrica desde que amanece hasta que se hace de noche para poder sobrevivir, ni que una familia viva mejor en la cárcel que en una casa. Quieren hasta el infinito a Pegotty, la humilde cuidadora de David, dispuesta a sacrificar todo por él a pesar de no tener nada.

Y así, cada noche viajamos a Dover y a Canterbury, mientras dicen haber visto a la Sta. Trotwood corriendo tras uno de sus odiados burros en Matia o al Señor Dick volando una de sus cometas en Ondarreta.

#Metoo:

Hace unos años iba caminando por la calle junto a una grupo de amigas. Nos cruzamos con dos chicos que creo recordar que ni nos miraron, porque ver sí que nos vieron. Lo sé porque en cuanto estuvieron detrás nuestro uno de ellos aprovechó el movimiento acompasado de sus brazos con su paso para agarrarme el trasero lo más fuerte y profundo que pudo.

En varias ocasiones, y varias son decenas, un completo desconocido ha sacado partido del tumulto para tocarme los pechos o para rozar su cuerpo contra el mío. Es algo muy común y frecuente, algo que desgraciadamente he llegado a asumir por ser mujer, casi ya sin incomodidad.

Pero también me han llegado a quitar durante un partido la protección que tiene que llevar un portero de hockey para dárselo a los chicos, cuyo partido comenzaba antes de que terminara el mio.

Creo que tanto yo como cualquier mujer podría enumerar infinitas situaciones desagradables e injustas que ha tenido que vivir por ser mujer.

La campaña #Metoo es un grito común contra el acoso a las mujeres que una vez más se ha puesto en marcha en Estados Unidos respaldada por decenas de mujeres que han sufrido el acoso por parte de un famoso productor de Hollywood. La noticia está servida cuando varias actrices hacen públicas sus vivencias, en este caso de acoso sexual, una cuestión muy grave y que cualquiera puede entender que es denunciable.

Pero a mi me preocupa también que un desconocido te toque el culo con total libertad y naturalidad y que cuando le llamas la atención niegue la voluntariedad del acto. Para que al día siguiente se vuelva a repetir en propias carnes o en carne ajena a manos de cualquier otro.

FUEGO:

Qué difícil resulta hablar de algo que no sea de Eso.
Con Eso me refiero a Cataluña claro. En ocasiones, cuando algo nos preocupa pareciera que sólo eso existe, y todas las demás noticias o intereses pasan a un segundo plano.
Es complicado incluso encontrar noticias diversas y parece que sólo una noticia tan trascendente pueda quitarle protagonismo. En este caso se trata de un incendio en Galicia. Bueno, 150 incendios que están arrasando bosques, campos, pueblos e incluso vidas.
En algún momento pensé que sólo un mundial de fútbol con un equipo lleno de catalanes podría apaciguar las aguas, al más puro estilo sudafricano, pero en su lugar han llegado las llamas reales, el rojo verdadero.
Para los que no hemos visto una guerra, esto es lo más parecido que puedo encontrar. Incendios en medio de una ciudad, una parcela en llamas entre dos casas.Como si el diablo hubiera sobrevolado la tierra de los celtas y hubiese ido señalando con su tridente lugares al azar, sirviéndose de la naturaleza como materia de combustión para iluminar su mezquindad.
Suelo ser bien pensada pero en este caso me resulta imposible. ¿Quién podría querer destruir así su propio mundo? ¿Qué mente se podría ocupar de convertir la tierra en un infierno? ¿Con qué finalidad?
Suelo tratar de pensar en el porqué de las cosas, buscar explicación a algunos aconteceres, aunque sé que no todo tiene explicación y que no todo lo puedo entender. Y el fuego de Galicia es una de estas cosas que me sumen en el desconcierto y el desánimo, una de esas cosas que me hacen perder la esperanza en la humanidad. Para recuperarla momentos después con las proezas de los gallegos.

HAMBRE:

Esta mañana me he despertado con un hambre atroz. Me conozco y sé que el “hambre atroz” es mental, así que he desayunado como siempre. Bueno, quizás me he comido algo dulce además de lo que como cada día, pero no cuenta.

A medida que ha ido avanzando la mañana, la idea del “pintxo de tortilla” con café con leche iba interrumpiendo mis pensamientos y también mi trabajo, para qué les voy a engañar. Así que en cuanto he tenido quince minutitos libres he volado hasta el bar más cercano a cumplir con mi deseo, que estaba muy madrugador. Qué les voy a decir que no sepan ya de semejante almuerzo, es algo que deberíamos exportar. Pero les cuento esto porque cuando todavía no había pasado hora y media de mi super tentempié, la sensación de hambre volvía a molestarme. ¡No puede ser! ¡Pero si tengo la tripa llena!

Entonces me he dado cuenta de lo que estaba pasando: mi cuerpo me estaba pidiendo alegría, pero no alegría física, de esa que puede ser tan fácil de conseguir como un buen abrazo de mi marido, no sólo el pintxo de tortilla con su acompañamiento, o cualquier otra que ustedes se quieran imaginar, no…

Mi cuerpo estaba parasitado por mi mente de tal forma que finalmente la mente ha podido hacerse escuchar para decirme que necesita un poco de descanso de tanta gravedad. Un poco de buen rollo, cambiar de tema de una vez, celebrar la vida, la libertad y por fin… ¡el buen tiempo en Donosti! Así que he dejado de tener la necesidad de engullir para pasar a tener hambre de risas, buena compañía y amor. Además hoy me puedo saciar porque es el cumpleaños de mi cuñada, como una hermana vamos.

EL ACERTIJO

Les voy a narrar una anécdota que llegó un día a mis oídos. Le ocurrió a un amigo, aunque seguramente alguno de ustedes ha escuchado algo parecido alguna vez si es que no lo ha vivido en sus propias carnes.

Ion había comenzado el curso escolar en un colegio nuevo. Todo parecía ir bien hasta que un alumno dos años mayor que él comenzó a molestarlo llamándolo gordo cada día nada más poner un pie en el patio del colegio. Gordo por aquí, gordo por allí. El pequeño Ion se sentía más pequeño cada vez, ya que comenzó a ser conocido como Gordo entre los nuevos compañeros. Ion se sabía gordito, aunque nunca le había importado tanto como en aquellos momentos, ya que hasta que no se lo hicieron ver como algo negativo, él se había sentido cómodo en su gordura. Pero llegó el día en que no quiso ir al cole, no quería escuchar aquel insulto ni una vez más. Interrogado por su padre, Ion explicó lo que le estaba ocurriendo y el porqué de su negativa a acudir al colegio. Una vez hubo explicado no sólo lo que le decían sino cómo le hacía sentir aquella situación, su padre, sin temblarle la voz le dijo: “Mañana tienes que ser rápido, en cuanto veas al niño que te llama Gordo, antes de que abra la boca para saludarte de forma tan descortés, vas y le das dos puñetazos en toda la boca, uno con cada puño”. Seguidamente, le enseñó cómo se dan dos buenos puñetazos. Al día siguiente, Ion llevó a cabo el plan de su padre paso por paso.

Así, Ion consiguió lo que quería, nadie le volvió a llamar Gordo. También consiguió con sus dos golpazos romper varios dientes a su compañero, así como una expulsión de una semana por pegar a otros. ¿Quién era el violento?

¿SERÁ SOLAMENTE UNA PALABRA?

Les voy a confesar algo: en una ocasión conocí la libertad .

Fue cuestión de días, algún mes quizás, todo a mi alrededor parecía ir mal, pero yo me sentía mejor que nunca. Me enfrentaba a un problema de salud. Tenía miedo, pero sabía que tenía también la oportunidad de  tomar las riendas de mi futuro, me sentía libre para elegir, libre de verdad a pesar y gracias a que tenía un límite real. Esa libertad me exigía ciertos cambios. Mis límites se alejaron de repente, vi claro que los obstáculos que me había puesto hasta ese momento no existían sino en mi cabeza. El miedo seguía allí porque tenía que decidir muchas cosas. Tenía que dejar casi todo atrás, pero yo me responsabilizaba de aquello, sabía que nada iba a hacer que diera marcha atrás, quise darme la oportunidad de que mi vida dependiera sólo de mi. Claro que esto sólo lo puedes hacer en determinados momentos de la vida.

Ayer le pregunté a uno de mis hijos qué era la libertad para él y me dijo algo muy bonito:

“Para mí la libertad es hacer lo que me apetece pero sin pasarme. Por ejemplo, estoy en casa, cojo el balón, empiezo a jugar a futbol en el salón y decido bajar al porche a seguir jugando más tranquilo”.

Tengo que decir que en casa no está permitido jugar con el balón…

Creo que estarán de acuerdo conmigo en que sin la norma, en este caso la prohibición del balón en casa, no hay sentimiento de libertad.

Como dice Andrés Calamaro, “¿será solamente una palabra? La hermana hermosa, la libertad”.

SU SEGUNDO DÍA

En aquella familia nadie paró de hablar del primer día de colegio de la princesa de la casa en todo el verano.

Había opiniones de todo tipo: unos decían que con lo espabilada que era no tendría ningún problema, otros que con lo mimada que había estado hasta aquel momento, el encontronazo sería terrible. Todos parecían estar de acuerdo en que era lo mejor para ella y que lo pasaría genial.

Sólo había una persona en aquella casa que no decía nada, era la madre de la princesa, que alegremente contestaba al teléfono una llamada tras otra al fin de aquel primer día de colegio.

“Se quedó feliz haciendo un puzle”, “le encantó la clase llena de colores y juguetes nuevos”, “ni siquiera nos miró cuando fuimos a despedirnos”, “pintaba con una mano mientras abrazaba a su osito”. Había sido un primer día para el recuerdo,  ese día del que hablarán cuando la princesa haya crecido y pregunte, cuando vea las fotos en las que sale junto a sus hermanos, todos estrenando zapatos, ella también vestido.

Pero la princesa de la casa sospechaba algo, y esa sospecha se reflejaba en esas fotos en las que casi se puede oler la colonia de bebes con la que peinaron a todos aquella mañana. Levanta la ceja levemente, preguntándose si todos los días serían así, con sus padres y sus hermanos acompañándola e invitándola a entrar en clase a saludar a sus nuevos compañeros. Su sonrisa era contenida, y no se mantuvo mucho tiempo.

Y es que el segundo día ya no estrenaba vestido, no la acompañaron sus hermanos, nadie le sacó una foto.

Su segundo día fue de lágrimas, de la princesa y de su madre.